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jueves, 4 de marzo de 2021

Alfabetización digital crítica en el uso de datos: un gran desafío para 2021

  • El año 2020 nos ha dejado, y junto a él, un conjunto de experiencias genuinas, y otras no tanto, que hicieron frente al desafío de dar continuidad al sistema educativo en tiempos de pandemia. La comunidad educativa, en un esfuerzo titánico, debió abordar un reto global sin precedentes para esta generación, y lo hizo pese a la desigualdad estructural en la que se ha cimentado la sociedad digital en que nos situamos.

 


Es evidente que las tecnologías digitales jugaron un papel central en esta etapa, y que su uso extendido, provocó un amplio proceso de alfabetización digital que quedará en el tiempo, y que conllevará sustantivos cambios en la gestión, organización y didáctica escolar del futuro. Pero tampoco nos engañemos. Este año también ha desvelado, por un lado, el intento trepidante de las Big Tech por reposicionar su influencia en las políticas sociales y educativas, para entrar con sus aplicaciones en el mercado de la educación personalizada de los centros escolares, y así poder extraer y recopilar información sobre cada estudiante. Y por otro, la ausencia de conciencia (y competencia) crítica de la ciudadanía, y en este caso, de la comunidad educativa, a la hora de acceder y utilizar los dispositivos y entornos digitales. En la mayoría de los casos, su uso se ha basado en prácticas compulsivas, que han buscado “salir del paso” ante este reto de continuidad telemática forzada.

 

Covid 19: ventana de oportunidad para las ‘big tech’

Justo cuando las Big Tech vivían una fase de manifiesto cuestionamiento global y en la mira de los gobiernos de muchos países por sus prácticas monopólicas, de fraude fiscal, de uso indebido de datos recopilados y de “abuso de posición de dominio”, sucede la pandemia del Covid-19 y la aprovechan como una “ventana de oportunidad”, poniendo a disposición de la ciudadanía de forma “altruista”, sus distintas herramientas y plataformas digitales. Aquí algunos casos:

 

Promociones, inicialmente gratuitas, pero que generaban “clientes cautivos”. Pues, una vez que aprendes a utilizar una plataforma digital, con sus especificaciones y características particulares, la migración se reduce y permaneces en aquello que ya conoces y dominas.

 

Lo cierto es que parece que hoy en día, tras el renovado manto de optimismo tecno-educativo, lo que de verdad se busca es extraer información del alumnado mediante la conversión de las escuelas, en lo que Williamson denomina las “escuelas start-up”, es decir, una fábrica de datos e información comercializable sobre unos clientes presentes y futuros a los que se quiere fidelizar.

 

¿Qué podemos hacer (y que se está haciendo) para que la ciudadanía aprenda a relacionarse críticamente con los datos?

Ante esta situación, no podemos pensar (ni legitimar) que la ciudadanía sea un simple espectador pasivo. En este artículo nos gustaría destacar algunas iniciativas y proyectos que ya están llevándose a cabo desde los ámbitos académico, político y ciudadano, y que poco a poco han ido ayudando a desvelar las tendencias antes mencionadas. Sin ánimo de cerrar el foco analítico, ni menos de proponer un ranking al respecto, a continuación presentamos algunos aportes que, desde nuestra mirada, consideramos que vale la pena tener presentes:

 

Iniciativas desde la academia y la investigación

Cada vez son más crecientes los esfuerzos que desde la academia se llevan a cabo con el fin de informar a la comunidad educativa y, en general, a la sociedad de los riesgos de una datificación controlada por las Big Tech. Parte sustantiva de estas propuestas se mueven desde la denuncia, a la formulación de programas en los cuales básicamente lo que se plantea es la concientización del usuario, a través de lo que se ha dado en llamar la “data literacy” o alfabetización en datos. Aquí algunos ejemplos:

  • Significativo ha sido el trabajo de Cathy O’Neil, que indicó la necesidad de “abrir” la caja negra de los algoritmos pues de otra manera podrían convertirse en armas de destrucción matemática.
  • También Shoshana Zuboff, que nos ha llevado a comprender cómo la sistematicidad de adopción de modelos de negocio basado en técnicas extractivas de datos sienta las bases para un cambio paradigmático del capitalismo, es decir, el capitalismo de la vigilancia.
  • Virginia Eubanks y Safyia Noble han explorado los sesgos racistas encapsulados en las recomendaciones y acciones programadas por algoritmos en sistemas tan delicados como la atención socio-sanitaria.
  • Cristóbal Cobo en su libro Acepto las condiciones propone un análisis crítico y abierto sobre las consecuencias de la masificación de las tecnologías y su impacto en las nuevas formas de poder y control de la sociedad actual. El libro explora qué papel ha de jugar la educación en este contexto.
  • Destaca dentro de esas iniciativas pioneras el trabajo de Luci Pangrazio, Neil Selwyn (entre otros y otras) en su proyecto “Data Smart School”. Este proyecto investiga nuevas metodologías que faciliten el mapeo de iniciativas basadas en el tratamiento de datos digitales con fines educativos inclusivos eviten la dominación y mal uso de estos.
  • También este es el foco del proyecto “Culturas de Datos Justas” donde se están mapeando una serie de iniciativas en la que los educadores e investigadores educativos intentan unir las piezas de este rompecabezas. Aunque queda aún mucho por hacer.

 

Estas miradas académicas y desde la investigación han tenido como punto de partida el informar sobre el sesgo, el espacio de libertad que se ha creado la industria “Big Tech” en el moverse mucho más rápidamente que la crítica social y la normativa. Sin embargo, reconocer el problema es sólo el inicio, por lo que la investigación educativa se está moviendo en la dirección de los enfoques que lleven a la transformación de prácticas, a través de la alfabetización.

 

Iniciativas institucionales

En el presente, las corrientes de data literacy están en sus albores, y se han ido caracterizando en primer lugar por una visión entusiasta del uso de los datos, particularmente ligadas a las perspectivas de coding y minería asociadas a los datos abiertos. En línea con la propuesta pedagógica de Paulo Freire, en términos generales estas iniciativas ayudan a: (1) proveer de seguridad y protección de la privacidad de los/as usuarios/as (2) comprender las “técnicas” que encierran los algoritmos; (3) favorecer el potencial de trabajar con datos a partir de sus estructuras más íntimas, para así ser capaces de leer sus alfabetos y (4) lograr transformar las formas de participación en la tecno-estructura.

 

Un primer ámbito de trabajo es el de los datos abiertos y las posibilidades que para la sociedad implica el poder navegar y sacar provecho de dichos datos, públicamente compartidos. Dicha actividad llevaría a formas de alfabetización técnica avanzada, pero también a la participación y monitorización cívica del gobierno. Entre esta tipología iniciativas, destacamos por ejemplo, la de l’Ajuntament de Barcelona, que cuenta con el programa “Repte Dades Obertes” que llama al alumnado de ESO a competir en proyectos que usen los datos abiertos del gobierno. Pero hay muchísimas iniciativas de hackathon para trabajar sobre esta tipología de datos, para no hablar de las nuevas formas de visualización dinámica ofrecidas por organismos como el Instituto Nacional de Estadística o el Eurostat.

 

Lamentablemente, hoy por hoy la discusión del uso de los datos generados por software privativos, sigue estando mucho menos difundida, pues claro está, son datos inaccesibles. Las acciones de concientización y de comprensión de las estructuras que permiten la generación de automatismos y sistemas de recomendaciones es una de las líneas más relevantes y necesaria de abordar.

 

Justamente la propuesta de la Children’s Commissioner del Gobierno británico que ha generado una iniciativa que busca favorecer la comprensión de los términos de condiciones de las principales redes sociales y plataformas virtuales mediante una versión simplificada de estas.

Iniciativas desde la sociedad civil

 

Aquello que caracteriza la pedagogía crítica es el potencial transformador de impacto sobre la sociedad, y ello aún es un tema mucho menos claro, pues va más allá de los que podríamos llamar “superpoderes de la alfabetización”. De hecho, uno de los problemas encontrados en las intervenciones de concientización es que una vez comprendido el problema, quedamos “atrapados” en la disponibilidad de tecnologías alternativas para evitar el trazado de datos, o en nuestra propia necesidad de espacios como las redes sociales para desplegar nuestra tarea educadora, o profesional, o simplemente social.

 

No basta saber para cambiar una tecno-estructura ligada a un entramado técnico, económico y político, y es aquí que las herramientas de cambio vienen de las formas de activismo de la sociedad civil. Estas formas de activismo requieren también una fuerte competencia en datos, desde aspectos tecnológicos y de ciencia de datos, hasta aspectos jurídicos. Pero principalmente, encierran formas de participación democrática que también necesitan ser forjadas en el sistema educativo, desde una perspectiva crítica enlazada a las alfabetizaciones técnicas.

 

Ya existe una cantidad sustancial de iniciativas en esta línea. Aquí hay algunas de ellas:

  • Faro Digital que pone su foco en las juventudes y que desde ahí, promueve iniciativas que favorezcan la protección de la privacidad y los datos personales de los jóvenes durante su navegación en internet. Y otras que buscan favorecer el uso consciente y crítico de las tecnologías digitales
  • ILDA. Iniciativa que busca promover y entender el uso de los datos abiertos en América Latina en el año 2012.
  • XNet con su propuesta de escuelas fuera de Google Classroom
  • Open data, asociación que nace para promocionar los datos abiertos en el entorno de Barcelona
  • Myshadow de Tactical Tech, ayuda a controlar los rastreos de los datos personales, permite observar cómo se están rastreando y provee de información crítica sobre la industria de los datos.

La mayoría de estas iniciativas apoyan a la ciudadanía, a jóvenes, a redes de padres y madres, con el fin de formular espacios de participación y de discusión, cuyo efecto es generar presión sobre el sistema político. Esos movimientos han desencadenado una serie de intervenciones experimentales, junto a una progresiva construcción de soluciones en el campo de la práctica educativa y la sociedad civil.

 

Algunas consideraciones finales…

La intensa actividad de los tres colectivos abocados a explorar el problema de la datificación ha dado lugar a varias formas de intervención y de trabajo hacia la generación de alfabetismo eficaces. Es el empeño de dichos colectivos, lo que ha permitido alcanzar los estamentos de las políticas educativas (entre otras áreas) a nivel europeo. Desde 2016 y hasta el presente, la política de protección de datos (GDPR) ha sido uno de los enfoques más innovadores, que lentamente se está convirtiendo en un actor clave para la generación de acciones de alfabetización en datos a todos los niveles educativos. Más específicamente, si consideramos el nuevo Plan de Acción Digital , una de sus preocupaciones es justamente mejorar, transformar y formar sobre el uso de datos de la ciudadanía. En diciembre de 2020 se ha formado un grupo de trabajo europeo para revertir el marco de competencia digital DigComp 2.1 y pasar a la versión 2.2. Se busca en esta revisión, incluir de manera determinante, un enfoque competencial sobre alfabetización en datos, a trabajar en los centros educativos y en todos los niveles del lifelong learning.

 

En este artículo, hemos tratado de describir el actual panorama de transición en cuanto a los riesgos y vulneraciones a la privacidad en la interacción entre la ciudadanía y tecnologías digitales. Transición que se ha visto acelerada por la pandemia. Nos referimos al pasaje de los entornos y herramientas digitales a espacios de vida que estarán atravesados por las que se denominan tecnologías inteligentes. Lo que parece un oxímoron, dado que hasta donde hemos explorado, se ha otorgado a la tecnología digital el rol de herramienta vehiculante en la construcción de la sociedad moderna, y un instrumento simbólico de la inteligencia humana. Sin embargo, su uso actual, tal y cómo lo hemos presentado en este espacio, parece seguir una connotación muy estrecha y acrítica de “inteligencia”. De hecho, un desarrollo tecnológico rápido de los sistemas datificados (que son la base de la inteligencia artificial) requiere una buena comprensión para que pueda darse esa integración. Ese diálogo “post-humano”, que no limite ni bloquee el desarrollo humano.

 

A los educadores les queda mucho por hacer en este contexto, pues los enfoques pedagógicos, el desarrollo de habilidades a lo largo del curriculum escolar y el análisis de su impacto en la sociedad y las familias, está aún en sus albores. Pero como hemos visto en la variada participación sobre la construcción de un camino hacia la data literacy, los educadores no están solos.

 

 

 

 

Por

Pablo Rivera-Vargas

Juliana Raffaghelli

 

Fuente

https://eldiariodelaeducacion.com/2021/01/18/alfabetizacion-digital-critica-en-el-uso-de-datos-un-gran-desafio-para-2021/

  

martes, 26 de diciembre de 2017

CUBA, LA ALFABETIZACIÓN LO CAMBIÓ TODO

 La mayoría de los participantes en la Campaña de Alfabetización en Cuba se aproximan o rebasan ya los setenta años y otros se han unido en la historia a los 42 que entregaron sus vidas durante la epopeya de 1961.
Entre los fallecidos, 10 resultaron asesinados por la contrarrevolución, entre los cuales se menciona con frecuencia a Manuel Ascunce Domenech y a Delfín Sen Cedré, alfabetizadores ultimados en la entonces provincia central de Las Villas, donde también mataron, el 5 de enero, al maestro voluntario Conrado Benítez.
A la proeza y a sus protagonistas se dedica, desde el 29 de diciembre de 1964, el Museo de la Alfabetización en el antiguo Campamento de Columbia, principal fortaleza militar en Cuba desde la primera intervención norteamericana hasta cuando se convirtió en escuela, después del triunfo revolucionario, en septiembre de 1959.
Allí se preservan expedientes, objetos, imágenes y datos relacionados con el acontecimiento, su historia y sus mártires, sobre lo cual pueden obtener información también los visitantes extranjeros, miles de los cuales lo frecuentan cada año.
Fue Inaugurado por Evelia Domenech, madre del brigadista Manuel Ascunce, y en sus locales se preserva todo a partir de la intervención de Fidel Castro en Naciones Unidas, el 26 de septiembre de 1960, donde anuncio el propósito educacional que el país asumiría el año siguiente.
Sobre el acontecimiento y su historia aporta invaluable información la máster en Educación y profesora de Historia Luisa Campos Gallardo, su directora, quien destaca el papel del recién fallecido Armando Hart Dávalos, entonces ministro de Educación, tanto en la creación del museo como en la campaña alfabetizadora.
Junto con el máximo líder de la Revolución, Primer Ministro en 1991, fue impulsor del empeño que concluyó con la alfabetización de 707 mil 212 cubanos y redujo el analfabetismo del 23,6 al 3,9 por ciento en el país.
Acerca de los participantes, Campos Gallardo precisa que la institución ha contribuido a que alfabetizadores escriban sus memorias y publiquen libros como Y no hubo domingo, de la escritora y realizadora estadounidense Catherine Murphy, quien lo presentó en una Feria Internacional del Libro de La Habana.
La autora participó en la campaña y es también autora del documental Maestra, que destaca la trascendencia del hecho histórico y a Fidel Castro como autor e impulsor, mediante excelentes imágenes y fotografías que revelan, sobre todo, el protagonismo de las alfabetizadoras.
El 52 por ciento de la fuerza educacional fueron muchachas que asumieron las circunstancias de la época, en dura prueba que coincidía con la invasión por Playa Girón, en la Ciénaga de Zapata, y la Limpia del Escambray, nombre geográfico con el que también se identifica a la cordillera de Guamuhaya, en el centro sur de Cuba.
Como parte de un plan de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de Estados Unidos, aprobado por sus máximas autoridades, la contrarrevolución se había extendido en todo el país, con el propósito de derrocar al gobierno e impedir medidas sociales a las cuales se vinculaba ampliamente la educación.
Sobre el documental de Murphy, la prensa ha reflejado que, a pesar de la invasión coincidente con la Campaña, sus protagonistas disfrutaron sobremanera el significado de alfabetizar a sus semejantes y a la vez alcanzar un peldaño superior hacia el futuro.
Según la crítica, la obra refleja cómo la sociedad cubana comenzaba a relegar los componentes de la influencia patriarcal histórica y elevaba a la mujer desde la condición predominante de ama de casa y trabajadora doméstica a la de máxima protagonista de la hazaña.
Sobre la transformación, comentaba Lilavatti Díaz de Villalvilla, una de las dos brigadistas que pronunciaron discursos en la tribuna de la Plaza de la Revolución el 22 de diciembre de 1961, que después de la alfabetización su actitud evolucionó hacia la de una mujer más emprendedora y plena.
Comentaba a Prensa Latina esta profesional, nacida el 25 de julio de 1945, que asumió hablar en representación de los alfabetizadores cubanos, ajustada a su propio discurso, ante miles de sus compañeros y entre Fidel Castro y Osvaldo Dorticós, presidente de la República, como aparece en imágenes fotográficas.
Quien años después alcanzó la condición de doctora en Geología, hoy jubilada, destaca también el papel de la mexicana Margarita Dalton, quien habló en el acto, en representación de los alfabetizadores extranjeros.
Como parte de la exitosa trayectoria de esta, el diario Excélsior la relaciona con el poeta salvadoreño Roque Dalton y explica que, muy joven, viajó a Cuba luego de escuchar por la radio cómo Fidel Castro invitaba desde la ONU a contribuir con la alfabetización en la isla.
Su compañero José Agustín contó la historia vivida entonces en su libro Diario de un brigadista, aparecido en el 2010, un texto que le sirvió a Lourdes Rueda y al cineasta Joaquín Guzmán Luna para el documental titulado Despertar, acerca de la alfabetización y del papel de Margarita en la campaña.
Dalton prefirió estudiar la carrera de Historia en la Universidad de la Habana entre 1962 y 1966, condición a la que ha añadido numerosos titulados y resultados desde entonces, y hoy dirige el Centro de Investigación y Estudios Superiores en Antropología Social en el mexicano Oaxaca.
El filme destaca que maestros cubanos han aplicado en su estado el método Yo sí puedo, para este tipo de enseñanza, el cual se ha extendido asimismo a varias decenas de países de Asia, África y América Latina.
Despertar se exhibió en el Festival de Cine de La Habana del 2016 y Guzmán Luna, director de siete documentales sobre Cuba después de la Revolución, comentó que la gente lloraba cuando lo vio, pues todos, de alguna forma, tienen al padre, un abuelo, un tío que fue alfabetizador entonces.
Dijo que eso marcó al país y transformó la vida en un año.
En la Campaña de Alfabetización participaron numerosos extranjeros de diversos países, quienes aparecen reflejados en las obras de estas destacadas intelectuales.
Maestros voluntarios, alfabetizadores y dirigentes de la campaña y de la educación, muy mayores ya, ofrecen evaluaciones y criterios de gran valor testimonial sobre el hecho que involucró a casi toda la población cubana, de cerca seis millones de habitantes, con grandes concentraciones de analfabetismo en zonas rurales.
Prensa Latina entrevistó a José Ramón Tápanes, matancero como Conrado, y a su esposa Felicita Zerquera, residentes en la villa colonial de Trinidad, quienes recuerdan, por ejemplo, cómo Conrado Benítez consideraba imposible que lo asesinaran por ser maestro.
Esto lo confirmó el agente de la Seguridad del Estado Reinerio Perdomo Sánchez, identificado como Cabaiguán e infiltrado en la banda de Osvaldo Ramírez, pues recibió su negativa cuando le propuso propiciarle la huida al acercarse en la noche al educador y al campesino Eliodoro Rodríguez (Erineo), prisionero también en una jaula rústica e igualmente asesinado.
En su libro Una difícil conquista: la alfabetización, la enseñanza y la cultura, Pedro Etcheverry Vázquez narra cómo a Conrado lo secuestraron -en el entorno del aserradero donde radicaba- los alzados Wilfredo Medinilla Gutiérrez, Leonel Martín Fernández y Gregorio Prieto Vidal, quienes lo insultaron, lo golpearon, le ataron las manos a la espalda y luego lo encerraron junto a Erineo.
El autor, doctor en Ciencias y especialista del Centro de Investigaciones Históricas de la Seguridad del Estado, cuenta el papel del agente Cabaiguán, quien fue entrevistado el 5 de enero por Fidel Castro, durante el operativo de las fuerzas revolucionarias contra la banda de Ramírez, a la cual le ocasionaron varias bajas y le ocuparon documentos vinculados con la CIA.
El alzado Mirio Pérez Venegas confesó tiempo después a un Agente de la Seguridad del Estado que Conrado, con una soga en el cuello, tenía que caminar aprisa para no ser arrastrado, mientras que todos le daban con palos y lo acuchillaban, hasta situarlo debajo del árbol donde luego lo colgaron.
Cuando se pasó la soga por una rama, según Pérez Venegas, uno de los autores, los ojos del maestro miraban a su alrededor como preguntando si sus secuestradores eran personas o animales.
Osvaldo Ramírez, abatido poco después, fue quien dio la orden de colgarlo y el cuerpo del maestro, magullado, fue suspendido y bajado varias veces, como si fuera un muñeco, mientras continuaban acuchillándolo, después de muerto.



Por: Ernesto Montero Acuña/Prensa Latina

Fuente: http://www.prensa-latina.cu/index.php?o=rn&id=140284&SEO=cuba-la-alfabetizacion-lo-cambio-todo-i


domingo, 27 de noviembre de 2016

ALFABETIZACIÓN SEGÚN PAULO FREIRE

El término “Alfabetización” para Paulo Freire
 La ficha “alfabetización” es relevante si consideramos que el pensamiento pedagógico y social de Paulo Freire tiene sus bases asentadas en las primeras experiencias realizadas entre los años 1957 y 1964, pues sus reflexiones respecto al acto educativo y sobre el mundo, de acuerdo con Paulo Rosas (su compañero y amigo del SESI y del Movimiento de Cultura Popular (MCP), el propio Freire dijo que estos espacios fueron dos polos de influencia en la germinación de sus ideas.

En lo que se relaciona con el MCP, Freire, en Cartas a Cristina, destaca los siguientes puntos que “se anclan en una comprensión crítica de la educación” (FREIRE):
• La alfabetización es un acto de conocimiento, de creación y no de memorización mecánica.
• Los (as) alfabetizandos (as) son sujetos de y no proceso de alfabetización.
• La alfabetización debe partir del universo vocabular, pues los temas se retiran de él.
• Comprender la cultura como creación humana, pues los hombres y mujeres pueden cambiar a través de sus acciones.
• El diálogo es el camino que nortea la praxis alfabetizadora.
• Lectura y escritura no se dividen dicotómicamente, al contrario, se complementan, y si son combinadas, el proceso de aprendizaje hará alianza con la riqueza de la oralidad de los(as) alfabetizandos(as). En el año 1958, Juscelino Kubitscheck convocó, a través de su ministro de Educación, Clovis Salgado, al II Congreso Nacional de Alfabetización de Adultos y de Adolescentes, a fin de evaluar la Campaña de Educación de Adultos y Adolescentes (CEAA), organizada por Lourenço Filho. En uno de los informes presentado en este II Congreso, Freire ya señalaba que un trabajo educativo podría ser realizado sólo si sus orientaciones se dirigiesen hacia la democracia. “Si el proceso de alfabetización de adultos no fuera sobre —verticalmente— o para —asistencialmente— el hombre, sino con el hombre, con los educandos y con la realidad” (FREIRE, 2006, p. 124). 
Sin lugar a dudas, las intervenciones de Freire pasan a demarcar de forma crítica su concepción de alfabetización-educación, o sea, de que hay dos posibilidades de hacer pedagogía: una, a partir de una práctica alienante y universalista; otra, a partir de una práctica liberadora y dialógica, pues no hay neutralidad en alfabetización-educación. El año 1962 estuvo marcado por la creación del Servicio de Extensión Cultural de la Universidad de Recife (SEC) que, de acuerdo con Ana María Freire, era un deseo de Freire, ya que él comprendía a la Universidad como un espacio de, además de otros aspectos, formar profesores para trabajar con educación popular.
Al ser el SEC un lugar importante para el pensamiento y para la planificación de las prácticas de educación popular, Ana María Freire recuerda que en las “primeras horas del golpe militar de 1964, en su sede no sobró nada de documentación y de los trabajos educativos del SEC y de la actuación de los idealizadores y de su primer director Paulo Freire” (FREIRE, 2006, p. 105). En el libro A importância do ato de leer, Freire retoma con mucha claridad su comprensión sobre el concepto de alfabetización. En él enfatiza que su carácter debe superar los límites de la pura decodificación de la palabra escrita, pues “la comprensión crítica del acto de leer se anticipa y se alarga en la inteligencia del mundo. La lectura del mundo precede a la lectura de la palabra, de ahí que la posterior lectura de la palabra no puede prescindir de la lectura de aquel” (FREIRE, 1982, p. 9).
De esta forma, aprehender el texto exige la aprehensión de las relaciones entre éste y el contexto, por ello, la alfabetización es un “acto político y un acto de conocimiento, y por ello un acto creador” (p. 9), en el que el alfabetizando es sujeto y no objeto de la alfabetización. Enseñar no es transmitir conocimiento sino establecer condiciones para su construcción. En cuanto más crítico sea este proceso (enseñar y aprender) más se amplía el deseo de saber, la curiosidad epistemológica frente a los desafíos que presenta el mundo. Esta relación texto-contexto-texto y mundo-palabra-mundo está presente en el cotidiano. A esto Freire llama movimiento, ya que “la lectura de la palabra no es apenas precedida por la lectura del mundo, sino por una cierta forma de escribirlo o de reescribirlo”, o sea, de transformarlo a partir de una práctica consciente (FREIRE, 1982, p. 13).
En esta perspectiva la alfabetización, que es comprendida como acto creador, no puede ser vista como un simple proceso de memorización mecánica de las palabras y de las “cosas muertas o semi muertas” sino como un proceso que se inunda de actos de creación y de recreación. Para ello, el papel del alfabetizador(a) debe ser “dialogar con el “analfabeto” (mis comillas) sobre situaciones concretas, por ello la alfabetización no puede hacerse de arriba hacia abajo, ni de fuera para dentro” (FREIRE, 1979, p. 41).
La centralidad de la alfabetización está en garantizar que las palabras generadoras que organizarán el proceso de enseñar provengan de la realidad de los alfabetizandos(as), de los grupos populares. De esta forma se construye lo que Freire denomina universo vocabular, cargado de experiencia existencial. El debate en torno a las palabras generadoras busca el concepto antropológico de cultura, simultáneamente alfabetizando y concientizando. Freire afirma que son “situaciones locales que abren perspectivas para el análisis de los problemas regionales y nacionales” (FREIRE, 1979, p. 43), porque una palabra generadora puede envolver una situación de un individuo o de una colectividad.
Sin embargo, para poder explicar mejor un proceso de alfabetización que dialogue permanentemente con la realidad de los (as) educandos (as), Freire hace una importante excepción al retomar esta idea en Pedagogia da esperança, debido a que él se da cuenta que hay una visión reduccionista entre algunos, que entienden que levantar las palabras generadoras significa permanecer en ellas. Sin embargo, Freire nunca dijo que “este universo lexical debiera permanecer absolutamente adscrito a la realidad local. Si lo hubiera dicho no tendría la comprensión que tengo del lenguaje” (FREIRE, 1982, p. 45). En este sentido, “la función del educador no puede ser la del repasador o la del consultor especialista, sino la de un colega, la de un articulador de un movimiento formativo, de un liderazgo político e intelectual” (BRITTO, 2006, p. 16).
Aprender a leer y escribir, incluso si es un deseo individual legítimo (para mejorar la vida) y una necesidad impuesta socialmente, no puede agotarse en esos dos aspectos. Al contrario, la alfabetización necesita ser comprendida como un conocimiento que amplía, pues alfabetizarse “es participar junto con otras personas, de un universo ampliado de la propia curiosidad humana. Esa matriz de la conciencia, junto con el conocimiento y el sufrimiento” (BRANDÃO, 2006, p. 441).



Por Liana da Silva Borges
Extraído de
DICCIONARIO Paulo Freire
Danilo R. Streck, Euclides Redin, Jaime José Zitkoski (Orgs.)


martes, 7 de mayo de 2013

Aproximación al concepto de Alfabetización


La idea de “Alfabetización” fue tradicionalmente ligada a la de “aprender a leer y escribir” ¿Cuál es el trasfondo político de esta interpretación? ¿A qué sector favorece? ¿Es posible pensar la alfabetización de otra manera? ¿Qué alfabetización se necesita, para una democracia plena?

Cuando hablamos de alfabetización nos metemos en un tema controvertido que plantea muchas preguntas aún no resueltas. El propio concepto de alfabetización no resulta fácil de explicar. Una definición rígida, que ha dejado secuelas y que aún no ha sido desterrada totalmente del campo de la educación es la de la alfabetización como equivalente a conocer las letras del abecedario y saber cómo usarlas para leer y escribir, de hecho el diccionario de la Real Academia de la Lengua define alfabetizar como “el proceso por el cual se enseña a leer y a escribir a una persona analfabeta”.

Encontramos diferentes enfoques a la hora de entender el proceso de alfabetización. Enfoques tradicionales como el utilitario, o el académico de la lectura, se basan en el aprendizaje mecánico de la capacidad de leer, sacrificando el análisis crítico del orden social y político que genera en primera instancia la necesidad de leer. Esta postura ha provocado el desarrollo de personas alfabetizadas funcionalmente, preparadas básicamente para satisfacer los requisitos de nuestra cada vez más compleja sociedad tecnológica (Freire y Macedo).

Esta concepción es característica de los países en Occidente y de muchos países en desarrollo, la alfabetización utilitaria ha sido promocionada como vía hacia el progreso económico, para el acceso laboral y el aumento de la productividad. Este enfoque es defendido incluso por la UNESCO, para la cual “los programas de alfabetización deberían estar principalmente relacionados con las prioridades económicas. No sólo deben capacitar para la lectoescritura, sino que deben también impartir conocimientos profesionales y técnicos, provocando una mayor participación de los adultos en la vida económica”.

Para la UNESCO “una persona analfabeta es aquella que no puede leer entendiendo lo que lee ni escribir una descripción sencilla y breve de su vida cotidiana" (UNESCO).
Esta definición concibe la alfabetización como una satisfacción de las exigencias básicas de lectura de una sociedad industrializada. Esta perspectiva está orientada a convertir a los adultos en trabajadores y ciudadanos más productivos dentro de una sociedad determinada.

A pesar del atractivo del progreso económico, la alfabetización funcional reduce el concepto de alfabetización y pedagogía en que se inserta a las exigencias pragmáticas del capital, consecuentemente, las concepciones críticas de pensamiento, cultura y poder desaparecen bajo los imperativos del proceso laboral y la necesidad de acumular capital (Giroux).

Este tipo de conceptualización tradicional de la alfabetización supone para Antonio Gramsci, socialista italiano de principio del siglo XX, un arma de doble filo, ya que puede ser utilizada con el propósito de perpetuar las relaciones de opresión y dominación. De hecho este tipo de enfoques, característicos de los años 60, surgen al servicio del “desarrollismo” propio de la época, que consideraba el desarrollo como un proceso lineal que parte, justamente, del subdesarrollo (situación en la que supuestamente se encontraba América Latina) para llegar, después de atravesar varias etapas, al desarrollo, situado en el extremo final del proceso.

Esta teoría percibió la educación como un sector auxiliar para sus propósitos económicos. “Le adjudicó, como objeto fundamental de su tarea, la preparación de los “recursos humanos” para lograr llegar al fin de ese proceso lineal, o sea, al desarrollo, a través de la industrialización” (Carreño)

Este desarrollismo supuso el afianzamiento de concepciones pedagógicas que sirvieran a sus fines. Tanto el modelo económico como el pedagógico del desarrollismo, ambos importados de los países ricos, son modelos abstractos, supuestamente válidos para todas las sociedades, que no tienen en cuenta las singularidades de cada una de ellas. Las pedagogías desarrollistas no se plantearon las cuestiones de fondo de la educación, es decir, su relación con el contexto histórico, político y con las estructuras sociales concretas de las naciones latinoamericanas. Con este fin, se propiciaron reformas con las que se pretendía un Freire reflexiona sobre la alfabetización tradicional, puesta al servicio de la industrialización y la critica, porque convierte –dice- la palabra en algo independiente de la experiencia, de la realidad de quien la dice y sin relación con las cosas y con el mundo. Considera, en definitiva, que los métodos tradicionales estimulan la separación del analfabeto con su realidad. Define estos métodos como domesticadores, alienadores, perpetuadores del modelo opresor oprimido y que dejan que el hombre siga ajeno a su propia realidad.

El analfabetismo es entonces un freno impuesto al hombre por la dominación, por los opresores, que se han caracterizado siempre por el escaso interés en la educación elemental de los adultos. Este modelo es todo lo contrario a “hacer pensar”, la persona que se educa en él, durante todas sus etapas, es reducida a un objeto de manipulación por parte de los educadores que responden también a unas estructuras de dominación de la sociedad actual.

Dirá Freire en su libro “La educación como práctica de la libertad”, que este modelo “es la negación de todas las posibilidades transformadoras del individuo vueltas hacia el ambiente natural y social en el cual le tocará vivir. Se convertirá, sin quererlo, por efecto de esta situación alienante, en un miembro más del statu quo” (Freire). La alfabetización se ve no como un derecho sino como un regalo que los que “saben” hacen a los que “nada saben”, es lo que Freire denomina como “la concepción ingenua del analfabetismo”. Este modelo de alfabetización no tiene nada que ver con el que Freire defiende, que es también el que se propone para enmarcar el proyecto.


Autor
Juan Pablo Arranz Molinero
Universidad de Valladolid
En Proyecto de formación de alfabetizadores bilingües basado en la pedagogía y método de Paulo Freire y en las ideas y saberes que recoge el “buen vivir”.
Tutora: María Dolores Fernández Malanda
Trabajo fin de Master

miércoles, 1 de mayo de 2013

La alfabetización entendida por Freire

Vivimos en un contexto latinoamericano que no se lo puede caracterizar por la falta de recursos, sino por la mala distribución de ellos. Por ello nos encontramos con tremendas diferencias entre “opresores” y “oprimidos” ¿Qué sentido tiene en este ámbito la alfabetización? Los conceptos expresados por P Freire hace algunas décadas, mantienen su vigencia en la actualidad.


El modelo de Freire es el de una alfabetización emancipadora, y es como todas las grandes obras e ideas “hija de su tiempo”, nacerá en contraposición otros modelos y enmarcados en la época de las políticas desarrollistas en América Latina.

Aunque se adapta perfectamente a la actual situación, donde nos sigue resultando muy fácil, aún después de haber pasado décadas, reconocer entre nosotros a los oprimidos de los que Freire habla.

La alfabetización es entonces para Freire “un proyecto político por el cual los hombres y las mujeres sostienen su derecho y su responsabilidad no sólo a leer, comprender y transformar sus propias experiencias, sino también a reconstruir su relación con la sociedad” (Freire y Macedo). La alfabetización no se entiende sólo como una capacidad técnica que se debe adquirir, sino como el cimiento necesario de una actividad cultural que tienda a la libertad. En este sentido la alfabetización es fundamental para el “fortalecimiento de la propia voz, como parte de un proceso transformador al reconocer la propia existencia como parte de una práctica históricamente construida en unas determinadas relaciones de poder” (Freire y Macedo); encontramos en estas afirmaciones de Freire la naturaleza política y la esencia de su idea de alfabetización.

Llegados a este punto de su pensamiento podemos afirmar entonces que para él, alfabetizar es sinónimo de concienciar o emancipar. “Enseñar a leer y a escribir es algo más que dar un simple mecanismo de expresión. Se trata de procurar en él un proceso de concienciación. O sea, de liberación de su conciencia (oprimida) con vistas a su posterior integración en su realidad nacional, como sujeto de su historia y de la historia” (Freire).

Esta concientización, supone que el sujeto alfabetizado supere la conciencia de oprimido y logre la conciencia crítica liberándose, además, de la opresión de la cultura impuesta. De ahí que la alfabetización no pueda estar desvinculada de la praxis, del mundo que le es propio al analfabeto, no puede estar aislada de su realidad política y social. Concibe, pues, la alfabetización, como una forma de leer y, también, como una forma de cambiar el mundo orientando la acción pedagógica hacia el logro de la democratización y de la justicia social.

El planteamiento freireano se orienta hacia la transformación del mundo y dicha transformación requiere de la esperanza, considerada en esta pedagogía como una necesidad, un imperativo existencial e histórico, un instrumento para evitar la desesperanza y el fatalismo que se encuentran en muchos de los discursos neoliberales de la época y actuales, se trata de vivir la historia como un “tiempo de posibilidad y no de determinismo”.

“La educación liberadora no produce, por sí misma, el cambio social […] pero no habrá cambio social sin una Educación Liberadora” (Freire).

Por eso, en este planteamiento educativo, es ineludible respetar el saber popular del alfabetizando y su contexto cultural. “La localidad de los educandos, o lo local es el punto de partida para el conocimiento que se van creando del mundo. «Su» mundo, en última instancia, es el primer e inevitable rostro del mundo mismo” (Freire).


Autor
Juan Pablo Arranz Molinero
Universidad de Valladolid
En Proyecto de formación de alfabetizadores bilingües basado en la pedagogía y método de Paulo Freire y en las ideas y saberes que recoge el “buen vivir”.
Tutora: María Dolores Fernández Malanda
Trabajo fin de Master

sábado, 4 de junio de 2011

El método de alfabetización del Profesor Paulo Freire

APRENDER A DECIR SU PALABRA.
EL MÉTODO DE ALFABETIZACIÓN DEL PROFESOR PAULO FREIRE
ERNANI MARIA FIORI
Paulo Freire es un pensador comprometido con la vida; no piensa ideas, piensa la existencia. Es también educador: cobra existencia su pensamiento en una pedagogía en que el esfuerzo totalizador de la “praxis” humana busca, en la interioridad de ésta, re-totalizarse como “práctica de la libertad”. En sociedades cuya dinámica estructural conduce a la dominación de las conciencias, “la pedagogía dominante es la pedagogía de las clases dominantes”. Los métodos de opresión no pueden, contradictoriamente, servir a la liberación del oprimido. En esas sociedades, gobernadas por intereses de grupos, clases y naciones dominantes, “la educación como práctica de la libertad” postula necesariamente una “pedagogía del oprimido”. No pedagogía para él, sino de él. Los caminos de la liberación son los del mismo oprimido que se libera: él no es cosa que se rescata sino sujeto que se debe autoconfigurar responsablemente. La educación libertadora es incompatible con una pedagogía que, de manera consciente o mistificada, ha sido práctica de dominación. La práctica de la libertad sólo encontrará adecuada expresión en una pedagogía en que el Oprimido tenga condiciones de descubrirse y conquistarse, reflexivamente, como sujeto de su propio destino histórico. Una cultura tejida con la trama de la dominación, por más generosos que sean los propósitos de sus educadores, es una barrera cerrada a las posibilidades educacionales de los que se suban en las subculturas de los proletarios y marginales. Por el contrario, una nueva pedagogía enraizada en la vida de esas subculturas, a partir de ellas y con ellas, será un continuo retornar reflexivo sus propios caminos de liberación; no será simple reflejo, sino reflexiva creación y recreación, un ir adelante por esos caminos: “método”, “práctica de la libertad”, que, por ser tal, esta intrínsecamente incapacitado para el ejercicio de la dominación. La pedagogía del oprimido es, pues, liberadora de ambos, del oprimido y del opresor. Hegelianamente diríamos: la verdad del opresor reside en la conciencia del oprimido.

Así aprehendemos la idea fuente de dos libros en que Paulo Freire traduce, en forma de lúcido saber sociopedagógico, su grande y apasionante experiencia de educador. Experiencia y saber que se dialectizan, densificándose, alargándose, dándonos cada vez más el contorno y el relieve de su profunda intuición central; la del educador de vocación humanista que, al inventar sus técnicas pedagógicas, redescubre a través de ellas el proceso histórico en que y por que se constituye la conciencia humana. El proceso a través del cual la vida se hace historia. O, aprovechando una sugerencia de Ortega, el proceso en que la vida coma biología pasa a ser vida como biografía.

Tal vez sea ése el sentido más exacto de la alfabetización: aprender a escribir su vida, como autor y como testigo de su historia —biografiarse, existenciarse, historizarse. Por esto, la pedagogía de Paulo Freire, siendo método de alfabetización, tiene como su idea animadora toda una dimensión humana de la “educación como práctica de la libertad”, lo que en régimen de dominación sólo se puede producir y desarrollar en la dinámica de una “pedagogía del oprimido”.

Las técnicas de dicho método acaban por ser la esterilización pedagógica del proceso en que el hombre constituye y conquista, históricamente, su propia forma: la pedagogía se hace antropología. Esa conquista no se iguala al crecimiento espontáneo de los vegetales: se implica en la ambigüedad de la condición humana, se complica en las contradicciones de la aventura histórica, se explica, o mejor dicho, intenta explicarse en la continua recreación de un mundo que, al mismo tiempo, obstaculiza y provoca el esfuerzo de la superación liberadora de la conciencia humana. La antropología acaba por exigir y comandar una política.

Es lo que pretendemos insinuar en tres chispazos. Primero: el movimiento interno que unifica los elementos del método y los excede en amplitud de humanismo pedagógico. Segundo; ese movimiento reproduce y manifiesta el proceso histórico en que el hombre se reconoce. Tercero: los posibles rumbos de ese proceso son proyectos posibles y, por consiguiente, la concienciación no sólo es conocimiento o reconocimiento, sino opción, decisión, compromiso.

Las técnicas del método de alfabetización de Paulo Freire, aunque valiosas en sí, tomadas aisladamente no dicen nada del método mismo. Tampoco se juntaron eclécticamente según un criterio de simple eficiencia técnico-pedagógica. Inventadas o reinventadas en una sola dirección del pensamiento, resultan de la unidad que se trasluce en la línea axial del método y señala el sentido y el alcance de su humanismo: alfabetizar es concienciar.

Un mínimo de palabras con una máxima polivalencia fonémica es el punto de partida para la conquista del universo vocabular. Estas palabras, oriundas del propio universo vocabular del alfabetizando, una vez transfiguradas por la critica, retornan a él en acción transformadora del mundo. ¿Cómo salen de su universo y cómo vuelven a él?

Una investigación previa explora el universo de las palabras habladas en el medio cultural del alfabetizando. De ahí se extraen los vocablos de más ricas posibilidades fonémicas y de mayor carga semántica. Ellos no sólo permiten un rápido dominio del universo de la palabra escrita sino también el compromiso más eficaz (“engajamento”) de quien los pronuncia, con la fuerza pragmática que instaura y transforma el mundo humano.

Estas palabras son llamadas generadoras porque, a través de la combinación de sus elementos básicos, propician la formación de otras. Como palabras del universo vocabular del alfabetizando, son significadores constituidas en sus comportamientos, que configuran situaciones existenciales o se configuran dentro de ellas. Tales significaciones son codificadas plásticamente en cuadros, diapositivas, films, etc., representativos de las respectivas situaciones que, de la experiencia vivida del alfabetizando, pasan al mundo de los objetos. El alfabetizando gana distancia para ver su experiencia, “ad-mira”. En ese mismo instante, comienza a descodificar.

La descodificación es análisis y consecuente reconstitución de la situación vivida: reflejo, reflexión y apertura de posibilidades concretas de pasar más allá. La inmediatez de la experiencia, mediada por la objetivación se hace lúcida, interiormente, en reflexión a si misma y crítica anunciadora de nuevos proyectos existenciales. Lo que antes era enclaustrado, poco a poco se va abriendo; “la conciencia pasa a escuchar los llamados que la convocan siempre más allá de sus limites: se hace critica”.

Al objetivar su mundo, el alfabetizando se reencuentra en él, reencontrándose con los otros y en los otros, compañeros de su pequeño “circulo de cultura”. Se encuentran y reencuentran todos en el mismo mundo común y, de la coincidencia de las intenciones que los objetivan, surgen la comunicación, el diálogo que critica y promueve a los participantes del círculo. Así juntos recrean críticamente su mundo: lo que antes los absorbía, ahora lo pueden ver al revés. En el círculo de cultura, en rigor, no se enseña, se aprende con “reciprocidad de conciencias”; no hay profesor, sino un coordinador, que tiene por función dar las informaciones solicitadas por los respectivos participantes y propiciar condiciones favorables a la dinámica del grupo, reduciendo al mínimo su intervención directa en el curso del diálogo.

La “codificación” y la “descodificación” permiten al alfabetizando integrar la significación de las respectivas palabras generadoras en su contexto existencial: él la redescubre en un mundo expresado por su comportamiento. Cobra conciencia de la palabra como significación que se constituye en su intención significante, coincidente con intenciones de otros que significan el mismo mundo. Este, el mundo, es el lugar de encuentro de cada uno consigo mismo y con los demás.

A esta altura del proceso, la respectiva palabra generadora puede ser, ella misma, objetivada como combinación de fonemas susceptibles de representación gráfica. El alfabetizando ya sabe que la lengua también es cultura, de que el hombre es sujeto: se siente desafiado a develar los secretos de su constitución a partir de la construcción de sus palabras, también ellas construcción de su mundo. Para ese efecto, como también para la descodificación de las situaciones significativas por las palabras generadoras es de particular interés la etapa preliminar del método, que aún no habíamos mencionado. En esta etapa, el grupo descodifica varias unidades básicas, codificaciones sencillas y sugestivas, que dialógicamente descodificadas, van redescubriendo al hombre como sujeto de todo proceso histórico de la cultura y, obviamente, también de la cultura letrada. Lo que el hombre habla y escribe, y cómo habla y escribe, es todo expresión objetiva de su espíritu. Por esto, el espíritu puede rehacer lo hecho, en este redescubrir el proceso que lo hace y lo rehace.

Así, al objetivar una palabra generadora (primero entera y después descompuesta en sus elementos silábicos) el alfabetizando ya está motivado para no sólo buscar el mecanismo de su recomposición y de la composición de nuevas palabras, sino también para escribir su pensamiento. La palabra generadora, aunque objetivada en su condición de simple vocablo escrito, no puede liberarse nunca más de su dinamismo semántico y de su fuerza pragmática, de que el alfabetizando tomó conciencia en la respectiva descodificación critica.

No se dejará, entonces, aprisionar por los mecanismos de la composición vocabular. Y buscará nuevas palabras, no para coleccionarlas en la memoria, sino para decir y escribir su mundo, su pensamiento, para contar su historia. Pensar el mundo es juzgarlo; la experiencia de los círculos de cultura muestra que el alfabetizando, al comenzar a escribir libremente, no copia palabras sino expresa juicios. Estos, de cierta manera, intentan reproducir el movimiento de su propia experiencia; el alfabetizando, al darles forma escrita, va asumiendo gradualmente la conciencia de testigo de una historia de que se sabe autor. En la medida en que se percibe testigo de su historia, su conciencia se hace reflexivamente más responsable de esa historia.

El método Paulo Freire no enseña a repetir palabras ni se restringe a desarrollar la capacidad de pensarlas según las exigencias lógicas del discurso abstracto; simplemente coloca al alfabetizando en condiciones de poder replantearse críticamente las palabras de su mundo, para, en la oportunidad debida, saber y poder decir su palabra.

Esto es porque, en una cultura letrada, ese alfabetizando aprende a leer y a escribir, pero la intención última con que lo hace va más allá de la mera alfabetización. Atraviesa y anima toda la empresa educativa, que no es sino aprendizaje permanente de ese esfuerzo de totalización jamás acabado, a través del cual el hombre intenta abrazarse íntegramente en la plenitud de su forma. Es la misma dialéctica en que cobra existencia el hombre. Mas, para asumir responsablemente su misión de hombre, ha de aprender a decir su palabra, porque, con ella, se constituye a si mismo y a la comunión humana en que él se constituye; instaura el mundo en que él se humaniza, humanizándolo.

Con la palabra el hombre se hace hombre. Al decir su palabra, el hombre asume conscientemente su esencial condición humana. El método que le propicia ese aprendizaje abarca al hombre todo, y sus principios fundan toda la pedagogía, desde la alfabetización hasta los más altos niveles del quehacer universitario.

La educación reproduce de este modo, en su propio plano, la estructura dinámica y el movimiento dialéctico del proceso histórico de producción del hombre. Para el hombre, producirse es conquistarse, conquistar su forma humana. La pedagogía es antropología.

Todo fue resumido por una simple mujer del pueblo en un circulo de cultura, delante de una situación presentada en un cuadro: “Me gusta discutir sobre esto porque vivo así. Mientras vivo no veo. Ahora sí, observo cómo vivo”.

La conciencia es esa misteriosa y contradictoria capacidad que el hombre tiene de distanciarse de las cosas para hacerlas presente., inmediatamente presentes. Es la presencia que tiene el poder de hacer presente; no es representación, sino una condición de presentación. Es un comportarse del hombre frente al medio que lo envuelve, transformándolo en mundo humano. Absorbido por el medio natural, responde a estímulos; y el éxito de sus respuestas se mide por su mayor o menor adaptación: se naturaliza. Alejado de su medio vital, por virtud de la conciencia, enfrenta las cosas, objetivándolas, y se enfrenta con ellas, que dejan de ser simples estímulos para erigirse en desafíos. El medio envolvente no lo cierra, lo limita; lo que supone la conciencia del más allá del límite. Por esto, porque se proyecta intencionalmente más allá del límite que intenta encerrarla, la conciencia puede desprenderse de él, liberarse y objetivar, transustanciado, el medio físico en mundo humano.

La “hominización” no es adaptación: el hombre no se naturaliza, humaniza al mundo. La “hominización” no es sólo un proceso biológico, sino también historia.

La intencionalidad de la conciencia humana no muere en la espesura de un envoltorio sin reverso. Ella tiene dimensión siempre mayor que los horizontes que la circundan. Traspasa más allá de las cosas que alcanza y, porque las sobrepasa, puede enfrentarlas como objetos.

La objetividad de los objetos se constituye en la intencionalidad de la conciencia, pero, paradójicamente, ésta alcanza en lo objetivado lo que aún no se objetivó: lo objetivable. Por lo tanto, el objeto no es sólo objeto sino, al mismo tiempo, problema: lo que está enfrente, como obstáculo e interrogación. En la dialéctica constituyente de la conciencia, en que ésta se acaba de hacer en la medida en que hace al mundo, la interrogación nunca es pregunta exclusivamente especulativa: en el proceso de totalización de la conciencia, es siempre provocación que la incita a totalizarse. El mundo es espectáculo, pero sobre todo convocación. Y, como la conciencia se constituye necesariamente como conciencia del mundo, ella es pues, simultánea e implícitamente, presentación y elaboración del mundo.

La intencionalidad trascendental de la conciencia le permite retroceder indefinidamente sus horizontes Y. dentro de ellos, sobrepasar los momentos y las situaciones que intentan retenerla y enclaustrarla. Liberada por la fuerza de su impulso trascendentalizante, puede volver reflexivamente sobre tales situaciones y momentos, para juzgarlos y juzgarse. Por esto es capaz de crítica. La reflexividad es la raíz de la objetivación. Si la conciencia se distancia del mundo y lo objetiva, es porque su intencionalidad trascendental la hace reflexiva. Desde el primer momento de su constitución, al objetivar su mundo originario, ya es virtualmente reflexiva. Es presencia y distancia del mundo: la distancia es la condición de la presencia. Al distanciarse del mundo, constituyéndose en la objetividad, se sorprende ella misma en su subjetividad. En esa línea de entendimiento, reflexión y mundo, subjetividad y objetividad no se separan: se oponen, implicándose dialécticamente. La verdadera reflexión crítica se origina y se dialectiza en la interioridad de la “praxis” constitutiva del mundo humano; reflexión que también es “praxis”.

Distanciándose de su mundo vivido, problematizándolo, “descodificándolo” críticamente, en el mismo movimiento de la conciencia, el hombre se redescubre como sujeto instaurador de ese mundo de su experiencia. AI testimoniar objetivamente su historia, incluso la conciencia ingenua acaba por despertar críticamente, para identificarse como personaje que se ignoraba, siendo llamada a asumir su papel. La conciencia del mundo y la conciencia de sí crecen juntas y en razón directa; una es la luz interior de la otra, una comprometida con otra. Se evidencia la intrínseca correlación entre conquistarse, hacerse más uno mismo, y conquistar el mundo, hacerlo más humano. Paulo Freire no inventó al hombre; sólo piensa y practica un método pedagógico que procura dar al hombre la oportunidad de redescubrirse mientras asume reflexivamente el propio proceso en que él se va descubriendo, manifestando y configurando: “método de concienciación”.

Pero nadie cobra conciencia separadamente de los demás. La conciencia se constituye como conciencia del mundo. Si cada conciencia tuviera su mundo, las conciencias se ubicarían en mundos diferentes y separados, cual nómadas incomunicables. Las conciencias no se encuentran en el vacío de sí mismas, porque la conciencia es siempre, radicalmente, conciencia del mundo. Su lugar de encuentro necesario es el mundo que, si no fuera originariamente común, no permitiría la comunicación. Cada uno tendrá sus propios caminos de entrada en este mundo común, pero la convergencia de las intenciones que la significan es la condición de posibilidad de las divergencias de los que, en él, se comunican. De no ser así, los caminos serían paralelos e intraspasables, las conciencias no son comunicantes porque se comunican; al contrario, se comunican porque son comunicantes. La intersubjetividad de las conciencias es tan originaria cuanto su mundanidad o su subjetividad. En términos radicales, podríamos decir, en lenguaje ya no fenomenológico, que la intersubjetividad de las conciencias es la progresiva concienciación, en el hombre, del “parentesco ontológico” de los seres en el ser. Es el mismo misterio que nos invade y nos envuelve, encubriéndose y descubriéndose en la ambigüedad de nuestro cuerpo consciente.

En la constitución de la conciencia, mundo y conciencia se presentan como conciencia del mundo o mundo consciente y, al mismo tiempo, se oponen como conciencia de sí y conciencia del mundo. En la intersubjetividad, las conciencias también se ponen como conciencias de un cierto mundo común y, en ese mismo mundo, se oponen como conciencia de sí y conciencia de otro. Nos comunicamos en la oposición, única vía de encuentro para conciencias que se constituyen en la mundanidad y en la intersubjetividad.

El monólogo, en cuanto aislamiento, es la negación del hombre. Es el cierre de la conciencia mientras que la conciencia es apertura. En la soledad, una conciencia que es conciencia del mundo, se adentra en sí, adentrándose más en su mundo que, reflexivamente, se hace más lúcida mediación de la inmediatez intersubjetiva de las conciencias. La soledad y no el aislamiento, sólo se mantiene en cuanto se renueva y revigoriza en condiciones de diálogo.

El diálogo fenomenaliza e historiza la esencial intersubjetividad humana; él es relacional y en él nadie tiene la iniciativa absoluta. Los dialogantes “admiran” un mismo mundo; de él se apartan y con él coinciden: en él se ponen y se oponen. Vemos que, de este modo, la conciencia adquiere existencia y busca planificarse. El diálogo no es un producto histórico, sino la propia historización. Es, pues, el movimiento constitutivo de la conciencia que, abriéndose a la finitud, vence intencionalmente las fronteras de la finitud e, incesantemente, busca reencontrarse más allá de sí misma. Conciencia del mundo, se busca ella misma en un mundo que es común; porque este mundo es común, buscarse a sí misma es comunicarse con el otro. El aislamiento no personaliza porque no socializa. Mientras más se intersubjetiva, más densidad subjetiva gana el sujeto.

La conciencia y el mundo no se estructuran sincrónicamente en una conciencia estática del mundo: visión y espectáculo. Esa estructura se funcionaliza diacrónicamente en una historia. La conciencia humana busca conmensurarse a sí misma en un movimiento que transgrede, continuamente, todos sus límites. Totalizándose más allá de sí misma, nunca llega a totalizarse enteramente, pues siempre se trasciende a sí misma. No es la conciencia vacía del mundo que se dinamiza, ni el mundo es simple proyección del movimiento que la constituye como conciencia humana. La conciencia es conciencia del mundo: el mundo y la conciencia, juntos, como conciencia del mundo, se constituyen dialécticamente en un mismo movimiento, en una misma historia. En otras palabras: objetivar el mundo es historizarlo, humanizarlo. Entonces, el mundo de la conciencia no es creación sino elaboración humana. Ese mundo no se constituye en la contemplación sino en el trabajo.

En la objetivación aparece, pues, la responsabilidad histórica del sujeto. Al reproducirla críticamente, el hombre se reconoce como sujeto que elabora el mundo; en él, en el mundo, se lleva a cabo la necesaria mediación del autorreconocimiento que lo personaliza y le hace cobrar conciencia, como autor responsable de su propia historia. El mundo se vuelve proyecto humano: el hombre se hace libre. Lo que parecería ser apenas visión es, efectivamente, “provocación”; el espectáculo, en verdad, es compromiso.

Si el mundo es el mundo de las conciencias intersubjetivas, su elaboración forzosamente ha de ser colaboración. El mundo común mediatiza la originaria intersubjetivación de las conciencias: el autorreconocimiento se “plenifica” en el reconocimiento del otro; en el aislamiento la conciencia se “nadifica”. La intersubjetividad, en que las conciencias se enfrentan, se dialectizan, se promueven, es la tesitura del proceso histórico de humanización. Está en los orígenes de la “hominización” y contiene las exigencias últimas de la humanización. Reencontrarse como sujeto y liberarse es todo el sentido del compromiso histórico. Ya la antropología sugiere que la “praxis”, si es humana y humanizadora, es “práctica de la libertad”.

El círculo de cultura, en el método Paulo Freire, revive la vida en profundidad crítica. La conciencia emerge del mundo vivido, lo objetiva, lo problematiza, lo comprende como proyecto humano. En diálogo circular, intersubjetivándose más y más, va asumiendo críticamente el dinamismo de su subjetividad creadora. Todos juntos, en círculo, y en colaboración, reelaboran el mundo, y al reconstruirlo, perciben que, aunque construido también por ellos, ese mundo no es verdaderamente de ellos y para ellos. Humanizado por ellos, ese mundo los humaniza. Las manos que lo hacen no son las que lo dominan. Destinado a liberarlos como sujetos, los esclaviza como objetos.

Reflexivamente, retoman el movimiento de la conciencia que los constituye sujetos, desbordando la estrechez de las situaciones vividas; resumen el impulso dialéctico de la totalización histórica. Hechos presentes como objetos en el mundo de la conciencia dominadora, no se daban cuenta de que también eran presencia que hace presente un mundo que no es de nadie, porque originalmente es de todos. Restituida en su amplitud, la conciencia se abre para la “práctica de la libertad”: el proceso de “hominización”, desde sus oscuras profundidades, va adquiriendo la traslucidez de un proyecto de humanización. No es crecimiento, es historia: áspero esfuerzo de superación dialéctica de las contradicciones que entretejen el drama existencial de la finitud humana. El Método de Concienciación de Paulo Freire rehace críticamente ese proceso dialéctico de historización. Como todo buen método pedagógico, no pretende ser un método de enseñanza sino de aprendizaje; con él, el hombre no crea su posibilidad de ser libre sino aprende a hacerla efectiva y a ejercerla. La pedagogía acepta la sugerencia de la antropología: se impone pensar y vivir “la educación como práctica de la libertad”.

No fue por casualidad que este método de concienciación se haya originado como método de alfabetización. La cultura letrada no es una invención caprichosa del espíritu; surge en el momento de la cultura, como reflexión de si misma, consigue decirse a sí misma, de manera definida, clara y permanente. La cultura marca la aparición del hombre en el largo proceso de la evolución cósmica. La esencia humana cobra existencia autodescubriéndose como historia. Pero esa conciencia histórica, al objetivarse, se sorprende reflexivamente a sí misma, pasa a decirse, a tornarse conciencia historiadora; y el hombre es conducido a escribir su historia. Alfabetizarse es aprender a leer esa palabra escrita en que la cultura se dice, y diciéndose críticamente, deja de ser repetición intemporal de lo que pasó, para temporalizarse, para concienciar su temporalidad constituyente, que es anuncio y promesa de lo que ha de venir. El destino, críticamente, se recupera como proyecto.

En este sentido, alfabetizarse no es aprender a repetir palabras, sino a decir su palabra, creadora de cultura. La cultura de las letras tiñe de conciencia la cultura; la conciencia historiadora automanifiesta a la conciencia su condición esencial de conciencia histórica. Enseñar a leer las palabras dichas y dictadas es una forma de mistificar las conciencias, despersonalizándolas en la repetición —es la técnica de la propaganda masificadora. Aprender a decir su palabra es toda la pedagogía, y también toda la antropología.

La “hominización” se opera en el momento en que la conciencia gana la dimensión de la trascendentalidad. En ese instante, liberada del medio envolvente, se despega de él, lo enfrenta, en un comportamiento que la constituye como conciencia del mundo. En ese comportamiento, las cosas son objetivadas, esto es, significadas y expresadas —el hombre las dice. La palabra instaura el mundo del hombre La palabra, como comportamiento humano, significante del mundo, no sólo designa a las cosas, las transforma; no es sólo pensamiento, es “praxis”. Así considerada, la semántica es existencia y la palabra viva se plenifica en el trabajo.

Expresarse, expresando el mundo, implica comunicarse. A partir de la intersubjetividad originaria, podríamos decir que la palabra, más que instrumento, es origen de la comunicación. La palabra es esencialmente diálogo. En esta línea de entendimiento, la expresión del mundo se consustancia en elaboración del mundo y la comunicación en colaboración. Y el hombre sólo se expresa convenientemente cuando colabora con todos en la construcción del mundo común; sólo se humaniza en el proceso dialógico de la humanización del mundo. La palabra, por ser lugar de encuentro y de reconocimiento de las conciencias, también lo es de reencuentro y de reconocimiento de sí mismo. Se trata de la palabra personal, creadora, pues la palabra repetida es monólogo de las conciencias que perdieron su identidad, aisladas, inmersas en la multitud anónima y sometidas a un destino que les es impuesto y que no son capaces de superar, con la decisión de un proyecto.

Es verdad: ni la cultura iletrada es la negación del hombre ni la cultura letrada llegó a ser su plenitud. No hay hombre absolutamente inculto: el hombre “se hominiza” expresando y diciendo su mundo. Ahí comienza la historia y la cultura. Más, el primer instante de la palabra es terriblemente perturbador: hace presente el mundo a la conciencia y, al mismo tiempo, lo distancia. El enfrentamiento con el mundo es amenaza y riesgo. El hombre sustituye el envoltorio protector del medio natural por un mundo que lo provoca y desafía. En un comportamiento ambiguo, mientras ensaya el dominio técnico de ese mundo, intenta volver a su seno, sumergirse en él, enredándose en la indistinción entre palabra y cosa. La palabra, primitivamente, es mito.

Dentro del mito, y como condición suya, el “logos” humano va conquistando primacía con la inteligencia de las manos que transforman al mundo. Los comienzos de esa historia aún son mitología: el mito es objetivado por la palabra que lo dice. La narración del mito, entretanto, objetivando el mundo mítico y así entreviendo su contenido racional, acaba por devolver a la conciencia la autonomía de la palabra, distinta de las cosas que ella significa y transforma. En esa ambigüedad con que la conciencia hace su mundo, apartándolo de sí, en el distanciamiento objetivamente que lo hace presente como mundo consciente, la palabra adquiere la autonomía que la hace disponible para ser recreada en la expresión escrita. Aunque no haya sido un producto arbitrario del espíritu inventivo del hombre, la cultura letrada es un epifenómeno de la cultura que, al actualizar su reflexividad virtual, encuentra en la palabra escrita una manera más firme y definida de decirse, esto es, de existenciarse discursivamente en la “praxis” histórica. Podemos concebir la superación de las letras; lo que en todo caso quedará es el sentido profundo que la cultura letrada manifiesta: escribir no es conversar y repetir la palabra dicha, sino decirla con la fuerza reflexiva que a su autonomía le da la fuerza ingénita que la hace instauradora del mundo de la conciencia, creadora de cultura.

Con el método de Paulo Freire, los alfabetizandos parten de algunas pocas palabras, que les sirven para generar su universo vocabular. Pero antes, cobran conciencia del poder creador de esas palabras, pues son ellas quienes gestan su mundo. Son significaciones que se constituyen como historia, de la que los alfabetizandos se perciben sujetos, hasta entonces, tal vez, ignorados por sí mismos, mistificados o masificados por la dominación de las conciencias. Son significaciones que se constituyen en comportamientos suyos; por tanto, significaciones del mundo, pero también suyas. De este modo, al visualizar la palabra escrita, en su ambigua autonomía, ya están conscientes de la dignidad de que ella es portadora. La alfabetización no es un juego de palabras, sino la conciencia reflexiva de la cultura, la reconstrucción crítica del mundo humano, la apertura de nuevos caminos, el proyecto histórico de un mundo común, el coraje de decir su palabra.

La alfabetización, por todo esto, es toda la pedagogía: aprender a leer es aprender a decir su palabra. Y la palabra humana imita a la palabra divina: es creadora.

La palabra se entiende aquí como palabra y acción; no es el término que señala arbitrariamente un pensamiento que, a su vez, discurre separado de la existencia. Es significación producida por la “praxis”, palabra cuya discursividad fluye en la historicidad, palabra viva y dinámica, y no categoría inerte y exánime. Palabra que dice y transforma el mundo.

La palabra viva es diálogo existencial. Expresa y elabora el mundo en comunicación y colaboración. El diálogo auténtico —reconocimiento del otro y reconocimiento de si en el otro— es decisión y compromiso de colaborar en la construcción del mundo común. No hay conciencias vacías; por esto, los hombres no se humanizan sino humanizando el mundo.

En lenguaje directo: los hombres se humanizan, trabajando juntos para hacer del mundo, cada vez más, la mediación de conciencias que cobran existencia común en libertad. A los que construyen juntos el mundo humano compete asumir la responsabilidad de darle dirección. Decir su palabra equivale a asumir conscientemente, como trabajador, la función de su-jeto de su historia, en colaboración con los demás trabajadores: el pueblo.

Al pueblo le cabe decir la palabra de mando en el proceso histórico-cultural. Si la dirección racional de tal proceso ya es política, entonces concienciar es politizar. Y la cultura popular se traduce por política popular; no hay cultura del pueblo sin política del pueblo.

El método de Paulo Freire es, fundamentalmente, un método de cultura popular; da conciencia y politiza. No absorbe lo político en lo pedagógico ni enemista la educación con la política. Las distingue sí, pero en la unidad del mismo movimiento en que el hombre se historiza y busca reencontrarse, esto es, busca ser libre. No tiene la ingenuidad de suponer que la educación, y sólo ella, decidirá los rumbos de la historia, si no tiene, con todo, el coraje suficiente para afirmar que la educación verdadera trae a la conciencia las contradicciones del mundo humano, sean estructurales, supraestructurales o interestructurales, contradicciones que impelen al hombre a ir adelante. Las contradicciones concienciadas no le dan más descanso sino que vuelven insoportable la acomodación. Un método pedagógico de concienciación alcanza las últimas fronteras de lo humano. Y como el hombre siempre las excede, el método también lo acompaña. Es “la educación como práctica de la libertad”.

En un régimen de dominación de conciencias, en que los que más trabajan menos pueden decir su palabra, yen que inmensas multitudes ni siquiera tienen condiciones para trabajar, los dominadores mantienen el monopolio de la palabra, con que mistifican, masifican y dominan. En esa situación, los dominados, para decir su palabra, tienen que luchar para tomarla. Aprender a tomarla de los que la retienen y niegan a los demás, es un difícil pero imprescindible aprendizaje: es “la pedagogía del oprimido”.

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