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miércoles, 31 de marzo de 2021

Los tres contratos sociales educativos

 Educar para reducir la desigualdad

De manera remota, se llevó adelante el Congreso Mundial de Educación Kairós. Con la presencia de notables personalidades internacionales de la educación, el lema del encuentro fue “Por el tercer Contrato Social de la Educación”. A mi turno, me correspondió participar de un panel llamado “Políticas y estrategias de las organizaciones internacionales para la implementación del Tercer Contrato Social de la Educación”, que me permitió reflexionar sobre los tres contratos sociales educativos que considero ha transitado la Argentina. Y, a partir de ellos, los desafíos que tenemos no sólo a nivel de enseñar y aprender, sino en términos de construcción de políticas de inclusión y derechos.

 


Pueden existir diferencias en cuanto a la universalización del Primer Contrato Educativo. Pero, podemos convenir que en Argentina éste se concretó en el siglo XIX a partir de la Ley 1420 con el impulso de Domingo Faustino Sarmiento. Sin embargo, no es hasta el año 2005 que, con el gobierno de Néstor Kirchner, se sancionó la Ley Federal de Educación que hizo obligatoria toda la educación básica.

 

El Segundo Contrato Social Educativo puede ubicarse a mediados del Siglo XX, con el ascenso a la educación superior al iniciar las posguerras mundiales. Coincide en Argentina con los dos primeros gobiernos de Perón, quien impulsó la gratuidad de los estudios universitarios para masificar su acceso y graduación, multiplicando casi por cuatro la cantidad de estudiantes universitarios en el lapso de una década. Esa masificación se ve ampliada con la creación de nuevas universidades durante los gobiernos de Cristina Fernández de Kirchner, con una fenomenal ampliación de derechos a través de programas como el “Conectar Igualdad”, el “Fines”, las becas y apoyo desarrollo científico–tecnológico e investigación universitaria.

 

Como toda conceptualización, su síntesis cronológica toma sucesos globales y locales, y, claro está, no evitamos la referencia a otros aspectos trascendentes de nuestra educación argentina, como la centenaria Reforma de 1918.

 

De cara al Siglo XXI, el Tercer Contrato Social Educativo -que es también político, universal, local, territorial- forjó avances indudables en la humanidad, pero también dejó a la luz severas desigualdades ante las cuales, inevitablemente la educación debería ser una herramienta para su solución. De no tomarlas por las astas, la tan dramática situación que no sólo no se resuelve, sino que se acentúa cotidianamente.

 

Un tercer contrato social educativo debe ser no solo universal, y una garantía a los distintos niveles educativos, sino uno que suponga la conformación de personas que contribuyan a colectivos sociales y entramados comunitarios capaces de resolver las actuales desigualdades: problemas de alimentación, hábitat, desarrollo social, político y económico. Debe poder hablar de cómo armonizar y lograr la paz, la felicidad de nuestros pueblos, y no su competencia, que ha dejado secuelas de destrucción, muerte y miseria en buena parte de nuestras geografías. Volviendo a Paulo Freire, “la educación no cambia el mundo, cambia a las personas que van a cambiar el mundo”.

 

En ese sentido, no es factible pensar la educación de cara al futuro sin incorporar las perspectivas de derechos humanos y ambientales, la igualdad de géneros y la erradicación de todas las formas de violencia. Esto no implica consensos absolutos, sino respeto por el disenso y la búsqueda de síntesis políticas que nos incluyan a todas las personas, piensen lo que piensen, sientan lo que sientan, nazcan donde nazcan.

 

El Primer Contrato –allí al iniciarnos como Nación- nos interpelaba desde la ciudadanía. El Segundo –cuando necesitábamos una industria nacional y soberana- lo hacía desde la ciencia y la técnica. El Tercero nos interpela desde la deconstrucción de una civilización que requiere un punto de inflexión que afronte un nuevo sistema de representación política, un nuevo orden económico que reduzca las desigualdades actuales, una nueva educación capaz de ayudar a construir una sociedad ajena a las violencias y capaz de ser ambientalmente sustentable.

 

 

 

 

 

 

Por Jorge Calzoni

* Jorge Calzoni es rector de la Universidad Nacional de Avellaneda

Fuente

https://www.pagina12.com.ar/309550-los-tres-contratos-sociales-educativos

viernes, 15 de enero de 2021

SISTEMAS EDUCATIVOS AL ENFRENTAN DESIGUALDADES ESTRUCTURALES:

 Los sistemas educativos de América Latina y el Caribe no sólo enfrenta la pandemia de Covid-19, también desigualdades estructurales que imponen nuevos desafíos, entre ellos reconocer la diversidad cultural e integrarla en las currícula de cada país, advierte el Informe de Seguimiento de la Educación en el Mundo “Inclusión y Educación: todos y todas sin excepción”.

 


El documento, elaborado por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) y el Laboratorio de Investigación e Innovación en Educación para América Latina y el Caribe (SUMMA), señala que en el 90 por ciento de los manuales escolares de ciencias sociales en la región, se describen en profundidad los sistemas de pensamiento europeo, pero sólo 55 por ciento describen la historia cultural de las personas negras, “en general de manera poco crítica y ahistórica”.

 

El informe subraya que el cuerpo docente necesita más apoyo para afrontar el reto de la diversidad, pues a menudo “no se les ofrecen oportunidades de desarrollo profesional continuo”. A pesar de que en el 70 por ciento de los países de la región hay leyes o políticas que prevén la capacitación de los docentes en materia de inclusión, más del 50 por ciento de los maestros en el Brasil, Colombia y México informaron que carecían una capacitación profesional para enseñar a alumnos con necesidades especiales.

 

La Unesco señala que el currículo es el principal medio que utilizan los sistemas educativos para llevar a la práctica la inclusión, por lo que un currículo inclusivo “debe reconocer e incluir todas las formas de conocimiento, suministrar una base común pero variada de conocimientos para promover la cohesión de la sociedad, y debe poder ser adaptado y contextualizado, teniendo en cuenta las diferencias y las necesidades de los alumnos y sus comunidades”.

 

Agrega que un análisis de 19 países muestra que en el 95 por cientode los currículos de tercero y sexto grado se introducen conceptos relativos al diálogo, la diversidad y la identidad, en el 90 por ciento se tratan los derechos y la solidaridad, y en el 70 por ciento la inclusión, la no discriminación y la tolerancia.

Sin embargo, en materia de participación política, considerada fundamental para la construcción de una sociedad inclusiva, se identificó que en las currículas de Colombia, Chile, República Dominicana, Guatemala, México y el Paraguay no alientan suficientemente al alumnado a a participar en actividades políticas.

 

 

 

Autora: Laura Poy Solano/Fuente: www.jornada.com.mx

 

martes, 29 de diciembre de 2020

La covid saca a la luz las desigualdades en el uso de Internet en América Latina.

 En lo que va del siglo XXI, investigadores, decisores, tecnólogos, gobiernos nacionales, estábamos entusiasmados con los avances de la Sociedad del Conocimiento en los países de América Latina y el Caribe. El panorama era promisorio: en 2019, la región  ocupaban el cuarto lugar en cuanto a usuarios de Internet, detrás de Asia, Europa y África.

 


En junio de ese año, había casi 454 millones de usuarios de Internet en la región. América del Sur fue la subregión que tuvo la mayor tasa de penetración de Internet: el 73 por ciento de la población.

Es verdad que estos usuarios se distribuyen de manera desigual en términos socioeconómicos, culturales y geográficos y que, para la mayoría de la población, los usos de Internet se limitan a comunicación y uso de redes sociales.

 

Sin embargo, la mayoría de los gobiernos esperaban que, una vez implementadas las infraestructuras de telecomunicaciones, los buenos usos en gobierno electrónico, teleeducación, teletrabajo y telesalud, entre otros, vendrían por añadidura.

 

La pandemia de la enfermedad por coronavirus (covid-19) fue una llamada de despertador sobre las zonas opacas de la sociedad del conocimiento.

 

No porque no existieran excelentes estudios ni investigaciones estadísticas, sino porque en numerosas ocasiones estos eran pasados por alto por las políticas públicas. Hasta que la pandemia estrechó las relaciones entre personas y tecnologías y hasta que la dependencia de Internet se tornó vital en el día a día, no habíamos tomado conciencia total de las brechas y deudas presentes en nuestras supuestas sociedades del conocimiento.

 

Hacia mediados del año 2020, el continente americano se había convertido en el epicentro de la pandemia. Más que nunca, se necesitan soluciones tecnológicas para resolver la cotidianidad de las personas y grupos sociales.

 

Las zonas oscuras

Como plantea la CEPAL, el desarrollo y la utilización de soluciones tecnológicas están determinados por factores basilares de la región: una estructura productiva compleja y heterogénea; un mercado laboral marcado por una alta informalidad y precariedad; una clase media frágil, en caída económica; un Estado de bienestar debilitado; una infraestructura digital deficiente; y restricciones socioeconómicas y culturales a la conectividad.

 

En 2019, casi  67 por ciento de los habitantes de la región poseía conexión a Internet. El otro 33 por ciento tiene un acceso limitado o directamente carece de él a causa de su condición socioeconómica, su edad y localización.

 

En países como Brasil y Chile, más del 60 por ciento de los hogares del primer quintil tiene conexión a Internet, mientras en Bolivia, Paraguay y Perú, solo la tiene tres por ciento.

 

También son importantes las diferencias entre las zonas urbanas y las rurales.

El 67 por ciento de los hogares urbanos está conectado a Internet, en contraste con 23 por ciento de las zonas rurales. Los muy jóvenes (de 5 a 12 años) y los adultos mayores de 65 años son los que tienen menor conectividad. Esta situación es seria, dado que la región envejece aceleradamente.

 

En 2019, 11 por ciento de la población de la región tenía más de 60 años; en 2030 constituirá 17 por ciento y en 2050, 25 por ciento de los habitantes en la región será mayor de 60 años.

Las bajas velocidades de conexión endurecen las situaciones de exclusión, ya que impiden el uso de soluciones digitales de teletrabajo, educación, consultas médicas en línea, entre otros servicios.

A nivel global, la velocidad de banda ancha fija decreció 1 por ciento entre marzo y mayo del 2020, debido al uso intensivo de Internet en empresas y hogares.

 

Pero la región latinoamericana ya partía de un nivel bajo. La velocidad ha disminuido a consecuencia de la pandemia, como atestigua el caso de Perú, donde disminuyó  35 por ciento. Otros países también tienen bajas, aunque no tan rigurosas: Argentina (-8 %) y Colombia (-5 %). México bajó únicamente un 1 por ciento.

 

Las zonas claras

Las tecnologías de la información y de la comunicación (TIC) han demostrado ser fundamentales para el funcionamiento de la economía y la sociedad durante la pandemia.

 

Esta ha acelerado en muy pocos meses los avances de la teleeducación, el comercio electrónico, el gobierno electrónico y la telesalud, entre otras áreas. Según la Cepal los países de América Latina han implementado medidas para promover el uso de esas soluciones tecnológicas y vigilar la continuidad de los servicios de telecomunicaciones.

 

Un ejemplo es el de Argentina, donde el gobierno declaró el 21 de agosto de 2020 que el Internet, la televisión por cable y la telefonía celular y fija son “servicios públicos y esenciales” y decidió congelar sus tarifas hasta el 31 de diciembre. En el año 2010, en el mismo país, la provincia de San Luis había declarado en su Constitución la conectividad a Internet con banda ancha y gratuita como derecho humano.

 

En la mayoría de los países latinoamericanos las diversas medidas de aislamiento implementadas fueron un acelerador de la digitalización de las sociedades.

En educación, escuelas y universidades se digitalizaron rápidamente. Algunos ya estaban muy avanzados, como Uruguay. En México se desarrolló la televisión educativa multigrado. Se implementaron portales educativos, como Aprender Digital en Colombia y Aprendo en línea en Chile.

 

Han surgido portales gubernamentales y ciudadanos que aportan soluciones para diversos problemas acarreados por la pandemia.

 

En mayo, las transacciones por comercio electrónico crecieron el seis por ciento, en comparación con lo reportado en enero y febrero.

 

Las categorías de consumo que más aumentaron fueron las de bienes digitales: juegos, aplicaciones, libros, plataformas de contenido, servicios de streaming y TV en línea, por cable o satelital.

Fundamentalmente, los gobiernos y las sociedades han cobrado conciencia de la importancia de los organismos de Ciencia y Tecnología, a causa de sus aportes positivos, tanto en ciencias médicas, en informática, como en estudios sociales. Igualmente, estos organismos permanecen subfinanciados.

 

En el presente como en el futuro

En la pandemia y la pospandemia, las políticas públicas referentes a las sociedades del conocimiento necesitarán:

 

§  Declarar la conectividad a Internet de banda ancha no solo un servicio público esencial, sino un derecho humano.

§  Regular los precios del sistema de telecomunicaciones, fortaleciéndolo, ampliándolo y haciéndolo accesible para todos.

§  Diseñar nuevas herramientas digitales de educación, teletrabajo, comercio electrónico, telesalud y gobierno electrónico dirigidas a un contexto de baja conectividad y al uso de dispositivos móviles básicos.

§  Asegurar la recolección y repositorios accesibles al público sobre información relativa a la superación de crisis sanitarias, respuestas a desastres, desplazamientos forzosos de las poblaciones y otras.

§  Identificar e intervenir sobre segmentos de la población que quedan ocultos, al margen de la Sociedad del Conocimiento, no sólo ahora, sino también en la pospandemia.

§  Implantar medidas tecnológicas y legales para superar las amenazas que representa para la seguridad y la privacidad la dispersión masiva de datos sensibles de los ciudadanos.

 

Es clave espolear los debates sobre los nuevos contratos sociales sobre cuestiones básicas, como la relación de las tecnologías, en especial las de la Industria 4.0, con el medio ambiente, nuevas concepciones urbanas y territoriales, salud y educación inclusivas, uso de datos, entre muchos otros.

 

También sería deseable redefinir el concepto mismo de contrato social, acuñado por Rousseau en 1762. ¿Cómo se puede repensarlo en los nuevos contextos del siglo XXI?

 

Para terminar, las políticas y estrategias públicas esbozadas hasta ahora se han revelado insuficientes Es necesario reconsiderarlas, de una manera intersectorial y multiactoral, a la luz de la nueva realidad: una pandemia que se percibe prolongada y una pospandemia imprevisible.

 

 

 

 

 

 

Por: Susana Finquelievich.

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domingo, 4 de octubre de 2020

LA ESCUELA POSTPANDÉMICA ACUMULA MUCHAS INCÓGNITAS, INCREMENTARÁ DESIGUALDADES

Toca cerrar por unas semanas el escaparate de la ecoescuela abierta, que ha querido llevar a los domicilios de los escolares confinados, al profesorado, una parte de la naturaleza para hacerla perceptible en su relación con las personas: cometido social o asignatura escolar que todavía necesita bastantes empeños. Estos días de julio, muchas escuelas, a un lado y otro del Atlántico, retoman las vacaciones. Pero ahora todo resulta extraño; ni las pausas lectivas se miran como antes. La emergencia sanitaria nos ha roto los ritmos, además de otras muchas cosas. Lo ha hecho en España, pero qué decir de lo que sucede en México, Perú, Ecuador o Brasil por citar solo unos ejemplos de América Central y del Sur.

 


Volvamos al pasado prepandémico. Es incuestionable que los sistemas educativos no estaban preparados para lo que se les ha venido encima, de golpe y con virulencia. El impacto de la COVID-19 ha sido terrible. Cabría haber hecho algo antes. Siquiera, se nos ocurre así de pronto, haber introducido las pandemias como contenido escolar en el tema de salud comunitaria. De esta manera el alumnado hubiese dispuesto de más argumentos para entender lo que sucedía y llevar a cabo una lectura crítica sobre lo que supone disponer o no de acceso a una educación formal continuada. En este cometido, que también se aprende, buena parte del alumnado no valora lo que supone tener a alguien cerca a quien se le puedan preguntar las dudas, que guíe por las sendas que hay que recorrer para aprender a aprender. También se debería reconocer más y mejor lo que significa hacerlo en compañía, de los otros y con los diferentes, en convivencia con quienes sean de círculo próximo de amistades o no. Todo esto, que ya era difícil, se ha roto mucho más con el cierre escolar por la COVID-19.

 

Hay que lamentar que el sistema de gobernanza mundial no hubiera previsto esta emergencia, no se le ocurría imaginar que la salud global pudiese estar en peligro en algún momento. Sorprende ese despiste pues en 2016, tras el ébola, la OMS había recordado que en 1995 había impulsado una Iniciativa Mundial de Salud Escolar, que entre sus estrategias principales señalaba: la investigación para mejorar los programas de salud escolar, la creación de capacidades para abogar por programas mejorados de salud escolar; el fortalecimiento de las capacidades nacionales y la creación de redes y alianzas para el desarrollo de escuelas promotoras de la salud. Llegó el impacto y se cerraron escuelas por todo el mundo.

 

Asustan los datos del seguimiento pormenorizado que lleva a cabo Unesco. A fecha 28 de junio de 2020 se contabilizaban 109 cierres a escala país, lo cual supone 1.058.897.779 estudiantes afectados (en todos los tramos educativos desde infantil a la universidad), un 60,5 % del total de alumnos matriculados. De ellos más de 37 millones y medio en México, casi 13 millones en Colombia, 14 millones en Argentina, unos 10 millones en Perú, 8 millones en España; por citar solo algunos ejemplos entre los países desde los que se asoman a menudo a El Diario de la Educación.

 

En estos meses, los cierres han ocasionado graves prejuicios en todo el mundo, más todavía en los países de ingresos medios como es el caso de una buena parte de Latinoamérica. Para entender la dimensión del impacto cabe echar mano a lo que dice Unesco: los aprendizajes se vieron interrumpidos, de forma especial en aquellos estudiantes que no disponen de oportunidades educativas más allá de la escuela; la nutrición saludable, gratuita o con descuentos, que las escuelas proporcionan a muchos niños y jóvenes se vio comprometida; la confusión y el estrés del profesorado y del alumnado no ha podido ser paliada con las transiciones a plataformas de aprendizaje a distancia, en bastantes casos desordenadas y frustrantes; muchas familias no estaban preparadas para la educación a distancia y en el hogar, sin la necesaria formación y con recursos limitados; el cuidado de niños y niñas se ha resentido mucho si los adultos han tenido que trabajar dejándolos solos en los domicilios; la situación ha provocado altos costos económicos en algunas familias o un quebranto laboral; el aumento de las tasas de deserción puede ser una realidad en muchos países; la mayor exposición a la violencia y la explotación por la no asistencia a clase ha aumentado en algunos lugares; las estrategias para medir y validar el aprendizaje se han resentido en casi todos los casos, tanto para el profesorado como para el alumnado y las familias.

 

El retroceso que conllevarán estos cierres va a ser tremendo. El último informe GEM (Global Education Monitoring) de Unesco pronostica que las ayudas a la educación mundial, que habían alcanzado buenos valores en 2018, van a sufrir un descenso por la COVID-19 cercano al 12 %, lo cual deja inermes a muchos escolares de países con evidentes dificultades educativas. Además, en territorios en los que las desigualdades en ingresos familiares ya alcanzaban valores graves, el virus no ha hecho sino flagelar todavía más a los desfavorecidos, acaso provocarles cicatrices permanentes. Estas heridas serán pésimas acompañantes para retomar los impulsos educativos cuando las circunstancias los permitan. El secretario general de la ONU, António Guterres, avisó en un informe en abril de 2020 de que la emergencia económica y social está provocando una merma considerable de los derechos humanos, por lo que urgen medidas de emergencia para socorrer a sectores y grupos sociales más desprotegidos.

 

Cuando la emergencia de salud disminuya habrá que renovar la educación colectiva y particular; hacerla más reflexiva. En este proceso, cabría preguntarse si la monotonía escolar dificulta su comprensión organizativa, si no se interioriza la dimensión de la escuela como institución, con sus virtudes y sus defectos. Nos tememos que tampoco queda manifiesto, aquí y en América Latina, ese cometido ecosocial dirigido a ayudar a entender la vida cotidiana y el mundo, circundante o no, en temas como el cambio climático o la pobreza e igualdad de oportunidades, por ejemplo.

 

Mucho de lo que la escuela y la educación significan, con sus fortalezas y debilidades, se vino abajo, incluso los momentos compartidos en la búsqueda de compromisos sociales y transformadores, que también los hay en muchas ecoescuelas abiertas. La formación on line no fue, no será, la solución universal: no hace fácil la cercanía entre profesorado y alumnado y no está al alcance de muchas familias, menos todavía en los países de ingresos bajos pero también en sectores importantes de los de ingresos medios e incluso altos, tampoco en barrios de las megalópolis. El paisaje educativo tras la pandemia ha perdido nitidez, y debe enfrentarse a graves retos en los cursos venideros.

 

En fin  ¡Fuerza renovada cuando se retomen las clases presenciales! Hará falta, pues en un ambiente de recesión global no es extraño que se extienda el pesimismo educativo. Levantarse va a ser laborioso, pero no queda otra solución que intentarlo aunando fuerzas y comprometiendo todos los recursos necesarios.

 

 

 

 

Por: Carmelo Marcén

Fuente: https://eldiariodelaeducacion.com/ecoescuela-abierta/2020/07/24/la-escuela-postpandemica-acumula-muchas-incognitas-incrementara-desigualdades/

 

jueves, 14 de marzo de 2013

La práctica educativa como campo reproductor


¿Nuestra forma de ver las cosas es fruto de una decisión libre? ¿O está muy influida por el grupo social al que pertenecemos? La Educación produce significados, ¿bajo que lupa se convierte en conservadora de las prácticas sociales?


El concepto de campo explica cómo la estructura social determina la praxis en un individuo o en un grupo, la sociedad está estructurada por varios campos, en forma de esquemas (casi inconscientes) de percepción, de concepción, y de acción que son comunes a un grupo determinado. Y también permite entender la práctica educativa como reproductora y conservadora, aceptada como normal y pertinente para el logro de objetivos individuales y sociales, como una práctica reproductora de cultura. Podemos decir, “que la educación produce significados. La educación no sólo es sino que también significa, produce significados concretos que se suman al conjunto de productos culturales que forman objetivamente el ‘espesor’ cultural de una sociedad concreta. Tal cultura objetiva, y también los significados, confieren, refuerzan la identidad de la sociedad concreta” (Simona ).

La posibilidad de re-significación no está garantizada por el hecho de que la práctica educativa se realice, ni tampoco que contribuya al proyecto de transformación social, se pueden sofisticar y reforzar las prácticas conservadoras. Es un hecho que la práctica educativa produce significación y re-significación en ocasiones innovadoras y modificadoras de la identidad social de una cultura concreta, mediante lo cual se puede contribuir a modificar la estructuración y la modificación de las relaciones sociales. Pierre Bourdieu, permitió regresar a la educación, la posibilidad de vincular la educación con la acción social, proceso que se constituye en educativo cuando se problematiza la acción educativa, no es así, cuando se mide la profesionalización de los docentes universitarios o la tutorías que éstos realizan.

Con base en lo anterior, podemos sostener que la acción educativa es “un conjunto de prácticas que los sujetos educativos constituyen con base en la relación-interacción que establecen y en la cual se suceden percepciones e interpretaciones continuas, las que suscitan nuevas acciones fruto de las interpretaciones sucesivas, dentro del contexto influyente en la percepción y la interpretación, y a la vez ‘hermenéutico’, susceptible de interpretación. Esa sucesión conforma una continuidad de significaciones, y se conforma así una verdadera lógica de significaciones” (Simona). En síntesis, el estudio de la acción educativa implica el análisis de la interacción entre los sujetos en la cotidianidad formalidad del proceso educativo, lo que presenta como supuesto, la necesidad de contar con un esquema general de análisis de los procedimientos interpretativos y de la significación.

La interacción está en el plano de la subjetividad y de las vivencias personales, puede ser una experiencia en común entre dos o más personas que proceden con acción lógica a una interpretación. Todos “los seres humanos poseemos un yo y somos reflexivos, es decir, ‘interactuamos’ con nosotros mismos: pensamos lo que hacemos y lo que ocurre en nuestras mentes es un elemento esencial para decidir nuestro comportamiento. Ese yo es dinámico, no se detiene, cambia su acción. Los otros y los objetos a los cuales nos enfrentamos afectan la ‘interacción’ con nosotros mismos y nos enfrentan a decisiones acerca de esos otros, o de esos objetos. Y esas decisiones no son azarosas o caprichosas, sino fruto de nuestra reflexión, aunque exista la posibilidad de actos ‘irreflexivos’, ‘impulsivos’. Así nos damos cuenta que actuamos de acuerdo con la forma en que interpretamos el mundo que nos rodea” (Simona).

Desde el interaccionismo simbólico, una interacción es un orden negociado frágil, temporal que debe ser construido permanentemente con el fin de interpretar el mundo. Para Max Weber, existe interacción social cuando una persona actúa frente a la otra con la expectativa de que ésta también actúe, o al menos se dé cuenta de la existencia y de la acción desempeñada por el sujeto. Este último requiere que el interlocutor se dé cuenta de la existencia de aquél, e interprete lo que éste hace o dice como indicación de lo que ocurre en la mente de aquél, de ahí puede suscitarse la acción recíproca del interlocutor o no. Alfred Schutz, discípulo de Weber, formula la pregunta relacionada con él cómo sucede ese intercambio de subjetividades y cómo se logra precisamente producir el contexto motivacional intersubjetivo.

Para el autor, existen dos actitudes: una es la de vivir en nuestros actos, estando dirigidos hacia los objetos de ellos, y la otra, la actitud reflexiva, por la cual nos dirigimos hacia nuestros actos, captándolos por medio de otros actos. “Vivir nuestros actos significa vivir en nuestro presente, en el cual no somos conscientes de nuestro yo ni de nuestro pensamiento. Para alcanzar nuestro sí mismo si no reflexionamos. Pero nuestra reflexión no capta el presente sino el pasado. En otras palabras, la autoconciencia no puede ser experimentada sino en tiempo pasado” (Simona).

El supuesto que resume los planteamientos de Schutz, consiste en lo siguiente: “vivimos el mundo, no como mundo privado, sino común a todos; este mundo se nos da a todos y es potencialmente accesible a cada uno”. No obstante, cuando dos sujetos observan un mismo hecho, no interpretan necesariamente lo mismo. Al respecto Aarón Cicourel propone una caracterización de los procedimientos interpretativos:

1. La reciprocidad de las perspectivas: explica cómo los sujetos en interacción intercambian puntos de vista y forman un sistema de pertinencia.

2. La hipótesis: significa que podemos entender desde el lugar del otro e incluso comprender su punto de vista y no tener una comprensión común necesaria para mantener y hacer productivo el intercambio.

3. Las formas normales: representan las formas de expresión consideradas como formales, a las cuales los sujetos acuden cuando existe disonancia en el intercambio.

4. El carácter retrospectivo-prospectivo de los acontecimientos: clarificar lo dicho con lo que vendrá, o completar con lo dicho previamente, organiza el sentido de lo que se va a decir.

5. El lenguaje es reflexivo: como constitutivo de nuestra vida social, permite describir y hacer comprensible las actividades, los escenarios y las intenciones en medio de los cuales se desarrolla la acción, porque “descifra” al sujeto.

6. Los vocabularios son deícticos: los significados dependen de quién los enuncia y del contexto en el cual lo hace; se basan en términos cuyo significado será accesible al observador gracias al contexto en el cual se utilizan, permiten darle contenido e reconocer la expresión deíctica (aquello que se dice, sin decir, pero lo dice por ser él quien lo dice, desde dónde lo dice y por cómo lo dice) de su interlocutor.

En la práctica educativa como en los intercambios cotidianos partimos de que los sujetos en la interacción aprehende las “prohibiciones y la obligaciones” de la vida escolar, usan-aprenden los “procedimientos interpretativos” típicos del proceso de enseñanza-aprendizaje y otorgan y constituyen significados a las diversas acciones de quienes intervienen en éste. Esto es, la significación está en “medio” de la interacción, de la percepción y de la interpretación de objetos por parte de los sujetos, del sujeto frente a otro sujeto, de contenidos y conocimiento por parte de los aprendices.

El constitutivo central del significado es la vivencia del sujeto, “es dirigir la mirada a una vivencia que nos pertenece”, lo que implica que se encuentra ya en el pasado, lo que Schutz denomina “contexto de significado o almacén de conocimiento”. En tal sentido, la acción educativa se ubica en el terreno de las expresiones subjetivas entre asociados, paradójicamente, las actividades educativas se encuentran en un tipo de intersubjetividad donde las expresiones son objetivas, las relaciones son tales como si todos los sujetos compartieran costumbres, supuestos y conocimientos comunes.

Extraído de:
Competencias docentes: de la práctica reflexiva al cambio del habitus académico
Autora
Karina Rodríguez Cortés
Candidata a Doctora en Ciencias Sociales, con especialidad en Educación y Sociedad por la UAM-Xochimilco. Maestra en Investigación y Desarrollo de la Educación por la Universidad Iberoamericana. Licenciada en Pedagogía por la Universidad Pedagógica Nacional. Ha sido docente en licenciaturas, diplomados y maestrías en diferentes  instituciones de educación superior en México

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Educación bancaria o Educación problematizadora

¿Conservar o cambiar las estructuras sociales? Obviamente no se trata de una pregunta del estilo de ¿Blanco o negro?, porque existen numerosos tonos de grises, pero esos colores extremos nos sirven de referencia ¿Cuáles son los polos en Educación? Paulo Freire lo expresa con firmeza.



La sociedad revolucionaria que mantenga la práctica de la educación “bancaria”, se equivocó en este mantener, o se dejó “tocar” por la desconfianza y por la falta de fe en los hombres. En cualquiera de las hipótesis, estará amenazada por el espectro de la reacción.


Desgraciadamente, parece que no siempre están convencidos de esto aquellos que se inquietan por la causa de la liberación. Es que, envueltos por el clima generador de la concepción “bancaria” y sufriendo su influencia, no llegan a percibir tamo su significado como su fuerza deshumanizadora. Paradójicamente, entonces usan el mismo instrumento alienador, en un esfuerzo que pretende ser liberador. E incluso, existen los que, usando el mismo instrumento alienador, llaman ingenuos o soñadores, si no reaccionarios, a quienes difieren de esta práctica.


Lo que nos parece indiscutible es que si pretendemos la liberación de los hombres, no podemos empezar por alienarlos o mantenerlos en la alienación. La liberación auténtica, que es la humanización en proceso, no es una cosa que se deposita en los hombres. No es una palabra más, hueca, mitificante. Es praxis, que implica la acción y la reflexión de los hombres sobre el mundo para transformarlo.


Dado que no podemos aceptar la concepción mecánica de la conciencia, que la ve como algo vacío que debe ser llenado, factor que aparece además como uno de los fundamentos implícitos en la visión bancaria criticada, tampoco podemos aceptar el hecho de que la acción liberadora utilice de las mismas armas de la dominación, vale decir, las de la propaganda, los marbetes, los “depósitos”.


La educación que se impone a quienes verdaderamente se comprometen con la liberación no puede basarse en una comprensión de los hombres como seres “vacíos” a quien el mundo “llena” con contenidos; no puede basarse en una conciencia espacializada, mecánicamente dividida, sino en los hombres como “cuerpos conscientes” y en la conciencia como conciencia intencionada al mundo. No puede ser la del depósito de contenidos, sino la de la problematización de los hombres en sus relaciones con el mundo.


Al contrario de la concepción “bancaria”, la educación problematizadora, respondiendo a la esencia del ser de la conciencia, que es su intencionalidad, niega los comunicados y da existencia a la comunicación. Se identifica con lo propio de la condena que es ser, siempre, conciencia de, no sólo cuando se intenciona hacia objetos, sino también cuando se vuelve sobre si misma, en lo que Jaspers denomina “escisión”. Escisión en la que la conciencia es conciencia de la conciencia.


En este sentido, la educación liberadora, problematizadora, ya no puede ser el acto de depositar, de narrar, de transferir o de trasmitir “conocimientos” y valores a los educandos, meros pacientes, como lo hace la educación “bancaria”, sino ser un acto cognoscente. Como situación gnoseológica, en la cual el objeto cognoscible, en vez de ser el término del acto cognoscente de un sujeto, es el mediatizador de sujetos cognoscentes —educador, por un lado; educandos, por otro—, la educación problematizadora antepone, desde luego, la exigencia de la superación de la contradicción educador-educandos. Sin ésta no es posible la relación dialógica, indispensable a la cognoscibilidad de los sujetos cognoscentes, en torno del mismo objeto cognoscible.


El antagonismo entre las dos concepciones, la “bancaria”, que sirve a la dominación, y la problematizadora, que sirve a la liberación, surge precisamente ahí. Mientras la primera, necesariamente, mantiene la contradicción educador-educandos, la segunda realiza la superación.


Con el fin de mantener la contradicción, la concepción “bancaria” niega la dialogicidad como esencia de la educación y se hace antidialógica; la educación problematizadora —situación gnoseológica— a fin de realizar la superación afirma la dialogicidad y se hace dialógica.


En verdad, no sería posible llevar a cabo la educación problematizadora, que rompe con los esquemas verticales característicos de la educación bancaria, ni realizarse como práctica de la libertad sin superar la contradicción entre el educador y los educandos. Como tampoco sería posible realizarla al margen del diálogo.



A través de éste se opera la superación de la que resulta un nuevo término: no ya educador del educando; no ya educando del educador, sino educador-educando con educando-educador.


De este modo, el educador ya no es sólo el que educa sino aquel que, en tanto educa, es educado a través del diálogo con el educando, quien, al ser educado, también educa. Así, ambos se transforman en sujetos del proceso en que crecen juntos y en el cual “los argumentos de la autoridad” ya no rigen. Proceso en el que ser funcionalmente autoridad, requiere el estar siendo con las libertades y no contra ellas.


Ahora, ya nadie educa a nadie, así como tampoco nadie se educa a sí mismo, los hombres se educan en comunión, y el mundo es el mediador. Mediadores son los objetos cognoscibles que, en la práctica “bancaria”, pertenecen al educador, quien los describe o los deposita en los pasivos educandos.


Dicha práctica, dicotomizando todo, distingue, en la acción del educador, dos momentos. El primero es aquel en el cual éste, en su biblioteca o en su laboratorio, ejerce un acto cognoscente frente al objeto cognoscible, en tanto se prepara para su clase. El segundo es aquel en el cual, frente a los educandos, narra o diserta con respecto al objeto sobre el cual ejerce su acto cognoscente.


No puede haber conocimiento pues los educandos no son llamados a conocer sino a memorizar el contenido narrado por el educador. No realizan ningún acto cognoscitivo, una vez que el objeto que debiera ser puesto como incidencia de su acto cognoscente es posesión del educador y no mediador de la reflexión crítica de ambos.


Por el contrario, la práctica problematizadora no distingue estos momentos en el quehacer del educador-educando. No es sujeto cognoscente en uno de sus momentos y sujeto narrador del contenido conocido en otro. Es siempre un sujeto cognoscente, tanto cuando se prepara como cuando se encuentra dialógicamente con los educandos.


El objeto cognoscible, del cual el educador bancario se apropia, deja de ser para él una propiedad suya para transformarse en la incidencia de su reflexión y de la de los educandos.
 

De este modo el educador problematizador rehace constantemente su acto cognoscente en la cognoscibilidad de los educandos. Estos, en vez de ser dóciles receptores de los depósitos, se transforman ahora en investigadores críticos en diálogo con el educador, quien a su vez es también un investigador crítico.


En la medida en que el educador presenta a los educandos el contenido, cualquiera que sea, como objeto de su admiración, del estudio que debe realizarse, “readmira” la “admiración” que hiciera con anterioridad en la “admiración” que de él hacen los educandos.


Por el mismo hecho de constituirse esta práctica educativa en una situación gnoseológica, el papel del educador problematizador es el de proporcionar, conjuntamente con los educandos, las condiciones para que se dé la superación del conocimiento al nivel de la “doxa” por el conocimiento verdadero, el que se da al nivel del “logos”.


Es así como, mientras la práctica “bancaria”, como recalcamos, implica una especie de anestésico, inhibiendo el poder creador de los educandos, la educación problematizadora, de carácter auténticamente reflexivo, implica un acto permanente de descubrimiento de la realidad. La primera pretende mantener la inmersión; la segunda, por el contrario, busca la emersión de las conciencias, de la que resulta su inserción critica en la realidad.


Cuanto más se problematizan los educandos, como seres en el mundo y con el mundo, se sentirán mayormente desafiados. Tanto más desafiados cuanto más obligados se vean a responder al desafío. Desafiados, comprenden el desafío en la propia acción de captarlo. Sin embargo, precisamente porque captan el desafío como un problema en sus conexiones con otros, en un plano de totalidad y no como algo petrificado, la comprensión resultante tiende a tornarse crecientemente crítica y, por esto, cada vez más desalienada.


A través de ella, que provoca nuevas comprensiones de nuevos desafíos, que van surgiendo en el proceso de respuesta, se van reconociendo más y más como compromiso. Es así como se da el reconocimiento que compromete.
 

La educación como práctica de la libertad, al contrario de aquella que es práctica de la dominación, implica la negación del hombre abstracto, aislado, suelto, desligado del mundo, así como la negación del mundo como una realidad ausente de los hombres.




Extraído de
Pedagogía del Oprimido
Paulo Freire


domingo, 12 de diciembre de 2010

Desigualdades educativas en América Latina

Desigualdades educativas en América Latina: todos somos responsables
Rosa Blanco y Sandra Cusato,
Representantes de UNESCO-Santiago de Chile

1. Educación de calidad para todos, una cuestión ética

2. Desigualdades educativas en América Latina

3. La inequidad en los logros de aprendizaje

4. Políticas y programas educativos para avanzar hacia la equidad en educación

5. ¿Puede la escuela hacer la diferencia?

6. Conclusiones y desafíos

Desigualdades Educativas en AL Todos Somos Resp on Sables

jueves, 2 de abril de 2009

DE LA INEVITABILILIDAD DEL FRACASO ESCOLAR A ASEGURAR EL ÉXITO PARA TODOS

La escuela, situada en un entorno desigual, parecería condenada a reproducir dichas desigualdades, de ahí que una mayor justicia en la escuela pudiera suponer actuar más en reducir las desigualdades sociales que en reformas educativas. Éste fue, en parte, el diagnóstico pesimista a comienzos de los sesenta. De lo que ha llovido desde entonces hoy relativizamos, en parte, dicho diagnóstico para concentrarse en lo que puede hacer la escuela. Siendo conscientes del papel determinante que suele jugar el entorno escolar, igualmente lo somos hoy día del propio papel que puede jugar la escuela en producir o reducir las desigualdades escolares, como muestran los análisis de las evaluaciones internacionales (Benadousi, 2001; Dupriez y Dumay, 2004). No se pueden “echar todos los balones fuera”, el neoliberalismo, la globalización, el Ministerio, las familias, etc. Una cosa parece clara: aun cuando los márgenes de acción de las escuelas tengan sus limitaciones, cuanto más eficaz sea una escuela más justa será y, mayor aún, si la eficacia redunda en beneficio de los alumnos en desventaja social o escolar.

En los sesenta y setenta, diversos análisis críticos de la “nueva” sociología de la educación, cuestionan la igualdad de oportunidades, mostrando cómo la escuela reproduce inevitablemente las desigualdades sociales, siendo las desigualdades escolares una pura consecuencia de la desigualdad social (Bernstein, Baudelot y Establet, Boudon, Bowles y Gintis, Bourdieu y Passeron, Willis, Apple, Lerena, Fernández Enguita, etc.). Lejanos, como estamos, de estos diagnósticos funcionalistas del origen social de resultados educativos que, por un lado, con el Informe Coleman en el americano, como por el otro, con la sociología de la educación francesa, se hicieron en los setenta, en cuanto conducían a una desesperanza y desmovilización del cuerpo docente por un lado y a des-responsabilizar a la propia acción escolar, por otro. Si es el terreno político donde hay que jugarse la batalla, poco sentido tiene actuar en el escolar, reforzando la función del sistema. Como comenta Perrenoud (1998: 17):
“El profesorado afectado por el fracaso escolar se siente, al mismo tiempo, culpable por participar en el proceso de reproducción de las desigualdades e impotente por atajarlo en el marco de su práctica personal, ya que se explica que los programas, los métodos, la evaluación, la orientación, la selección, en fin, todos los elementos del sistema, están en cierta manera concebidos para fabricar desigualdades en provecho de los niños de las clases desfavorecidas”.

Actualmente nos importa más qué puede hacer la escuela para neutralizar dichos factores y conseguir un buen aprendizaje para todos. Pienso, como Linda Darling-Hammond (2001:42), con cuyos planteamientos me identifico, que —una vez alcanzada la escolarización de toda la población escolar— nuestro reto para el siglo XXI “es que las escuelas garanticen a todos los estudiantes y en todas las comunidades el derecho genuino a aprender”, lo que supone que todos puedan comprender y manejar los instrumentos culturales, y enseñar para la diversidad. “Este nuevo desafío —continua diciendo Linda— no requiere un mero incremento de tareas. Exige una empresa fundamentalmente diferente. [...] Nos exige un nuevo paradigma para enfocar la política educativa”.

Esto supone, como dice la Comisión Thélot (2004:43) que, en función de la equidad, se debe igualar la eficacia de la escuela, por lo que para ser justa, la escuela no debe ser formalmente igual, sino igualmente eficaz; más aún, las escuelas en medios desfavorecidos deben ser especialmente eficaces. Será preciso, pues, optimizar y homogeneizar la calidad de la oferta educativa de las escuelas así como las prácticas docentes del profesorado, interviniendo activamente en aquellas escuelas en las que, por su funcionamiento o por el contexto en que se encuentran, no están ofreciendo niveles equitativos. Como señala Marie Duru-Bellat (2003):
“El acceso a un centro escolar u otro no es algo anodino en términos de desigualdades sociales, hasta tal punto que, en la mayor parte de los países, una parte importante de las ventajas de los jóvenes de medios favorecidos pasa por el acceso a centros educativos de mejor calidad. La variedad de la homogeneidad de la calidad de la oferta escolar, en el seno de un país, explica la mayor o menor amplitud de las desigualdades de éxito de un país a otro. Una política dirigida a reducir las desigualdades sociales debería pues pasar por una igualación de la calidad de la oferta escolar” (Duru-Bellat, 2003:76).

Hoy sabemos que las desigualdades escolares de origen social son, al menos en parte, un subproducto de las desigualdades propiamente escolares. Esto es lo que quiere mostrar el “efecto centro”, puesto de manifiesto a partir de las investigaciones sobre escuelas eficaces. A título de ejemplo, considero relevante nombrar el estudio chileno sobre escuelas efectivas en sectores de pobreza (Bellei y otros, 2004) que, a través de un estudio cualitativo sobre 14 escuelas, muestra
“que es posible entregar educación de calidad en escuelas que trabajan con niños que viven en condiciones de pobreza y entregar pistas o señales de caminos concretos para lograrlo. ¿Cómo hacer para que los niños en situación de vulnerabilidad económica alcancen logros escolares que podrían transformar sus vidas? El estudio parte de la premisa de que las respuestas existen y están presentes en las escuelas, en los directivos y en los profesores que han sido capaces de vencer las adversidades del medio logrando que sus alumnos, a pesar de sus desventajas sociales, accedan a una educación de calidad. E identificando estas escuelas y documentando su realidad presente y trayectoria, se podría concluir sobre las claves o factores que hacen posible los nuevos resultados” (Bellei y otros, 2004:10).

En fin, reducir las desigualdades sociales y escolares y promover políticas educativas equitativas, de acuerdo con el conocimiento acumulado, implica actuar —de modo convergente y a lo largo del tiempo, para que sean sostenibles— en varios frentes: entorno familiar de los alumnos, configuración del sistema educativo, y a nivel de escuela, incidiendo en la enseñanza-aprendizaje a nivel de aula. Que una sociedad sea más justa, también depende de la contribución que haga el sistema educativo. La mejora de la eficacia no está, como frecuentemente se ha creído, reñida con la lucha contra las desigualdades. En cualquier caso, en un contexto de reestructuración del papel de la escuela y de diversidad creciente de los alumnos, cualquier estrategia de mejora puede ser subvertida, para introducir desde fuera nuevas desigualdades. De ahí la complejidad del problema en la coyuntura actual.





EQUIDAD EDUCATIVA Y TEORÍAS DE LA JUSTICIA
Antonio Bolívar
Texto completo en http://www.rinace.net/arts/vol3num2/art4.htm
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