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lunes, 4 de enero de 2021

2021

 Muchas incertidumbres se ciernen sobre el 2021. La covid-19 se ha añadido a la crisis estructural cuyos efectos se han expresado con fuerza los últimos años y ha sido un catalizador de las inmensas desigualdades generadas por el neoliberalismo.

 


Algunos navegan con el solo deseo de volver a lo que éramos antes de la pandemia y otros viven con la conciencia que nada será igual bajo el cielo. La boda que se realizó el pasado viernes en el Country Club, con cientos de invitados a pesar de la situación que atraviesan el país y el mundo, deja entrever que habrá ciertamente varias normalidades para el 2021.

 

Resulta difícil proteger la salud de la población, mantener actividades gubernamentales y empresariales, vender la idea de normalidad para no asustar los turistas y los inversores, tomar como norte que las cosas van bien y exigir que la población acate al unísono medidas restrictivas.

Nada será igual, por el mero hecho que en poco menos de un año más de 1 millón 690 mil personas perdieron la batalla contra la covid-19 a nivel planetario; nada será igual porque durante el primer pico de la pandemia miles de personas de todas edades murieron solas sin el acompañamiento de sus seres queridos y en algunos países hasta las enterraron en fosas comunes.

 

Estos acontecimientos extremos quedarán para siempre presente para muchos, más aún por los que han sido confrontados a formas brutales de la enfermedad y al duelo de amigos o familiares.

En 2021, numerosos cambios que hemos visto instalarse en casi todos los aspectos de nuestras vidas se quedarán, para bien o para mal.

 

Están también por verse las transformaciones que tendremos que implementar para evitar que nuestro planeta sucumba al cambio climático y a la pérdida de la biodiversidad como resultado de la actividad humana sin control.

 

El desafío global que surge a raíz de la pandemia no es menor al que se presentó al final de la Segunda Guerra Mundial y pone en entredicho la gran paradoja de la globalización que permitió la propagación rápida de la enfermedad gracias a la movilidad acelerada de las personas y de las mercancías en las últimas décadas, fenómeno que se tradujo en beneficios económicos sin precedentes.

 

Al favorecer la expansión e intensificación de la agricultura y el comercio, la producción y el consumo insostenible y loscambios de uso del suelo, un capitalismo despiadado generó y seguirá generando nuevos riesgosa través de sus impactos en el medio ambiente.

 

Así sucede en el Brasil del presidente Bolsonaro, que al igual que algunos otros líderes mundiales, se ha burlado del cambio climático y de los peligros del coronavirus.

 

Por cansancio, desconocimiento o ideología muchos surfean ahora mismo con los riesgos, mientras otros mantienen el aislamiento social a cabalidad o llevan el luto de los desaparecidos.

Se ha desvelado en muchos países una desconfianza y un cuestionamiento a las medidas tomadas por las autoridades como la obligatoriedad de las mascarillas.

 

Muchas incertidumbres se ciernen sobre el 2021. La covid-19 se ha añadido a la crisis estructural cuyos efectos se han expresado con fuerza los últimos años y ha sido un catalizador de las inmensas desigualdades generadas por el neo liberalismo.

 

“Nueva normalidad” es un eufemismo para una pérdida de lo bueno que podía tener la normalidad anterior, y nos trae su nuevo trabajo, su nueva educación, que en muchos casos puede suponer un deterioro, tangible y cotidiano de las condiciones de viday de los derechos humanos.

 

Apenassalidas las primeras vacunas que se aplicarán masivamente durante 2021, crecen los movimientos anti vacunas y las dudas sobre los riesgos imaginarios o reales que representan las diferentes técnicas utilizadas.

 

Este mismo fin de semana se anunció una mutación del virus que acaba de provocar una nueva cuarentana en el Reino Unido y el cierre de los vuelos desde y hacia ese país.

Así termina 2020 y comienza 2021.

 

 

 

Por: Elisabeth De Puig 

Fuente: https://acento.com.do/opinion/2021-2-8895011.html

 

martes, 10 de noviembre de 2020

CORONAVIRUS: 6 EFECTOS DE LA “CATÁSTROFE GENERACIONAL”

CORONAVIRUS: 6 EFECTOS DE LA “CATÁSTROFE GENERACIONAL” EN LA EDUCACIÓN EN AMÉRICA LATINA PROVOCADA POR LA COVID-19 (Y 3 PLANES DE EMERGENCIA PARA AYUDAR A MITIGAR LA CRISIS)

Es tan alto el riesgo de contagio al reabrir las escuelas, que en muchos países de América Latina y otras partes del mundo, el sistema educativo tuvo que moverse de la noche a la mañana hacia las clases virtuales.

 


Pero en las zonas rurales más apartadas o los barrios vulnerables con poca conectividad, las clases online son prácticamente imposibles.

 

Es ahí, en medio de la emergencia, cuando los maestros reparten guías de trabajo puerta a puerta o dejan los deberes a través de una llamada telefónica.

 

Sin embargo, hay zonas donde la covid-19 se ha propagado con tanta fuerza que ni siquiera los profesores pueden acercarse a las casas. Y como muchas familias que viven en el campo no tienen teléfono, se ha perdido el contacto.

 

Una de las cosas que más le preocupa es la incertidumbre sobre el futuro de los estudiantes y la imposibilidad de llegar a ellos.

 

“Donde viven mis alumnos no hay señal de internet”, cuenta León, quien solía caminar durante horas para llevar material educativo casa por casa, algo que ya no puede hacer.

Primero porque en su distrito se han disparado los contagios. Y segundo, porque el gobierno de Bolivia anunció en agosto el cierre anticipado del año escolar, por la falta de condiciones para garantizar el acceso a la educación virtual.

 

Como resultado, los alumnos fueron promovidos automáticamente al curso siguiente, con un vacío de conocimiento que probablemente será difícil de recuperar.

 

En América Latina la pandemia de coronavirus provocó el cierre temporal de miles de colegios, afectando a 160 millones de estudiantes, según estimaciones de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco).

 

Pero mientras eso no ocurra, la región está expuesta a “enfrentar una catástrofe generacional” en educación, advierte.

 

De hecho, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), calcula que cerca del 20% de la población latinoamericana no tiene acceso adecuado a internet móvil.

 

Y si no están conectados, la posibilidad de que las familias con hijos sigan las clases, es bastante baja.

Estos son seis efectos que ha provocado la pandemia a nivel educacional:

 

1. Interrupción del aprendizaje

El efecto más evidente del cierre de escuelas es la interrupción del aprendizaje. Aunque es un problema en todos los niveles educacionales, quienes más lo sufren son los pequeños que están iniciando el ciclo escolar y aquellos a punto de egresar.

Los más pequeños porque, si no adquieren las destrezas básicas como leer y escribir o sumar y restar, se enfrentan a un déficit esencial para avanzar hacia los cursos superiores.

Y los más grandes porque se hacen más difíciles sus perspectivas de ingreso a la educación superior o al mundo laboral.

 

2. Falta de alimentación

Gran parte de las escuelas públicas en Latinoamérica reparten alimentación gratuita a los niños que no tienen los recursos económicos para financiar el desayuno y el almuerzo.

 

3. Familias sin preparación para enseñar

Ya sea que los niños se conecten virtualmente o que reciban guías de trabajo en papel, muchos padres no están preparados para responder preguntas y para asistir todo el proceso de enseñanza.

Las familias han tenido que adaptarse a las duras condiciones que imponen los confinamientos y en muchas ocasiones no tienen los conocimientos necesarios para apoyar a los estudiantes de primaria.

Durante la pandemia les ha caído esta gran responsabilidad que habitualmente se suma a las responsabilidades laborales.

 

4. Desigualdad en el acceso a las clases digitales

En muchas zonas de la región no hay señal de internet y la posibilidad de que algún día llegue es bastante remota.

Hay países en África donde empresas como Google han invertido en planes piloto como el envío de señal a través de globos aerostáticos, pero son iniciativas muy complejas de replicar a una escala más masiva, como le explica a BBC Mundo Valtencir Mendes, especialista en programas de educación e innovación de la Unesco.

Cerca del 20% de la población latinoamericana no tiene acceso adecuado a internet móvil. También hay casas donde sí tienen acceso a internet -a través de la compra de minutos de conexión- pero es un acceso limitado.

Los expertos coinciden en que, si bien la brecha digital siempre ha existido, la pandemia ha puesto en evidencia las huellas que deja la desigualdad en el acceso tecnológico.

 

5. Aumento del abandono escolar

Aunque aún no hay cifras sobre el abandono escolar en Latinoamérica durante la pandemia, fuentes consultadas por BBC Mundo en escuelas y organizaciones que trabajan en barrios pobres o zonas alejadas, dicen que hay estudiantes que abandonaron las clases en los últimos meses a raíz de la pandemia.

Aún no hay estadísticas regionales, pero los expertos estiman que durante la pandemia aumentará la tasa de abandono escolar.

“El mayor problema es que algunos de esos estudiantes no van a regresar”, dice Uribe, porque algunos se integran directamente al mercado laboral o las niñas se quedan en la casa ayudando a cuidar a los familiares que necesitan asistencia.

 

6. Violencia doméstica y embarazos prematuros

“Esta crisis ha afectado más a las niñas”, comenta Mendes, porque al permanecer en la casa quedan expuestas a situaciones de abusos o porque simplemente quedan relegadas a las labores del hogar.

La cara más dramática de esta situación es que han aumentado los embarazos prematuros y en algunos países, los matrimonios forzados.

“La mayoría de esas niñas no va a volver al sistema educativo”, agrega, y su vida cambiará para siempre.

 

Dado que el cierre de escuelas es una situación tan grave, han surgido algunas iniciativas de emergencia que tratan de mitigar en parte los efectos del cierre de las escuelas por parte de gobiernos, empresas o la propia comunidad.

 

1. Un modelo “modelo híbrido” durante la pandemia

En muchos países de la región, incluidos Brasil y México, los gobiernos centrales y locales han puesto en marcha programas de educación a través de la televisión y la radio, pensando precisamente en las familias sin acceso a internet.

Sin embargo, expertos como Mendes de la Unesco, aseguran que los estudios han demostrado que las clases por televisión son una buena opción si van acompañadas de material impreso, tutorías por teléfono, o algún tipo de seguimiento a los alumnos.

Si son clases por televisión sin ningún otro complemento, no generan buenos resultados.

“Los más efectivos son los modelos híbridos”, plantea Mendes, y cita como ejemplo el plan que se está implementando en Sao Paulo, Brasil, donde combinan clases por televisión, recursos online y contenidos en papel.

Las clases en Sao Paulo se interrumpieron a mediados de marzo con el cierre de 5.400 escuelas y en septiembre han comenzado a reabrir sus puertas solo algunos establecimientos.

“Creamos una aplicación para celulares, negociada con operadores telefónicos, para ofrecer internet gratuito a los estudiantes más pobres y transmitimos clases en dos canales de televisión”, le explica a BBC Mundo Rossieli Soares da Silva , secretario de Educación del estado de Sao Paulo.

Y en México, desde fines de agosto los estudiantes comenzaron a tener clases por televisión tras un acuerdo del gobierno con las televisoras para impartir contenidos a distancia, dado que solo el 56% de los hogares tiene acceso a internet, según cifras oficiales.

Las autoridades esperan producir 4.550 programas de televisión y 640 de radio en español y en lenguas indígenas.

Sin embargo, sindicatos de maestros han expresado reparos ante la iniciativa, argumentando que el aprendizaje no funciona con la observación de contenidos informativos, sino a través de la interacción con los alumnos.

 

2. Participación de empresas

Las alianzas entre empresas y gobiernos u organismos internacionales son uno de los caminos más utilizados para aumentar la conectividad. Este año, con la urgencia impuesta por la pandemia, surgieron nuevos proyectos o se expandieron aquellos que ya existían.

Por ejemplo, en Argentina, la empresa Telefónica hizo un acuerdo con el gobierno para dar acceso gratuito a sitios educativos de internet durante la pandemia a familias que no pueden pagar el servicio.

Y en Perú, la misma empresa junto a Facebook, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y el Banco de Desarrollo de América Latina (CAF), crearon “Internet para Todos”, una firma que ofrece servicios a los operadores móviles locales para llegar a zonas remotas.

A escala más pequeña, hay organizaciones que reparten chips, celulares, paquetes con gigas y minutos de conexión, computadores y cualquier herramienta que ayude a mejorar el acceso a internet.

Y en las actuales circunstancias, en aquellas zonas donde las familias no tienen ninguna posibilidad de conectarse, hay organizaciones que reparten tinta para las impresoras en colegios, con el fin de que los padres lleven los deberes en papel a la casa.

También hay iniciativas para entrenar a los maestros en habilidades digitales básicas. Es el caso de Unicef y la empresa Tigo-Millicom que han entrenado a cerca de 130.000 docentes en Bolivia y Paraguay.

O lo que está haciendo Technovation Chile, con apoyo de la empresa telefónica Wom y otros fondos internacionales, al distribuir contenidos digitales -que también se pueden descargar e imprimir en papel- en colegios que entregan canastas de alimentos a sus alumnos.

 

3. Héroes anónimos de las propias comunidades

Aunque existen iniciativas del sector público y privado, lo cierto es que Latinoamérica está lleno de lugares donde los niños quedaron completamente excluidos del sistema escolar.

Mientras sigue propagándose la covid-19, hay ocasiones en que la única alternativa es la ayuda de los vecinos.

Vecinos que se consiguen fotocopiadoras para compartir las lecciones, que hacen turnos para compartir los computadores o que se prestan internet.

Incluso hay personas que ayudan a los estudiantes desde su lugar de trabajo.

Eso hace Dalia Dávila, una mexicana de Tlalpan, que comparte el internet de su negocio, “Tortillerías La Abuela”, con los niños del barrio y les facilita un computador portátil, un celular y un televisor.

Para que no estuvieran sentados en el suelo, Dávila convirtió la cajuela de una camioneta en un lugar de aprendizaje. Y lo llamó “El rinconcito de la esperanza”.

Tanto éxito tuvo su iniciativa, que llegaron personas a ofrecer ayuda económica a través de un “apadrinamiento” a los niños y maestros voluntarios que refuerzan los contenidos que se transmiten por televisión.

“Me conseguí otros lugares cercanos a la tortillería donde los niños siguen aprendiendo”, le dice a BBC Mundo. Ahora tengo entre 50 y 60 niños que vienen a buscar ayuda.

“Estoy muy feliz“, dice emocionada. “Quisiera que todos los niños pudieran estudiar”.

 

 

 

 

Por BBC

Fuente: https://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-54097136

lunes, 13 de julio de 2020

Una educación humana, pese al coronavirus

La pandemia de covid-19 encontró a los sistemas educativos latinoamericanos heridos o mortalmente dañados. Las políticas de privatización del mercado educativo habían actuado a fondo en la mayor parte de América Latina. 

Argentina y México conservaban la integridad de sus sistemas, en gran medida por la lucha de los docentes, y de las acciones de los gobiernos de Alberto Fernández y Andrés M. López Obrador. En tanto, la desigualdad del cumplimiento del derecho a la educación se verificaba entre todos los países, en el interior de cada uno de ellos, con especial acento en las zonas rurales, las periferias pobres de las grandes ciudades, las comunidades aborígenes, los grupos necesitados de una educación especial. No obstante, las prospectivas mostraban una tendencia a la universalización de la educación primaria y secundaria en pocas décadas (aunque relativa a las políticas educativas y socio económicas). Al mismo tiempo, se verificaba un voraz avance del mercado de la educación sobre la educación pública, a la vez que lentitud por parte de esta última para apropiarse de las nuevas tecnologías.

El coronavirus cayó de manera inesperada sobre una educación que no había incluido entre sus prioridades a la educación ambiental, como que el problema del medio ambiente no había sido asumido plenamente por las sociedades. La pandemia afectó la vida de las personas. Las tres instituciones principales que las cobijaban y constituían, la familia, el trabajo y la escuela, habían tardado tres siglos en diferenciarse y repentinamente se vieron superpuestas, confundidas. Los avances de las formas de trabajo individualizado y a destajo, y la educación en el aislamiento, se acentuaron por urgencias sanitarias. Las personas se comprendieron como objetos indefensos de la globalización. El grupo etario que probablemente resulta más afectado en su educación, el adolescente, estaba buscando caminos de libertad, cuando advirtió que su supervivencia dependía del aislamiento dentro de su familia. 

Lo podemos tomar como ejemplo de trastornos en el orden afectivo, en las nociones espacio-temporales, en los vínculos del propio cuerpo con el entorno. Una elemental asociación nos remite a la teoría higienista que influyó notablemente en los años de construcción de nuestro sistema escolar, desde fines del Siglo XIX, y cuyas huellas persisten: tomar distancia en las filas escolares y los guardapolvos blancos, por ejemplo. Pero hay al menos una diferencia esencial: el higienismo colaboró con la homogeneización de los alumnos y la enseñanza, excluyendo toda diferencia. Instaló el temor al otro. 

En cambio, hoy la política educativa del gobierno nacional y las jurisdicciones es consciente de la necesidad de prevenir nuevas formas de discriminación que puede producir el distinto acceso a las enseñanzas que distribuyen por distintos medios (portales, TV, radio, cuadernillos, libros), así como de la complejidad de las formas de reagrupamiento escolar que deberán producirse preventivamente cuando se retome la presencialidad. Siendo la igualdad del derecho a la educación nuestro Norte, no solamente podremos retomar el camino de la universalización de la educación, sino producir cambios en lo que se enseña y aprende y en la organización de las instituciones educativas, así como avanzar en una relación entre la educación virtual y la presencial que asegure la centralidad de esta última. O sea, resguardar el vínculo humano, intrínseco a la educación.




Por Adriana Puiggrós
La autora es pedagoga.
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miércoles, 8 de julio de 2020

Viva la muerte o mejor no

Que viva la muerte fue la frase que el fascista José Millán de Astray, jefe de propaganda de Francisco Franco, le gritó en la cara a Miguel de Unamuno en la Universidad de Salamanca el 12 de octubre de 1936 cuando el escritor se atrevió a decirle a los partidarios del ejército franquista que ellos habían podido vencer fusilando y matando a quienes querían una sociedad no oscurantista, pero no convencerían jamás.


Esa estirpe fascista que vivó el bombardeo de Guernica, que aplaudió a la aviación de Hitler cuando despanzurró mujeres, niños y ancianos desarmados, no se terminó con la derrota del fascismo o nazismo. Mutó en otras guerras y, nosotros lo sabemos, en otros campos de concentración pero de las dictaduras latinoamericanas. Mutó sin ser explícita en los asesinatos en masa de las guerras imperialistas, o en los de los militares que la aplicaron en nuestro país y en los civiles que la impulsaron y lucraron en silencio. Mutó en los funcionarios que delinquen y que dejan sin agua a las barriadas populares o endeudan un país por generaciones, aunque no se animen a verbalizarla.

Esa frase: que viva la muerte, vive mutando. Como el coronavirus, muta, por la espina dorsal de las miserias humanas. Deja sin aire, como el coronavirus, a la humanidad. Y cobra fuerza en líderes políticos como el sociópata Mister Trump- dijo Noam Chomsky- y el psicópata Jair Bolsonaro, y llena de oprobio a la literatura y la cultura, con el estilo del propagandista de la desigualdad y la furia, Mario Vargas Llosa. Sí: esa consigna de miedo infesta mentes, corazones, carga un odio punzante como las estrías del Covid-19. La carta que un grupo de autoproclamados “defensores de la democracia”, intelectuales- el sociólogo Juan José Sebrelli y el jurista Daniel Sabsay, por ejemplo- el negacionista del terrorismo de Estado Darío Lopérfido, los actores- Oscar Martínez y Luis Brandoni-, el filósofo Santiago Kovadloff- que escribió discursos encendidos de defensa de la SRA hasta 2015 cuando intentó parecerse a Leopoldo Lugones en sus años de odas a los ganados y las mieses, a la llegada de “la hora de la espada”- llamaron “infectadura” a la defensa planificada de la cuarentena.

Llaman así a los esfuerzos denodados que hace un gobierno democrático por salvar de la peste y de la muerte a miles de argentinos, los más pobres, los más débiles, especialmente en CABA y Buenos Aires, mientras trata de sostenerlos con medidas económicas y el restablecimiento del sistema de salud, depredado por la derecha que expresó el gran fisgón de la historia nacional (es delito espiar a los opositores). Ellos apoyaron y festejaron un gobierno que fugó 86 mil millones de dólares y embargó el futuro de varias generaciones de argentinos. 

A un gobierno que en cuatro años saqueó la Argentina. Y quieren seguir haciéndolo y por eso apuestan al caos anticuarentena, a las fosas comunes al por mayor. Estos seres que confunden defensa de la vida con “dictadura”, que confunden cuarentena con la insólita imagen de un campo de concentración nazi, son seres pequeños que no se pasean entre los pequeños grupos desaforados que vociferan por una libertad, la de morir y contagiar a los que más puedan para que también se mueran o, delirantemente, se inmunicen.

La degradación del pensamiento y la actuación de estos personajes integrarán el catálogo de las historias más desgraciadas de nuestro país. Dicen que quieren libertad. Que nadie les diga qué hacer. No quieren la cuarentena, son anti. Pero lo inconfesable es su ira: no quieren que Alberto Fernández y CFK estén en el gobierno. Se podría respetar que incentiven la rebelión si, acaso, en vez de hacer la gran Benito Mussolini- al que los italianos hartos de la guerra le atribuían decir “Armiamoci e partite” (armémonos y vayan)- fueran capaces de ponerse al frente del grupo que clama en el Obelisco o en tigrenses caravanas de autos de los barrios cerrados por la libertad de contagiarse y contagiar y enfermarse y posiblemente morir. Sería un ejemplo de su civilidad verlos encabezar esas marchas. Participar cuerpo a cuerpo. Sin tapabocas. Salpicándose la cara en cada grito anticuarentena con quienes comparten sus ideas. Con los pobres y desempleados que vociferan contra el Estado que aún no llegó a auxiliarlos pero piden a gritos por él.

Sería bueno verlos mezclarse con ellos. Sería bueno verlos asistir a miles de chicos de las villas y barrios vulnerados donde el virus está de fiesta. Pero no. Mejor que jamás les toque llegar al respirador y un médico deba elegir si los salvan o no, porque lo que ellos proponen llena de enfermos el sistema sanitario que dejó en quiebra su líder, Macri, y no puede contenerlos. No. Mejor que no. Mejor que publiquen solicitadas. Mejor que se queden en casa. 




Por María Seoane
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martes, 7 de abril de 2020

CORONAVIRUS: UN DETONADOR DE LA CRISIS POTENCIADO POR EL LUCRO


Por: Claudio Katz
Muchos sugieren que el desempeño aceptable de la economía fue abruptamente alterado por el coronavirus. También estiman que la pandemia puede provocar el reinicio de un colapso semejante al 2008. Pero en esa oportunidad fue inmediatamente visible la culpabilidad de los banqueros, la codicia de los especuladores y los efectos de la desregulación neoliberal. Ahora sólo se discute el origen y las consecuencias de un virus, como si economía fuera otro paciente afectado por el terremoto sanitario.

En realidad, el coronavirus detonó las fuertes tensiones previas de los mercados y los enormes desequilibrios que acumula el capitalismo contemporáneo. Acentuó una desaceleración de la economía que ya había debilitado a Europa y jaqueaba a Estados Unidos.
 El divorcio entre esa retracción y la continuada euforia de las Bolsas anticipaba el estallido de la típica burbuja, que periódicamente infla y pincha Wall Street. El coronavirus ha precipitado ese desplome, que no obedece a ninguna convalecencia imprevista. Sólo repite la conocida patología de la financiarización.
 A diferencia del 2008, la nueva la burbuja no se localiza en el endeudamiento de las familias o en la fragilidad de los bancos. Se concentra en los pasivos de las grandes empresas (deuda corporativa) y en las obligaciones de muchos estados (deuda soberana). Además, hay serias sospechas sobre la salud de los fondos de inversión, que aumentaron su preponderancia en la compra-venta de bonos.
La economía capitalista genera esos temblores y ninguna vacuna puede atemperar las convulsiones que desata la ambición por el lucro. Pero la miseria, el desempleo y los sufrimientos populares que provocan esos terremotos han quedado ahora diluidos por el terror que suscita la pandemia.
También la caída del precio del petróleo antecedió al tsunami sanitario. Dos grandes productores (Rusia y Arabia Saudita) y un jugador de peso (Estados Unidos), disputan la fijación del precio de referencia del combustible. Esa rivalidad quebrantó el organismo que contenía la desvalorización del crudo (OPEP más 10).
La sobreproducción que precipita ese abaratamiento del petróleo es otro desequilibrio subyacente. El excedente de mercancías -que se extiende a los insumos y las materias primas- es la causa de la gran batalla que enfrenta a Estados Unidos con China.
Los dos principales determinantes de la crisis actual -financiarización y sobreproducción- afectan a todas las firmas, que empapelaron con títulos los mercados o se endeudaron, para gestionar los excedentes invendibles. El coronavirus es totalmente ajeno a esos desequilibrios, pero su aparición encendió la mecha de un arsenal saturado de mercancías y dinero.
Varios especialistas han destacado también cómo las transformaciones capitalistas de las últimas cuatro décadas inciden sobre la magnitud de la pandemia. Observan que las contaminaciones anteriores- separadas por lapsos prolongados- irrumpen ahora con mayor frecuencia. Ocurrió con el SARS (2002-03), la gripe porcina H1N1 (2009), el MERS (2012), el Ébola (2014-16), el zika (2015) y el dengue (2016).
Es muy visible la conexión de esos brotes con la urbanización. El hacinamiento de la población y su forzada proximidad multiplica la diseminación de los gérmenes. También resulta evidente el efecto de la globalización, que incrementó en forma exponencial el número de viajeros y la consiguiente expansión de los contagios a todos los rincones del planeta. La forma en que el coronavirus ha provocado en pocas semanas el colapso de la aviación, el turismo y los cruceros es un contundente retrato de ese impacto.
El capitalismo ha globalizado en forma vertiginosa muchas actividades lucrativas, sin extender esa remodelación de las fronteras al sistema sanitario. Al contrario, con las privatizaciones y los ajustes fiscales se afianzó la desprotección en todos los países, frente a enfermedades que se mundializan con inusitada velocidad.
 Algunos estudiosos también recuerdan, que luego SARS fueron desechados varios programas de investigación para conocer y prevenir los nuevos virus. Prevalecieron los intereses de los conglomerados farmacéuticos, que priorizan la venta de medicamentos a los enfermos solventes. Un ejemplo patético de esta primacía del lucro se observó en Estados Unidos al comienzo de la pandemia con el cobro del test de detección del coronavirus. Esa ausencia de gratuidad redujo el conocimiento de los casos, en un momento clave para el diagnóstico.
Otros expertos destacan cómo se ha destruido el hábitat de muchas especies silvestres, para forzar la industrialización de actividades agropecuarias. Esa devastación del medio ambiente ha creado las condiciones para la mutación acelerada o la fabricación nuevos virus.
China ha sido un epicentro de esos cambios. En ningún otro país convergió en forma tan vertiginosa la urbanización, con la integración a las cadenas globales de valor y la adopción de nuevas normas de alimentación.
En la crema del establishment el coronavirus ya recreó el mismo temor que invadió a todos los gobiernos, durante el colapso financiero del 2008. Por eso se repiten las conductas y se prioriza el socorro de las grandes empresas. Pero existen muchas dudas sobre la eficacia actual de ese libreto.
Con menores tasas de interés se intenta contrarrestar el desplome del nivel de actividad. Pero el costo del dinero ya se ubica en un piso que torna incierto el efecto reactivador del nuevo abaratamiento. Las mismas incógnitas generan la inyección masiva de dinero y la reducción de impuestos.
El dólar y los bonos del tesoro de Estados Unidos se han convertido nuevamente en el principal refugio de los capitales, que buscan protección frente a la crisis. Pero la primera potencia está comandada en la actualidad por un mandatario brutal, que utilizará esos recursos para el proyecto imperial de restaurar la hegemonía norteamericana.
Por esa razón, a diferencia del 2008 prevalece una total ausencia de coordinación frente al colapso que sobrevuela a la economía. La sintonía que exhibía el G 20 ha sido reemplazada por las decisiones unilaterales que adoptan las potencias. Se ha impuesto un principio defensivo de salvación a costa del vecino.
No sólo Estados Unidos define medidas sin consultar a Europa (suspensión de vuelos), sino que los propios países del viejo continente actúan por su propia cuenta, olvidando la pertenencia a una asociación común. Todas las consecuencias de una globalización de la economía -en el viejo marco de los estados nacionales- afloran en el temblor actual. Nadie sabe cómo lidiará el capitalismo con este escenario.
Las terribles consecuencias de la crisis para la economía latinoamericana están a la vista. El desplome de los precios de las materias primas es complementado por masivas salidas de capital y grandes devaluaciones de la moneda en Brasil, Chile o México. El colapso que padece Argentina comienza a transformarse en un espejo de padecimientos para toda la región.
Es evidente que el coronavirus golpeará a los más empobrecidos y producirá tragedias inimaginables, si llega a los países con sistemas de salud inexistentes, deteriorados o demolidos. Por la elevada contagiosidad de la pandemia y su fuerte impacto sobre las personas mayores, la estructura hospitalaria ya trastabilla en las economías avanzadas.
En el debut del coronavirus se multiplicaron los cuestionamientos al comportamiento de los distintos gobiernos. Hubo fuertes indicios de irresponsabilidad, ocultamiento de datos o demoras en la prevención, para no afectar los negocios. Pero la drástica reacción posterior comienza a aproximarse a un manejo de economía de guerra. En ese viraje ha incidido el contagio sufrido por varios miembros de la élite de ministros, gerentes y figuras del espectáculo.
También los medios de comunicación oscilan entre el ocultamiento de los problemas y el estímulo del terror colectivo. Algunos extreman ese miedo para propagar alegatos racistas, hostilizar a China o denigrar a los inmigrantes. Pero todos achacan al coronavirus la responsabilidad de la crisis, como si el capitalismo fuera ajeno a la convulsión en curso.
Los poderosos buscan chivos expiatorios para exculparse de los dramas que originan, potencian o enmascaran. El coronavirus es el gran peligro del momento, pero el capitalismo es la enfermedad perdurable de la sociedad actual.


Fuente: https://rebelion.org/coronavirus-un-detonador-de-la-crisis-potenciado-por-el-lucro/


jueves, 2 de abril de 2020

ENSEÑAR LA UTOPÍA EN TIEMPOS DE PANDEMIA


Escribo estas letras sin un propósito claro, preciso. No pretendo dar ninguna lección. Seguramente aclararme un poco a mí mismo y ver si con ello busco un punto de encuentro con alguien al otro lado de este confinamiento. Sí, definitivamente, esa es la intención de estas notas. Buscar alguien al final de este túnel hacia el que nos precipitamos, colectiva y, a la vez, solitaria e individualmente. Podríamos decir que estamos también ante un colapso introspectivo. Como en la novela de La Peste de Albert Camus, poco a poco, todo esto nos ha cogido completamente desprevenidos. Hubo quienes se rieron en los primeros días, como en la novela, al ver que el índice de ventas de este libro crecía al calor de las noticias que nos iban llegando sobre la evolución del virus, el cual arroja, igual que en ella, al ser humano frente al absurdo. El mecanismo es similar. Al menos, quienes tuvieron la suerte de poder comprarla durante los primeros días, hoy podrán disfrutar de una buena lectura, que habla del ser y la existencia, del apoyo mutuo y la libertad individual frente a la indiferencia y la autoridad. Bien es cierto que Camus hacía en ella una crítica a la restricción de las libertades en las dictaduras, especialmente a la ocupación nazi de Francia durante la Segunda Guerra Mundial, por lo que la novela continuará siendo útil en los próximos meses. Guárdenla. No se desprendan todavía de sus enseñanzas, todavía no…


Cada uno hoy sabe cómo les sobrevino esta plaga. En mi caso, me encontraba explicando en un Instituto de la provincia de Ávila a mis alumnos y a mis alumnas de 2º de la ESO el Humanismo. ¿No les parece una buena paradoja? Una de las actividades que había programado consistía en explicar el origen etimológico de la palabra Utopía, a partir de la obra de Tomás Moro, la cual les he recomendado como lectura voluntaria para estos días. Muchas personas ya sabrán que la etimología de este concepto alberga dos significados, los cuales no son necesariamente incompatibles: el primero de ellos οὐ («no») y τόπος («lugar»), significa literalmente «no-lugar«; el segundo εὖ («bueno» o «bien») y τόπος («lugar»), haría referencia a «el buen lugar». Otro mundo mejor. Pues bien, resulta que la explicación se desarrolló en medio del inicio de esta crisis y gran parte de mi alumnado no habían oído siquiera mentar esta palabra, la cual desconocían completamente, por lo que me pareció importante incidir en ella, dedicándole toda una sesión. Por esos días, el tiempo todavía tenía un valor conforme a un régimen económico que nos disciplina, obligándonos a cubrir todo el temario, deprisa, deprisa…

Durante el desarrollo de la misma, a pesar de mi empeño, me resultaba más fácil explicar su concepto opuesto (distopía) que la palabra en cuestión. Ya saben que la pedagogía recomienda buscar ejemplos cercanos, que nuestros alumnos y nuestras alumnas sepan identificar fácilmente. Es ya famosa la afirmación que plantea que en las sociedades actuales, las sociedades postmodernas, resulta más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Y así es también para los y las más jóvenes. Al menos hasta la semana pasada. A pesar de las dificultades, entre todos y entre todas (todoas) conseguimos definir cómo sería nuestra particular isla. En ella el profesorado, por supuesto, no les mandaríamos muchos deberes. Pero ellos y ellas, claro, se portarían y atenderían tan bien en el aula que no sería necesario, tampoco los dichosos exámenes. Quedé bastante contento con la comprensión de un concepto tan nuevo para ellos y para ellas, y tan cargado de El principio esperanza para mí, tal y como plantease Ernst Bloch en su estudio clásico escrito entre 1938 y 1947, durante su exilio en Estados Unidos. No obstante, a nadie, tampoco a mí, se le escapó la sensación irreal que, como de paradoja, representaba hablarles de algo de este calado en medio de la propagación de una pandemia que pronto nos delegaría a (casi) todoas a nuestras casas.

Sacando algunas conclusiones del mundo que nos ha tocado vivir, y el cual tratamos de hacer conocer a nuestro alumnado de la mejor forma que podemos y que sabemos, esta plaga ha tocado las debilidades del sistema en el que estamos inmersos, recordándonos sus múltiples miserias, una vez más. Como si por algún motivo la realidad se empeñase en hacernos ver algo que no terminamos de comprender, a pesar de las nefastas consecuencias fruto de esa incomprensión. Como en todas las plagas a lo largo de la historia, no todas las personas la vivirán ni la están viviendo del mismo modo, y así nos lo recuerdan las redes sociales, las cuales continúan mostrándonos lo más íntimo de nuestras vidas, apelando al sentimiento de soledad que nos rodea. Como estas letras, esos vídeos, esas imágenes, no son más que mensajes en botellas que intentamos hacer llegar a los demás para escapar al aislamiento, el cual no se inició necesariamente con el estado de alarma, sino que, en buena medida, es un estado antropológico, existencial. Pues bien, dentro de este aislamiento que se solapa al interior, previo a la cuarentena, habrá quienes tengan más dificultades, que son dificultades que tienen un sesgo social, material, inmediato.

Esta pandemia ha roto el statu quo que mantenía a Occidente aferrado a su torre de marfil, impenetrable. Ahora las fronteras se cierran también para nosotros, el enemigo es invisible y está entre nosotros, no lleva hiyab, ni habla otras lenguas, ni profesa otras religiones. Ahora somos nosotros y nosotras quienes solicitamos ayuda para salvarnos de este naufragio.

Otra paradoja de esta plaga es que ha hecho visibles a los invisibles, aquellos que, como aquel 1 de enero de 1994, en Chiapas (México), nacieron en la noche, “la larga noche de los 500 años”, casi tantos como la obra de Tomás Moro. Pues bien, cajeras, transportistas, mozos de almacén, limpiadoras, autónomos, jornaleros y jornaleras, y un largo etcétera, todoas aquellas a las que muchos miraban por encima del hombro hace apenas unos días, hoy se revelan como lo que son, la base del sistema.

Absolutamente imprescindibles. Mientras el resto nos confinamos, y no podemos hacer otra cosa que mirarles como con gesto de agradecimiento: gracias por estar ahí; disculpad por no haberos echado cuentas antes, como dicen las personas mayores. Pero a pesar de esto, el olvido es otro de los grandes males en las sociedades actuales. Ya olvidamos las consecuencias de la última crisis económica, ¿volveremos a olvidar de nuevo lo que han hecho por nosotros y por nosotras todas estas personas hoy, en este preciso instante, imprescindibles? Repaso en estos días la Genealogía de la moral de Nietzsche (1887), en la que se preguntaba: “¿Cómo se hace para inculcar una memoria en el animal hombre?”. Y no encontraba otra respuesta que la de apelar al dolor: “el pasado, su parte más larga, más profunda, más dura, nos roza y resurge en nosotros cuando nos ponemos serios”.

En efecto, existen toda otra multitud de oficios y de personas anónimas que estos días se están revelando fundamentales: personal sanitario, profesorado y otro largo etcétera. La “multitud” que pone en marcha cada mañana el mundo, y que no son el Rey, ni Amancio Ortega y la patronal, que no son tampoco los políticos, ni “los mercados” (ese término inventado para ocultar a los inversores y capitales que, como los famosos fondos buitres, después de la última crisis, se han encargado de comportarse como auténticas aves de rapiña, a pesar y en contra de la idea de bien común, de la mayoría). Frente a ellos, se revelan también hoy fundamentales trabajadores y trabajadoras públicos a los que los ideólogos del denominado neoliberalismo, o totalcapitalismo, esa hidra de mil cabezas, ha maltratado durante tantos años, haciéndonos pensar que los individuos somos suficientes frente al mundo, en una suerte de darwinismo social. Cuando en realidad ahora volvemos a descubrir a fuerza de dolor que la base de la evolución no es la competencia ni el individuo, sino la cooperación y el colectivo. Sin esto, no hay supervivencia como especie. ¿Volveremos a olvidarlo de nuevo cuando todo esto pase?

Por no hablar de las personas mayores, aquellas a las que habíamos relegado al más oscuro de los olvidos, ese que surge cuando no vemos más allá de la idea de beneficio. Esta plaga se ceba con ellos y con ellas y nos recuerda que, hasta la semana pasada, hemos fracasado como sociedad, que no hemos sabido protegerles. Y serán, lo están siendo, las primeras víctimas de esta crisis, la cual apela a los principios sobre los que estábamos destruyendo la naturaleza, la posibilidad de vida en el planeta Tierra: el consumo, ahora paralizado, y el beneficio, que ha acabado por determinar las relaciones entre las personas. No es ahora el momento de ajustar cuentas, pero todo se andará. Por el momento, me parece que debemos afrontar esta crisis con la ética de la filosofía estoica “rebajada al nivel del pueblo”, tal y como reflexionaba Pasolini sobre las clases subalternas de la ciudad de Roma:
“Para vivir hay que luchar, no hay más misterio. Toca sufrir, pero también aguantar: y mientras tanto, apañárselas, incluso con rabia. Tal vez haya un dios, cristiano, católico, al que es necesario aplacar con velas o plegarias; y después apañárselas. Es aquí, en la tierra, donde se nos premia y se nos castiga” (La ciudad de Dios, 2019, p. 95).

Una ética aplicada y aprendida a lo largo de los siglos, de resiliencia, resistencia y rebeldía. Y después. Nadie sabe lo que vendrá después. Quizá sea útil emplear estos días de aislamiento para imaginar otros mundos lejos de esta realidad distópica. Imaginar la banda sonora de, como planteaba hace no mucho el sup. Insurgente Galeno: “un mundo nuevo que, insumiso, surge de los escombros de otro que ya cruje imperceptiblemente” (Baila una ballena, 2019). ¿Quién sabe? Quizá para ello tengan que pasar otros 500 años.


Por
Gustavo Hernández Sánchez. Doctor en Historia. Grupo de Estudios Culturales A. Gramsci. Profesor en la Escuela Pública.
Fuente de la Información: https://rebelion.org/ensenar-la-utopia-en-tiempos-de-pandemia/

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