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domingo, 26 de agosto de 2012

La justicia desde el reconocimiento

Podemos observar, que aun con políticas compensatorias, la Educación, por si misma, no puede desactivar las diferencias de origen social ¿Qué podemos aportar entonces? ¿Qué sentido tiene el “reconocimiento social” en este contexto?



Fruto tanto de que, con la crisis de las políticas socialdemócratas la resdistribución económica no puede proseguir indefinidamente, como –sobre todo– por los nuevos movimientos sociales que introducen otras sensibilidades morales, se está poniendo en primer plano, como dice Honneth, que “el reconocimiento de la dignidad de personas o grupos constituye el elemento esencial de nuestro concepto de justicia […] Nuestra idea de justicia debía de estar mucho más estrechamente ligada a la concepción de cómo y en calidad de qué los individuos se reconocían los unos a los otros”. Honneth, en la tradición neomarxista de la Escuela de Frankfurt, en lugar de vincular la categoría de reconocimiento a las políticas de identidad del multiculturalismo o feminismo, prefiere hacerlo con los movimientos sociales y obreros. Por eso, adquiere plena actualidad en la crisis económica actual, donde un amplio número de personas, a causa del desempleo, como decía Honneth en una entrevista, carecen de “apreciación social” como un tipo de reconocimiento. Sin inserción laboral y empleo, en efecto, la lucha por el reconocimiento no tendrá solución.



En un contexto de política de las identidades, en las últimas décadas, se demanda, pues, otro tipo igualdad: igualdad de reconocimiento o visibilidad (dignidad, cultura, género, raza o etnia). La justicia social viene dada por prácticas y condiciones sociales que posibilitan el reconocimiento mutuo con atención afectiva, igualdad jurídica y estima social. Hay formas de trato socialmente injustas en las que lo que está en juego no es distribución de bienes o derechos, sino ausencia de afectos y cuidado o de estima social, que hurtan la dignidad o el honor. En algunas de las propuestas comunitaristas se introduce incluso un corte con las políticas modernas de igualdad, como se muestra en el debate mantenido entre Taylor y Habermas (Bolívar). La igualdad de oportunidades y de recursos es desplazada por el reconocimiento de las identidades culturales, generado una nueva dimensión del debate político y filosófico. La política de la diferencia, ya sea multicultural o de género, se presenta como otra cara de la política de la igualdad, reclamando la afirmación positiva de las diferencias de los grupos; si la igualdad es un asunto de justicia, el reconocimiento lo es de identidad. La justicia social tiene, pues, dos dimensiones fundamentales e irreductibles: la redistribución y el reconocimiento de las diferencias.



La redistribución y el reconocimiento no son esferas separadas de la justicia, sino perspectivas de análisis interrelacionadas e irreductibles. La primera se centra en la dicotomía igualdad-desigualdad, el reconocimiento en la identidad-diferencia. Mientras las situaciones de justicia redistributiva, según Fraser, tienen que ver con razones socio-económicas, de explotación, marginación o privación; las de reconocimiento tiene que ver con patrones culturales de representación, interpretación y comunicación. Son situaciones que se relacionan con la dominación cultural, no reconocimiento o desprecio. Las injusticias ligadas a la primera (desigualdad económica) se distinguen de las engendradas por las segundas (por ejemplo, ser mujer) y deben ser abordadas por políticas diferenciadas: una política de redistribución para injusticias sociales y una política de reconocimiento para injusticias de origen cultural. En otros casos, se consideran más fundamentales las segundas, que pueden estar en la base de los fracasos escolares, como –por ejemplo– cuando se interpreta que el currículum escolar impone una cultura dominante a minorías étnicas. Con todo habría que tener cuidado en no “naturalizar” el fracaso de los desfavorecidos, cuando debía abordar cómo salir de él, como critica Power.



Además, plantea la necesidad de una “acción afirmativa” o discriminación positiva hacia estos grupos sociales, justamente para lograr una igualdad de oportunidades, compensando la historia de discriminación que han sufrido en razón de su raza, cultura o género. Honneth ha defendido que el reconocimiento es la categoría moral esencial, mientras que la distribución de bienes es una categoría derivada. Esto llevaría, como le ha criticado Fraser, a psicologizar el problema de la justicia, para reducirlo a un asunto de realización personal. En cualquier caso, pienso, que el reconocimiento identitario tiene que integrarse en el marco más amplio de la justicia social y democrática. Frente a una discutible antítesis de la política del reconocimiento frente a la igualdad defiende la posición “bidimensional” de la justicia que englobe ambas dimensiones sin reducir una a la otra. Se propone:

desarrollar una teoría crítica del reconocimiento, que defienda únicamente aquellas versiones de la política cultural de la diferencia que pueden combinarse coherentemente con la política social de la igualdad. La justicia hoy en día requiere, a la vez, la redistribución y el reconocimiento, [pues] sólo al integrar el reconocimiento y la redistribución podemos encontrar un marco teórico adecuado a las exigencias de nuestro tiempo. […] Sin embargo requieren dos clases de soluciones distintas. La solución para la injusticia económica es algún tipo de reestructuración político-social (redistribución. La solución para la injusticia cultural, por el contrario, es algún tipo de cambio cultural o simbólico (reconocimiento).

 
La disociación de ambas políticas (y tipos de justicia) ha provocado un distanciamiento evidente de la política cultural con respecto a la social y de la política de la diferencia respecto de la política de la igualdad (Fraser y Honneth, 2005). Clases explotadas y sexualidades despreciadas demandan justicia, pero una injusticia de tipo cultural no se soluciona, por ejemplo, con soluciones redistributivas. La explotación económica requiere soluciones redistributivas, mientras que las demandas de identidad o de estatus de grupo de minorías étnicas o gays, exige políticas de reconocimiento, aún cuando alguno de estos grupos (p.e. la desigualdad derivada del género) conlleve también injusticias de origen socioeconómico. A nivel conceptual, como ha tratado Nancy Fraser, la integración en un paradigma global de justicia, a estas alturas, no es tarea sencilla: una concepción de justicia que acoja, indistintamente, tanto las reivindicaciones defendibles de la igualdad social como del reconocimiento de la diferencia. A estas dos dimensiones (redistribución en la esfera económica, reconocimiento en el ámbito socio-cultural) ha añadido en sus últimos trabajos sobre escalas de justicia (Fraser) la representación en lo político, con la paridad participativa, abogando –entonces– por una tridimensionalidad de la justicia. Su reivindicación y lucha por la igualdad puede llevar acciones afirmativas (reconocimiento, tratamiento igualitario) o transformadoras (transformación de la estructura político-económica). De este modo, como analizan Murillo y Hernández, tres grandes concepciones de Justicia social conviven en la actualidad: como distribución, reconocimiento y, en tercer lugar, de representación (inclusión o participación). Las tres son relevantes, particularmente, como ha acentuado Fraser, la última, pues “no hay redistribución ni reconocimiento sin representación”. La justicia requiere consensos sociales para que todos puedan participar como iguales en la vida social.



De modo paralelo se ha producido uno de los debates más interesantes entre el reconocimiento de las diferencias (el filósofo quebequés Charles Taylor) y los derechos comunes de la ciudadanía (Jürgen Habermas). En lugar de la “política de igualdad” moderna que, según Taylor, ha silenciado y subordinado a las minorías culturales, una política de la diferencia defiende el reconocimiento diferenciado del valor de las culturas minoritarias, más allá de la no discriminación. Representando la posición ilustrada moderna, Habermas mantiene una política de igualdad de todos individuos pertenecientes a diversas culturas. De este modo, el reconocimiento cultural de las minorías y su integración e igualdad en cuanto ciudadanos en un sistema político que reconoce y protege la pluralidad, motivan dos tipos de política: igualdad vs. diferencia. De acuerdo con la mejor tradición moderna, no se debiera abdicar de defender unos valores comunes a la condición humana, con independencia de las minorías, grupos culturales o religiosos a los que pertenezcan los individuos; pues han sido la base de los derechos humanos y, por tanto, del reconocimiento de su condición igualitaria. Pero, también es verdad que, bajo dicho supuesto formal, la pertenencia a grupos (justamente lo que marca su diferencia) se ha considerado algo marginal, anulando sus identidades culturales o asimilando sus particulares modos de vida. Esto conduce a conjugar el derecho de los individuos y grupos a la diferencia y el principio básico e irreductible de la igualdad de todos ante la ley.







Extraído de
Justicia social y equidad escolar. Una revisión actual
Antonio Bolívar
REVISTA INTERNACIONAL DE EDUCACIÓN PARA LA JUSTICIA SOCIAL
VOLUMEN 1, NÚMERO 1
Justicia social y equidad escolar. Una revisión actual, 2012, pp. 9-45
http://www.rinace.net/riejs/numeros/vol1-num1/art1.pdf

martes, 22 de septiembre de 2009

Cómo saber si una persona está alfabetizada

A menudo me enfrento a esta pregunta: ¿Como saber si una persona esta alfabetizada? ¡Es la del millón!.

La mayoría de programas resuelven ambas preguntas estadísticamente. Cuántas personas analfabetas mayores de 15 años hay en el país (todavía se hace esta estimación en base a la autodeclaración de las personas, a través de censos de población u otros, no a través de una verificación efectiva de competencias) ; cuántas se inscribieron en el último y/o en los sucesivos programas o campañas de alfabetización; la diferencia entre una y otra cifra se asume como el resultado: cuántos se alfabetizaron, cuántos restan por alfabetizarse, qué tasa de analfabetismo tiene el país. (Dicho sea de paso, los especialistas en el tema hemos buscado durante años la cita que se atribuye a la UNESCO, según la cual un porcentaje menor a 4% de analfabetismo equivaldría a - técnicamente- "libre de analfabetismo" y nunca la hemos encontrado. Los propios técnicos de la UNESCO no saben de dónde proviene originalmente esa afirmación, que se ha corrido de boca en boca por décadas! Si alguien encuentra la fuente, que por favor la circule!).

En realidad, el asunto es a la vez más complicado y más simple. La mejor manera de determinar si una persona o un grupo de personas aprendió o no a leer y escribir es sacar a las personas de la clase y pedirles que lean lo que hay para leer allí afuera, en la vida real, en el hogar, en el barrio, en la comunidad, en el mercado, en la plaza: carteles, anuncios, pintas en las paredes, signos de tránsito, menús, hojas volantes, rótulos de los buses, propaganda política, etc. Incluso en zonas rurales, donde hay poco o nada para leer, a menudo puede encontrarse algún calendario o afiche como material de lectura, un periódico viejo convertido en envoltorio, marcas e instrucciones de productos en cajas y frascos, cuadernos y textos escolares, materiales de difusión en el centro local de salud, etc, etc.

Esto es lo que vengo haciendo yo a menudo, cuando visito centros escolares o centros de alfabetización de adultos en diferentes países, o cuando me encuentro con personas dadas por "alfabetizadas" en campañas y programas. Puedo decirles que rara vez esas personas están en capacidad de leer materiales de la vida real. Fuera de la cartilla o el video - y, en el caso de niños y niñas, fuera del texto escolar - se sienten generalmente perdidos, adivinando y descifrando, no leyendo. A menudo también encuentro que quienes pueden leer esos materiales de la vida real, son personas con algunos años de escolarización, inscritas en los centros de alfabetización a falta de otra oferta educativa ajustada a sus necesidades o, simplemente, a fin de llenar el número necesario.

Quien no es capaz de leer materiales de la vida real, por lo general tampoco está en capacidad de escribirlos. Manejar la escritura es bastante más complejo que manejar la lectura. Dibujar el nombre, copiar palabras o frases, o escribir alguna frase sencilla bajo dictado, está muy lejos de lo que implica escribir - con fines de expresión y comunicación - en la vida real. Pidamos a cada persona que haga un pequeño listado de cosas que le importan (lo que compra en el mercado, los ingredientes que necesita para hacer un determinado plato, los muebles que tiene en su casa, los nombres y fechas de nacimiento de sus hijos, los nombres de sus artistas o deportistas preferidos, etc., etc.) y veremos si saben o no escribir, haciendo uso efectivo, personal y social, de la escritura.

Después de este sencillo "test de realidad", hablo con los alfabetizadores, los educandos, las autoridades o quienes me acompañan en la visita, y les recomiendo continuar el programa hasta que las personas estén realmente habilitadas para leer y escribir con autonomía fuera del aula y del material programado. De otro modo, el esfuerzo de alfabetización no pasa de ser una ilusión, un conteo estéril de estadísticas y tasas que suben el ranking del país pero dejan a la gente frustrada y a medio camino, sin herramientas realmente útiles para mejorar su vida a partir de la lectura y la escritura.

Autora:
Rosa María Torres
Lingüista, pedagoga y activista social con vasta experiencia en las áreas de la enseñanza, la investigación y la asesoría. Actualmente trabaja desde su propio instituto - http://www.fronesis.org y es Secretaria Regional para América Latina y el Caribe de la World Culture Open (WCO).
En Ecuador, fue Directora Pedagógica de la Campaña Nacional de Alfabetización “Monseñor Leonidas Proaño” (1988-2000) y Ministra de Educación y Cultura (2003), designada por el Movimiento Plurinacional Pachakutik. En Nicaragua (1981-1986) trabajó como consejera en el Viceministerio de Educación de Adultos y luego como coordinadora del Proyecto Regional de Educación Popular y Comunicación en la Coordinadora Regional de Investigaciones Económicas y Sociales (CRIES). Después de la Conferencia Mundial sobre Educación para Todos (1990), pasó a trabajar en UNICEF-Nueva York como Asesora Principal de Educación y editora de UNICEF’s Education News (1991-1996). Fue Directora del Programa para América Latina y el Caribe en la Fundación W.K. Kellogg (1996-98), donde desarrolló la Iniciativa de Educación Básica “Comunidad de Aprendizaje”, que llevó y continuó en IIPE-Unesco Buenos Aires (1998-2000).
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