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miércoles, 24 de febrero de 2021

VIRUS DE LA DESIGUALDAD: RICOS ELEVAN SU FORTUNA MIENTRAS CRECE POBREZA

 A diferencia de los ricos, las personas en situación de pobreza podrían necesitar más de una década para recuperarse de los impactos económicos producidos por la pandemia.

 


Mientras que millones de personas en situación de pobreza continúan padeciendo en medio de la pandemia, los megaricos ya recuperaron sus pérdidas económicas y siguen acumulando riqueza.

 

Así lo revela un reciente informe de la organización Oxfam titulado “El virus de la desigualdad”, que muestra el impacto diferenciado de la pandemia en las personas según su condición económica.

 

El estudio asegura que las personas en situación de pobreza podrían necesitar más de una década para recuperarse de los impactos económicos de la crisis.

 

Y ratifica a América Latina como la región más desigual del mundo, ya que, mientras sus 69 mil millonarios aumentaron su fortuna desde marzo de 2020, unos 25 millones de latinoamericanos cayeron en pobreza.

 

Virus de la desigualdad

El informe “Virus de la desigualdad” contiene 85 páginas y fue publicado el 25 de enero por Oxfam, luego de haber entrevistado a 295 economistas de 79 países.

 

En el documento, la organización revela que la pandemia COVID-19 tiene el potencial de aumentar la desigualdad económica en prácticamente todos los países del mundo al mismo tiempo.

 

De darse esta situación, se trataría de un hecho “sin precedentes” nunca antes visto desde que se tienen registros de desigualdad, es decir, desde hace más de un siglo.

 

El aumento de la desigualdad, agregan, podría provocar que la humanidad tarde como mínimo 14 veces más en reducir la pobreza hasta el nivel previo a la pandemia.

 

Esto, en comparación con los nueve meses que han tardado las mil personas más ricas del mundo —en su mayoría hombres blancos— en recuperar sus riquezas.

 

La crisis actual afecta principalmente a las mujeres y a los grupos étnicos y racializados en situación de exclusión.

 

Ello, “debido a que tienen más probabilidades de verse arrastrados a la pobreza, pasar hambre y no tener acceso a servicios de salud”, dijo Gabriela Bucher, directora ejecutiva de Oxfam Internacional.

 

La región más desigual

El nuevo informe de Oxfam revela también que América Latina continúa siendo la región más desigual del mundo.

Ni la pandemia evitó que los 69 milmillonarios de esta región aumentarán sus fortunas: desde marzo de 2020, estas se incrementaron en 104.100 millones.

 

Esto, mientras unos 25 millones de latinoamericanos caían en pobreza a causa de la COVID-19.

En una entrevista con la agencia Efe, el director de Oxfam para América Latina y El Caribe, Asier Hernando, dio algunas ideas sobre la abismal diferencia entre ricos y pobres de la región.

 

“Con las ganancias que las 69 personas más ricas de América Latina han hecho durante la pandemia se puede financiar el 50 % del presupuesto de los países en salud”, señaló.

 

Además, indicó que la cifra obtenida por los milmillonarios de la región sería “suficiente” para que cada una de los 25 millones de personas que cayeron en pobreza, reciba un cheque de 4.000 dólares.

 

Economía más justa y sostenible

Para la Oxfam, la crisis generada por la pandemia COVID-19 revela el fracaso del actual sistema económico global.

 

“Esta crisis ha dejado al descubierto los problemas de nuestro fallido sistema económico global, así como otros tipos de opresión estructural que permiten que una pequeña élite prospere”, indican.

 

Frente ello, la organización recomienda en su informe “construir una economía más justa y sostenible al servicio de todas las personas”.

 

“No podemos volver al mundo brutal, injusto e insostenible en el que vivíamos antes de la irrupción del virus”, señalan.

 

Esto, agregan, permitirá construir un futuro “que no esté dirigido por los más ricos, sino de manera colectiva por una gran diversidad de voces” y sostenida en “los principios de la democracia y los derechos humanos”.

 

Descargue aquí el informe completo «Virus de la desigualdad»:

 

 

 

Fuente e imagen: Servindi

 

jueves, 30 de julio de 2020

Pedagogía del virus, Boaventura de Sousa

Puntual y sin escatimar reflexiones, tiempo ni preguntas, Boaventura de Sousa Santos explica, desde la retaguardia desde la que se sitúa, el impacto de la pandemia para una sociedad ya enferma y desigual.

 A través de una larga videollamada, el medio habitual ahora de conversar, trabajar y entrevistar, el sociólogo portugués comparte algunas de las ideas que nutrirán su próximo libro, que aborda el coronavirus: ‘La cruel pedagogía del virus’ (Akal, aunque ya disponible en castellano por CLACSO). Considerado uno de los grandes referentes de las izquierdas altermundistas, Sousa acaba de participar en el V Congreso Internacional de Estudios del Desarrollo, organizado por la Red Española de Estudios de desarrollo y el Instituto Hegoa (UPV/EHU).

De Sousa Santos analiza el mundo como un optimista trágico: sabe que hay alternativas, pero prefiere ser prudente ante la posibilidad de que los cambios sean a peor.

Abordas la COVID-19 desde una aproximación muy alejada de la retórica belicista habitual. Consideras el virus como una ventana de aprendizaje. ¿Por qué?
El virus es un pedagogo que nos está intentando decir algo. El problema es saber si vamos a escucharlo y entender lo que nos está diciendo. Lo dramático es que tiene que ser por esa vía de muertes para que nosotros, los europeos, los del Norte, que no estamos tan acostumbrados a epidemias y somos muy arrogantes, lo entendamos. Estamos ante una pedagogía nueva y por eso no me gusta la idea de la guerra, que hace del virus el enemigo al que hay que matar. Los virus son fundamentales para la vida, para los animales, para la naturaleza y también para nosotros, pero hemos desregulado los ciclos vitales de la naturaleza y de los animales y por eso ahora hay cambios, trastornos, en las transmisiones de virus que pueden llegar a los humanos. Si matamos el virus pero seguimos con el mismo modelo de desarrollo, de Estado y de sociedad, van a venir otros.

El filósofo Hans Jonas ya hablaba de la heurística del temor con su ética de la responsabilidad. Lo que no está tan claro es si alguna vez la humanidad ha aprendido de las catástrofes.
Realmente hay razones para ser pesimistas, pero soy un optimista trágico. Me empeño en ver alternativas. Mi pensamiento complejo no me permite dictar soluciones, pero me ayuda a definir caminos y ver los que pueden ser pervertidos. Tendremos que encontrar soluciones que partan de la vida y no de la muerte.

En líneas generales, Europa coincidió a la hora de no reaccionar al coronavirus hasta que se convirtió en un problema propiamente europeo, pero después su reacción ante la pandemia ha sido muy dispar. Un buen ejemplo es la comparativa entre España y Portugal. ¿Cómo interpretarlo?
Estamos acostumbrados a pensar de Europa como si fuera el mundo y no es así. Es la parte de la arrogancia del Norte, que no está acostumbrado a las epidemias y que piensa que nunca va a llegar algo grave. Por eso los países europeos se descuidaron. Portugal tuvo ventaja sobre España porque está en un extremo, nos llegó un poco más tarde y fuimos aprendiendo: no es porque Portugal sea mejor, sino porque aprendimos más. Además, en Portugal, que apenas tenemos un diputado de extrema derecha y no tiene peso político, tuvimos bastante consenso político. El confinamiento y las políticas fueron muy consensuadas, con una disciplina enorme. Realmente Portugal lo está haciendo bien dentro de los límites de Europa; bien, si lo comparamos por ejemplo con Suecia, que tiene la misma población. Hubo mucho acuerdo político y la oposición de derecha moderada, el PSD (Partido Social Demócrata) de Rui Rio, dijo claramente que, en tiempos de pandemia, el enemigo es el virus, no el Partido Socialista. En España las cosas han sido muy distintas.

En el libro avanzas tres posibles escenarios tras la pandemia.
En un primer escenario, las cosas empeoran. La idea es volver a una normalidad que nunca va a llegar y que, con la crisis que tenemos ahora, nos va a generar una sociedad aún más injusta, más insegura y mucho menos democrática. Es el escenario que vamos a tener si nada cambia. El capitalismo financiero va a seguir endeudando a los países y estos van a tener que pagar sus deudas. Ya pasó en Ecuador, que para pagar al Fondo Monetario Internacional (FMI) no ha tenido cómo enterrar a los muertos de Guayaquil. En ese sentido, Ecuador ha sido un laboratorio de lo que va a suceder en otros países. Es el peor escenario posible, lo que llamo el capitalismo gore, sangriento, muy violento, que va a matar a mucha gente.
El segundo escenario es cambiar para que todo quede igual. Los capitalistas están convencidos de que, si quieren continuar ganando, tiene que cambiar algo. No lo harán para cambiar el sistema ni para dejar de ser capitalistas, pues quieren seguir ganando, pero tienen que cambiar algo. Por ejemplo, la miseria no puede ser tan grande ni los países endeudarse tanto. Se habla, por ejemplo, de perdonar algunas deudas, pero no de cambiar el modelo de desarrollo. En este marco, llegará un punto donde tengamos un conflicto entre proteger la vida y mantener las libertades democráticas.
El tercer escenario es el de la alternativa civilizatoria y es en el que estoy trabajando. Esta civilización viene desde hace cinco o seis siglos y está llegando al final, sobre todo, en lo que respecta a nuestras relaciones con la naturaleza, que no tienen precedentes. Es el hecho de intentar convertir la naturaleza en un recurso natural infinitamente disponible. En este paradigma, vamos a intentar cambiar hacia otro modelo de desarrollo, hacia otro modelo de consumo, hacia otra matriz energética, hacia otro tipo de economías plurales. A mi juicio, la pandemia es una ventana de oportunidades para empezar a cambiar las cosas. Es por lo que estoy luchando, un proceso histórico que necesitará décadas.

¿En cuál de esos tres escenarios encajaría el Ingreso Mínimo Vital –que se queda lejos de la propuesta de una renta básica universal– que se acaba de aprobar en España? ¿Es un cambio para que todo siga igual o una herramienta para la transición?
La renta básica puede ser las dos cosas. Hay un concepto de André Gorz, la reforma revolucionaria, que persigue cambiar un modelo político y económico en su totalidad, pero avanzando. La renta básica, dependiendo de su monte (cuánto por encima de la pobreza) y de otros factores, puede ser un camino para una transición paradigmática o puede ser simplemente un parche. Cuando es temporal es una solución para ahora, nada más; si es permanente ya anuncia otra cosa. Vamos a entrar en la llamada cuarta transformación industrial de la inteligencia artificial, en la que va a haber una pérdida brutal de empleo, no por arriba ni por abajo, sino en los empleos medios, que van a ser robotizados en gran medida. Se calcula que una renta básica de ciudadanía universal puede ser la única manera de garantizar que existan todavía clases medias como las conocemos en Europa. Habrá que ver hasta dónde llega. Por sí misma, la renta básica es políticamente ambigua, pero acompañada por otras medidas puede tener un sentido político. Todo depende de esas otras medidas que se tomen.

Esa alternativa civilizatoria sobre la que llevas años reflexionando, ¿puede llegar de forma inminente precisamente por el impacto de la COVID-19?
Vamos a tener un período de transición, no podemos cambiar de forma inmediata a otro modelo civilizatorio; habrá un período de décadas de transición. Por eso dedico una buena parte del libro a los estudios de transición hacia sociedades postcapitalistas, postcolonialistas y postpatriarcales, que para mí son las tres cabezas de la dominación. Se trata de una transición profunda con dos pasos iniciales, pues son en los que podemos tener un poco más de consenso y en las transiciones hay que ser siempre un poco transclasistas, hay que crear algunas alianzas mínimas para posibilitar los cambios: la primera es este modelo de desarrollo de matriz energética y las relaciones con la madre tierra; el segundo es la refundación del Estado.

Respecto a esa refundación del Estado, defiendes la democratización de la democracia.
El Estado tiene que ser refundado porque esta democracia liberal ha llegado a su límite. La democracia liberal no defiende a la gente. Decimos que en Europa tenemos las democracias más consolidadas, pero el continente es una mezcla de arrogancia, de no preparación, de neoliberalismo de la salud… una mezcla tóxica que muestra que los llamados países desarrollados están defendiendo peor la vida de la gente que los países menos desarrollados. Sudáfrica, por ejemplo, está entendiendo mucho mejor el virus que Holanda, España o Italia. Si se analiza el que se considera el país más desarrollado del mundo, Estados Unidos, resulta ser un Estado fallido. Con su poderío militar puede destruir este planeta varias veces, pero que no sabe defenderse de un virus porque no produce guantes, no produce mascarillas, ni ventiladores, ni tiene un Estado que pueda mostrar la protección de la vida del ser primero y de la economía después. Al contrario, afirma que la economía es lo primero. Es un sacrificio de vidas como solución final de las políticas sociales: la única manera de resolver las políticas sociales es matando, dejando morir a los que no son productivos. ¿Quién muere en Nueva York? Negros, empobrecidos. ¿Y en Brasil? Negros, empobrecidos. Es repugnante pensar que se puede prosperar por encima de un montón de cadáveres. En Europa es un poco distinto porque hay unas clases medias un poco más altas; es lo que pasa en Suecia, que teme ahora un caso de desastre al no haber hecho confinamiento. Pero ¿quién muere en Suecia? Los inmigrantes, en un porcentaje muy alto, que son quienes no se pueden quedar en casa y que están cuidando de los ancianos. Ese darwinismo social está por ahí.
Esta democracia está al final de su vida y es necesario complementarla con democracia participativa y deliberativa en el ámbito nacional. Por eso, en la transición democrática y paradigmática que propongo, uno de los pilares es la reforma política del Estado. Por ejemplo, no podemos quedarnos con tres órganos de soberanía, necesitamos un cuarto de control democrático y deliberativo de los ciudadanos. La primera constitución que lo contempló fue la de Ecuador, aunque después fue desvirtuada. El presidente [Lenin] Moreno intentó después llevársela a su terreno y la ha utilizado ahora en contra de todas las propuestas. Pero el hecho de que una idea sea caricaturizada en un país no quiere decir que la idea no sea buena.

Siguiendo con esa reflexión, comentas que la democracia representativa va a morir mediante la elección de líderes antidemocráticos como Jair Bolsonaro, Donald Trump o Viktor Orbán. Ante esta perspectiva, cabría preguntarse si las izquierdas tienen la suficiente imaginación transformadora como para democratizar la democracia o si, por el contrario, necesitan que el propio sistema se suicide para poder transformarlo.
Es un viejo debate dentro de la izquierda. Hay parte de la izquierda que dice que «cuanto peor, mejor», porque entonces el sistema muestra todas sus miserias y las cosas cambian antes. Pero cuando pensábamos eso lo hacíamos porque había una metanarrativa muy clara, que era una revolución, la herencia de Rusia, China y Cuba. Esas herencias, no sé si para siempre, pero para ahora no creo que estén vivas para ser utilizadas de forma creíble. Es verdad que mucha gente ya no tiene que perder nada más que las cadenas. Por ejemplo, hace unos días me decían en Chile que prefieren morir de coronavirus que de hambre; la opción es entre hambre o coronavirus y por eso salen a la calle a protestar, sin respetar el confinamiento. Es una situación límite, como dirían los existencialistas. No es política del límite, sino que el límite es la política. En ese escenario, podría estar de acuerdo, pero si observamos el mundo en su conjunto, no creo que podamos afirmar esa idea, porque todavía habría mucho más sufrimiento, muchas más muertes.
La vida no es de izquierdas ni de derechas, es vida. Lo que sucede es que la gente de izquierdas tiene mayor sensibilidad para defender la vida. No se puede organizar una narrativa que diga que vamos a tener mucha violencia, que va a ser peor porque va a morir mucha gente, hasta que se pueda reconstruir la sociedad. Esto es también lo que hace la extrema derecha. Por ejemplo, Bolsonaro lo ha dicho prácticamente con esas palabras. Yo, que trabajo con los movimientos sociales, no puedo tener esta posición. Tengo que encontrar una solución para la gente, aun sabiendo que todavía va a morir más gente. Como hombre de izquierdas, creo que tenemos que defender la vida y eso implica mostrar una alternativa y una transición. Yo viví en mi edad adulta una dictadura como la de España y ahí también está mi límite porque, para nosotros, la dictadura es otra cosa. Aunque claro que esto es una democracia de muy baja intensidad.

¿Cuál será el rol que jueguen los partidos políticos en esa democratización de la democracia?
Debemos pensar formas autónomas de organización de los ciudadanos, más allá de los partidos. Los partidos convencionales no tienen futuro, tienen necesidad de convertirse en partidos-movimiento, donde los programas y la elección de los candidatos sea hecha por los ciudadanos y no por las oligarquías partidistas. Hay que radicalizar la democracia. La revolución tiene que ser una radicalización total de la democracia. La democracia que existe hoy es una isla democrática en un archipiélago de despotismos: despotismos en la familia, en la fábrica, en el espacio público con el racismo, en las casas con la violencia contra las mujeres… No hay forma de democratizar solo el espacio político, hay que democratizar la sociedad en sí misma. Por eso es una radicalización total y revolucionaria, que va en favor de la afirmación de la vida y de la dignidad de la gente.

Regresando al coronavirus, por un lado, subrayas que ha supuesto una ruptura radical, un cambio de época y, por otro, que es una pandemia dentro de una pandemia. ¿Puedes ahondar un poco más en esta paradoja?
Acabamos de entrar en el siglo XXI, al igual que por ejemplo el XIX comenzó en 1830 con la Revolución Industrial y el XX con la Primera Guerra Mundial y la Revolución Rusa, dos partes del mismo proceso. La actual es una ruptura como acumulación de pandemias. El neoliberalismo es una pandemia que nos ha confinado desde hace cuarenta años con la idea de que no hay alternativa al capitalismo, concretamente, a un capitalismo totalmente antisocial, de privatizaciones, de liberalizaciones… Esta es una pandemia porque el mundo nunca ha sido tan desigual como ahora, con una concentración de riqueza tan grande. Y son cosas que se podrían resolver con un poquito de política social. El coronavirus no es una situación de crisis contrapuesta a una situación de normalidad, sino una cuarentena dentro de otra cuarentana. Solo superando la pandemia neoliberal estaremos libres de las cuarentenas provocadas por los virus. La pandemia del coronavirus viene por encima y por dentro de otra pandemia, el neoliberalismo. Y la hace explotar. Ahí es donde veo una ventana de oportunidades. Claro que se puede decir que eso es utópico, pero lo son todas las ideas antes de llevarse a cabo.

Entonces, ¿todavía hay esperanza?
Los jóvenes no formulan el problema en términos del fin del capitalismo, sino en términos del fin del mundo, como sucede con Greta Thunberg. No saben seguro si el capitalismo va a acabar, pero están convencidos de que el mundo se va a acabar. Es la tragedia de nuestro tiempo. Los jóvenes, creados en la idea de que no hay ninguna alternativa al capitalismo, han llegado a la conclusión de que el mundo va a acabar. Ahí no hay ninguna esperanza, es todo fatalidad. Y eso está siendo aprovechado por las derechas y las extremas derechas, por los evangélicos en América Latina, en Bolivia, en Chile o en Brasil, que lo están utilizando como una versión apocalíptica de todo. Es un pesimismo histórico que también se ve en la izquierda, por ejemplo, en [Giorgo] Agamben. Hay una mezcla de ideas estancadas en la idea de que no hay alternativa.

Hablando de la derecha y la extrema derecha, una de las lecciones que subrayas es que el coronavirus las ha dejado «definitivamente desacreditadas». Sin embargo, eso no parece corresponderse con la tendencia en muchos países.
Los gobiernos de derecha y de extrema derecha tuvieron cuatro actitudes que, en conjunto, han sido desastrosas y, de ahí, su descrédito. La primera ha sido el negacionismo de la pandemia: Johnson [Inglaterra], Trump [Estados Unidos], Modi [India], Bolsonaro [Brasil], Moreno [Ecuador]… Aunque no es algo unívoco y, por ejemplo, también está Obrador [México], que no es de izquierda ni tampoco de derecha, es Obrador. Hay tendencias, pero no claridad. En todo caso, el negacionismo fue de derecha y de extrema derecha. La segunda actitud desastrosa fue la de buscar poderes de excepción para concentrar poder, bajo el pretexto de la pandemia. Pero no para resolverla, sino para concentrar poder: Orbán [Hungría], Aliyev [Azerbaiyán], Duda [Polonia], Akufo-Addo [Ghana], también Modi… La concentración de poder es muy clara en algunos países de derecha, no en todos, pues, por ejemplo, Inglaterra ni siquiera ha declarado el Estado de alarma. La tercera, bastante clara, es que, si se observa la orientación de los gobiernos, cuanto más a la derecha, más desprotección de la vida en la pandemia, más incompetencia a la hora de defender la vida.
O sea, se muestra que la derecha y la extrema derecha son muy buenas criticando, destruyendo, pero muy malas construyendo. Quieren destruir la salud pública, quieren destruir la educación pública, quieren destruir todo, pero cuando se trata de construir, como es la protección de la vida de los ciudadanos, no saben cómo hacerlo y buscan chivos expiatorios. Esta sería la cuarta característica de los gobiernos de derecha y de extrema derecha: para Modi, el chivo expiatorio son los musulmanes; para Trump, la oposición demócrata, China y la Organización Mundial de la Salud. Cada uno inventa sus chivos expiatorios para distraer la opinión de su incompetencia.
Ahora, incluso asumiendo que estas cuatro actitudes sea verdad, que así me lo parece como sociólogo, ¿qué va a pasar? Ciertamente, puede ser que logren seguir engañando a la gente y que la gente siga creyendo que la derecha y la extrema derecha tienen la solución para todo. Eso es posible y España es un caso muy peligroso en este momento. La lucha política va a estar ahí. Y va a haber muchos conflictos.

En reiteradas ocasiones has denunciado que otra de las estrategias de las derechas y de la extrema derecha es la jurídica, en concreto, usar el entramado jurídico de los Estados de derecho para tumbar gobiernos y cambiarlos. Se ha visto en América Latina y se está usando en Europa.
Es lo que llamamos la lawfare, una guerra jurídica, que supone una inversión total del activismo judicial, que pretendía hacer cumplir las constituciones en cuanto a los derechos sociales y de inclusión, que se estaban degradando y deteriorando. Ahora en algunos países se ha producido una inversión total de ese activismo judicial: se busca impedir una lectura progresista de las constituciones. El caso histórico fue Allende, en Chile. Y ahora el laboratorio ha sido, una vez más, Brasil. Estados Unidos está en camino, con todos los cambios que Trump ha hecho en el nombramiento de jueces de la Corte Suprema. El sistema judicial Brasil es muy revelador porque condensa una lucha abierta entre facciones distintas, lo que de momento no existe en Europa, donde hay un intento por mantener una división de unidad dentro del sistema judicial. Para nosotros, es parte de un corporativismo, de una conciencia de clase corporativa muy saludable. Pero ya se ha visto en los casos de la Polonia de Kaczyński y ahora en Hungría. Neutralizaron el sistema judicial.
Estoy seguro que también vamos a verlo en España, porque no es de ahora, sino que está ya latente en toda la cuestión de las autonomías y de la crisis de Cataluña, que ha visto cómo el sistema judicial español es conservador, monárquico y no contribuye de forma clara al fortalecimiento de la democracia, a pesar de haber organizaciones de corriente progresista. Incluso la renta básica podría ser cuestionada en las cortes. No está claro. Pueden inventar de todo para perturbar las medidas progresistas.

Pero si las derechas están teniendo actitudes desastrosas y se están desacreditando, ¿cómo consiguen convencer a tanta gente, en tantos sitios y durante tanto tiempo?
No está claro que las derechas estén ganando terreno teniendo en cuenta el mundo como unidad. La cosa es muy diversa, pero la reflexión tiene mucho sentido porque no es seguro que ahora la gente vire hacia los gobiernos de izquierda. Para que la derecha reconquiste la legitimidad necesita de fake news, de mucha manipulación. Sin una manipulación muy dura no lo van a lograr. Veremos a ver qué pasa con el control de las noticias falsas. Lo último es que Twitter, una red social que ha causado mucho mal a la democracia en general, intentó censurar a Trump. Pero cuando pasan las cosas en Estados Unidos, el dueño de Twitter se queda preocupado: si es la India no interesa, pero Estados Unidos es otra cosa. Va a ser una lucha política muy dura. Mientras que la derecha tiene a gente que ha estudiado muy bien las redes sociales para ver cómo se hace una destrucción de la democracia a partir de fake news, como Steve Bannon, la izquierda no tiene una lectura de las redes sociales, no sabe. Es el modo como la extrema derecha puede resucitar de su descrédito tras la pandemia. Y pueden hacerlo. Es una lucha política y nosotros no podemos descansar; las fuerzas políticas de izquierda, progresistas, democráticas no pueden descansar.
El mismo Trump está desesperado porque su popularidad está bajando debido a la incompetencia. En esa línea, por las informaciones que tengo, hay un peligro de invasión de Venezuela. Siempre que los presidentes de Estados Unidos están en vísperas de elecciones y no saben si las van a ganar, se inventan una guerra: Irak con Bush, Afganistán con Obama… y Trump ya no tiene otra guerra sino la invasión de Venezuela, que además es muy importante para neutralizar China. De ahí el peligro y, obviamente, la complicidad vergonzosa de la Unión Europea, España incluida.

Consideras que el coronavirus es la primera pandemia expandida directamente por la globalización. En esta línea, ¿qué rol juega lo local a la hora de plantar cara al virus?
La pandemia es la primera hija directa de la globalización porque, por ejemplo, mientras la mal llamada gripe española tardó dos años cubrir todo el planeta, el coronavirus apenas tardó tres meses. Es un producto típico de la globalización y por eso nosotros estamos pensando en un tiempo de desglobalización, por ejemplo, de la cadena de la alimentación, es decir, de soberanía alimentaria. Hay que dar prestigio al conocimiento local, vernáculo, popular, porque es una manera de trascender lo local. Es lo que llamo la «ecología de saberes», que no tiene nada en contra de la ciencia. Es un intercambio de conocimientos. De aquí al futuro, lo que sea bueno para los indígenas será bueno para nosotros, no solamente para ellos: nosotros no vamos a vivir como un indígena, no podemos, pero tenemos que defender su lucha para defender nuestra vida. Tenemos que dar prestigio a lo local con una intención global. Necesitamos de otra imaginación política y epistemológica.

¿Y cuál es el rol de lo global en esa búsqueda de soluciones a la COVID-19? ¿Qué hay, por ejemplo, de la ciencia, de la confianza depositada en que encuentre cuanto antes una vacuna universal?
No podemos pedir a la ciencia moderna que resuelva el problema. Eso no significa negar la ciencia, sino que esta tiene que reconocer sus límites y su pluralidad interna, además de que hay otros saberes vernáculos, ancestrales, populares, indígenas, campesinos, que nos han dicho que este modelo no es de desarrollo sino de subdesarrollo y destrucción. No tiene sentido, en este siglo que empezó con la pandemia, que la salud global sea solamente la salud de los humanos, de la vida humana. Tiene que ser la salud de la naturaleza, de la vida en el planeta. La vida humana es apenas 0,01 por ciento del planeta, un porcentaje muy pequeño, pero que está interfiriendo de tal manera que la Tierra se defiende y puede haber una extinción. Los dinosaurios acabaron con el meteorito y nosotros podemos acabar por nuestra forma de desarrollo. El planeta puede seguir sin nosotros. Esa hipótesis ya está planteada desde hace mucho tiempo, por ejemplo, con la idea de Gaia de Lovelock.
La ciencia moderna, en este modelo de desarrollo, ha despreciado todos los conocimientos que defienden la naturaleza. El 75% de la biodiversidad está en territorios indígenas, que son los guardianes de la madre tierra. Nosotros no sabemos de eso. Sabemos de agricultura industrial, pero no de otras cosas, y tenemos que aprender con ellos. Hay un aprendizaje desde el Sur, lo que llamo las «epistemologías del Sur». Y desde el Sur no se piensan soluciones globales, sino soluciones contextualizadas.
En la transición necesitamos una imaginación transescalar, o sea, hay cosas que debemos pensar globalmente y otras localmente. Los pueblos saben hacerlo. Si vas por África o por América Latina, los campesinos que están siendo desplazados de sus tierras saben que la causa no es local, sino global. La gente sabe articular, pero no sabe transformar eso en política. Eso es lo que deberemos transformar y pensar. Ya estuvimos más adelantados que esto, por ejemplo, con el Foro Social Mundial (FSM), del que yo fui uno de los animadores. Esa era la idea. Simplemente, estamos prácticamente acabados, hay un debate enorme sobre si va a haber un FSM en México en 2021, porque no estamos de acuerdo sobre los instrumentos políticos para poder crear agendas simultáneamente locales y globales. Queríamos el consenso de todos… y el consenso te mata, es una manera de impedir cualquier decisión.

¿Cómo va a ser esa «nueva normalidad» de la que tanto se habla?
No vamos a entrar en un período de postpandemia, sino de pandemia intermitente. Si no se cambia el modelo de desarrollo, van a venir más. En este escenario habrá un período nuevo, con nuevas olas y nuevas mutaciones del virus. Mi idea es que vamos a calmarnos un poco, que la gente va a pensar que está todo bien y la pandemia va a volver. Esta incertidumbre va a entrar de lleno en la normalidad, una normalidad que ya era fatalidad para los empobrecidos, para los precarios, los autónomos, las mujeres, las víctimas de racismo… Y va a ser peor si no cambiamos. Es un momento difícil, vivimos en un mundo semicerrado y no sabemos si lo que sabemos hasta ahora va a servirnos para el futuro. No queremos la normalidad que teníamos, pero tampoco sabemos cómo será la nueva. Vamos a pasar por un período muy difícil y los pueblos no van a aguantar más. Ya antes había movilizaciones: Colombia, Túnez… no creo que la gente aguante más austeridad, tampoco en Europa. Por ejemplo, la deuda de Italia es impagable, sería el fin de la Unión Europea. Si seguimos con las mismas recetas, vamos a tener revueltas. Los capitalistas son conscientes de que tienen que cambiar algo para continuar con el capitalismo, por eso veremos cambios superficiales que en realidad dejarán las cosas como están.
Si revisamos los estudios de la CIA, su último gran informe, Global Trends 2030, dice que en 2030 China será la primera economía del mundo y Estados Unidos la segunda. Eso será un cambio brutal, tectónico, en las relaciones internacionales. Trump se explica un poco por esa razón. La pandemia está adelantando los plazos. El derrumbe de las instituciones internacionales es otro ejemplo. Trump acaba de decir que se va a salir de la Organización Mundial de la Salud, precisamente cuando más necesaria es ese apoyo económico, cuando necesitamos otro concepto de salud.

En ese cambio por el que estás trabajando, ¿qué importancia tendrán las movilizaciones y los movimientos sociales?
En los próximos tiempos, la política institucional –los partidos políticos, los sindicatos, etc.– va a ser una parte más de la política, mientras que la otra política va a ser extrainstitucional: movilizaciones, protestas, calle. Pero no está claro que estas políticas extrainstitucionales vayan a ser necesariamente de izquierdas, pueden ser de extrema derecha, como vemos en Brasil, en la India y en España también. Esta complejidad es la que obliga a la ruptura del pensamiento político de izquierda, que aún no ha despertado en este sentido. Yo estoy a favor de la calle, de la protesta extrainstitucional, pero cuidado porque puede ser de izquierda, pero también de extrema derecha. Hay que saber lo que se está haciendo. Hay muchos partidos de izquierdas que llaman a movilización y dos días después la calle está dominada por la extrema derecha, con la izquierda totalmente desarmada.




Fuente: María Ängeles Fernández y J.Marcos

domingo, 31 de mayo de 2020

¿Cómo se cocinan las fake news?


En tiempos de pandemia, la desinformación como (otro) virus fatal  
¿Cómo se cocinan las fake news?
Las noticias falsas tienen una fisonomía concreta e incorporan datos para confundir al público. ¿En dónde radican las claves de la viralización? ¿Por qué algunos engaños se propagan más que otros? Leonardo Murolo entrega pistas para mantenerse bien despiertos.


Leonardo Murolo es doctor en Comunicación por la Universidad Nacional de La Plata y director de la Licenciatura en Comunicación Social de la Universidad Nacional de Quilmes. En 2019 escribió el artículo “La posverdad es mentira. Un aporte conceptual sobre fake news y periodismo” en el que revela cómo algunos periodistas “productores de trampas” cocinan las mentiras en los medios, engaños que luego se amplifican y desperdigan a partir de las redes sociales. Las noticias falsas y las prácticas de desinformación no representan ninguna novedad sino que, por el contrario, acompañaron el origen y la consolidación del trabajo periodístico, primero de la prensa gráfica en el siglo XIX y luego de la radio y la TV en el XX. Si bien muchos periodistas, detalla, ya vendían “pescado podrido” desde hace cientos de años; el signo distintivo de esta era radica en la capacidad disponible para viralizar contenidos “En el siglo XXI, a los mass media se sumaron los social media, es decir, las redes sociales. Existe una abundancia de información que cuesta más diferenciar por las características propias de las noticias falsas”, señala Murolo.

Además, no todo el pescado podrido huele de la misma forma. Existe, a grandes rasgos, una diferencia entre las noticias falsas y la desinformación. Desde la perspectiva del especialista, por un lado, las fake news corresponden a contenidos “falsos de toda falsedad” que, potencialmente, pueden circular por redes sociales o mensajería instantánea –desde audios de WhatsApp hasta un tweet que toma notoriedad y se comparte entre miles–. A diferencia de una mera equivocación en el quehacer periodístico, se caracteriza por una intencionalidad manifiesta que puede radicar en la defensa subyacente de determinados intereses políticos en detrimento de otros. Esto es: la información falsa se siembra a conciencia. La desinformación, por otra parte, refiere más una responsabilidad de los medios como instituciones de referencia y de socialización modernas. “En algunas notas aparecen datos que no fueron comprobados ni son comprobables. Se camuflan con la información en titulares que afirman algo que luego el propio cuerpo de la nota desmiente, o bien, con titulares que utilizan verbos en potencial para generar una información con la que no se cuenta todavía”, explica. “Serían sospechosos”; “Trabajarían para el gobierno”; “Habrían fugado miles de dólares”; “La estrategia China representaría la cura definitiva para el nuevo virus”. Verbos en potencia que anticipan acciones que no son y que quizás nunca serán.

En conjunto, las fake news y las prácticas de desinformación se despliegan en un escenario de posverdad, que se constituye a partir de un conjunto de imaginarios y en el que los engaños tienen efectividad y pueden propagarse de manera exponencial. “Se sofisticaron las formas mediante las cuales nos llegan las noticias falsas o la desinformación mezclada con información. Está de moda este asunto del periodismo de datos, algo que debemos mirar con muchos ojos al mismo tiempo porque la aparición de datos no asegura nada, deberíamos saber de dónde provienen. Y, una vez que chequeemos ello, ver si efectivamente confiamos en la fuente”, apunta. A veces con apariciones bizarras, aunque la mayoría con escenografías bien asentadas, las noticias falsas son presentadas al público con el envoltorio de los géneros periodísticos.

La fisonomía de las fake news
“Existe una estructura y una fisonomía de las noticias falsas. En primera instancia, se sostienen en base a los géneros discursivos del periodismo. Tienen la forma de la nota periodística, del informe o la crónica, por ello, cuando las leemos entran más fácil en nuestro consumo de información. En segunda instancia, (en sus contenidos) acuden a aspectos emocionales, a la ‘sentimentalización de la comunicación’ que apunta a determinadas ideas, sentimientos y emociones que tienen las audiencias sobre algún tema”, plantea Murolo. Así es como, en efecto, se asemejan a las noticias convencionales e interpelan a los públicos a partir del componente emotivo más que al racional. Las fake news actúan sobre sentidos y razones ideológicas ya cimentadas previamente en el barro que configura al sentido común de la población.

Refuerzan prejuicios y activan miedos ancestrales reciclados que vuelven más agresiva la chance de la viralización; proceso que se explica por los algoritmos pero también por variables sociales. “El odio y la indignación, por ejemplo, son mechas muy fáciles de encender. Uno quiere salir a contar; es como spoilear, cuando ves una serie y querés contársela a todos. Cuando te indignás también querés compartirlo con otros. En la presencialidad lo hacés con dos o tres personas, pero en las redes se traduce en el retweet que, potencialmente, puede llegar a 500 o miles de personas”, describe. Los algoritmos no tamizan la veracidad de los contenidos y, por lo tanto, se alimenta el esquema: “porque todo el mundo lo vio, también lo deberías ver”.

Ello se combina, algunas veces de manera explosiva, con el modo de consumir información que los humanos desarrollan hoy en día. Una manera fragmentada, veloz y ubicua que se condensa en la práctica del “escroleo”. Desde este punto de vista, lo destaca Murolo: “Actualmente nos informamos mucho más por titulares que por notas completas. Leemos los zócalos de los noticieros que emiten información las 24 horas. En el bar, en el gimnasio, están en mute y no sabemos si la propia persona que está siendo entrevistada está diciendo lo que figura o no, frases que aparecen en letras catástrofe. Esa dinámica para embarrar la cancha se utiliza mucho desde el periodismo profesional”.

Bajo esta premisa se requiere de un ejercicio ciudadano de otras características. El derecho a informarse de manera adecuada no se condice con la pobre –o nula– formación en consumo mediático de los adolescentes en edad de secundario. “Pienso que en los colegios debería haber una mayor formación en medios porque, en definitiva, participan con nosotros de la textura general de la experiencia. Con los medios, al igual que sucede con las demás instituciones (la escuela, el trabajo, la familia, el mercado) tomamos decisiones sobre qué compramos, a quién votamos y qué consumos culturales realizamos. La comunicación es un problema que deberíamos ver desde la educación”, asume Murolo.

La desinformación, ese virus fatal
Entre otros grandes relatos, Gabriel García Márquez ha escrito el cuento corto “Algo muy grave va a suceder en este pueblo”. Allí –con el perdón de la síntesis– el Nobel colombiano narra la historia de una madre que comunica un mal presentimiento a sus hijos sobre el futuro del lugar. La mala noticia circula entre todos los habitantes y esa intuición primitiva, en poco tiempo, deviene en una alarma real: las personas queman sus casas y las abandonan. El pánico, así, brota de un teléfono descompuesto. Un comportamiento similar sucede, algunas veces, con la información que se comparte acerca de lo desconocido, hoy el coronavirus. De boca en boca, los datos –en general poco precisos– se transmiten entre la ciudadanía y, casi sin advertirlo, el resultado discursivo es tan desastroso que todo forma parte de una gran bola imposible de manejar. Las redes sociales se llevan una gran parte de la torta en el reparto de responsabilidades. Además del Covid-19 está el virus de la desinformación que viaja de manera veloz a través de las insondables rutas de internet y en menos de un suspiro alcanza la razón y –lo que es peor– las emociones de los humanos.

Las noticias falsas y la desinformación actúan sobre la base del miedo. En “Los miedos contemporáneos: sus laberintos, sus monstruos y sus conjuros” (2006), la investigadora mexicana Rossana Reguillo afirma que el temor se experimenta individualmente, se construye socialmente y se comparte culturalmente. Y que, lo que aún significa más, los medios son los encargados de distribuir las esporas del miedo para que llegue de manera eficaz a las poblaciones. Con la pandemia, las noticias que infunden alarma y horror parten de la negación ideológica de la evidencia científica. “Ante la multiplicación de la información en los últimos años tenemos una enorme responsabilidad como ciudadanos. El pánico protagoniza el estado de excepcionalidad que nos toca vivir, que no tiene antecedentes para nuestra generación. Nos paraliza y quizás no sabemos qué hacer con la información que nos llega”, narra. Y, continúa con su razonamiento: “Lo que en primera instancia podríamos hacer es desconfiar, un acto saludable en momentos como este.

Debemos rastrear el origen de la información, ver qué fuentes se citan, chequear si efectivamente existen los medios en los que la leemos. No debemos compartir algo que no nos conste su veracidad”.

El Gobierno, a través de su sitio oficial (https://www.argentina.gob.ar ), comparte la definición de infodemia. El concepto, originalmente difundido por la Organización Mundial de la Salud, remite a “una práctica que consiste en difundir noticias falsas sobre la pandemia y aumentar el pánico en las sociedades”. Ante este diagnóstico, en el portal se proponen algunos consejos para combatir la circulación de las fake news:
1) no creas todo lo que circula en redes sociales, chequeá la información (¿Tiene sustento? ¿Es verificable?);
2) no compartas cadenas ni audios si no conocés la fuente original o llegan a grupos que compartís con mucha gente;
3) si lo que recibís apela al miedo o busca generar pánico, desconfía. Se usan esos recursos para aumentar el impacto;
4) elegí y confiá solo en las fuentes oficiales para mantenerte informado;
5) las fuentes más confiables son la OMS, el Ministerio de Salud de la Nación y la web Argentina.gob.ar. Hoy, más que nunca, informarse bien es saludable.




Por Pablo Esteban
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lunes, 4 de mayo de 2020

HENRY GIROUX: “EL VIRUS HA PUESTO EN EVIDENCIA LA QUIEBRA DEL PROYECTO IDEOLÓGICO DEL NEOLIBERALISMO”


Contactamos con Henry Giroux mientras se encuentra confinado en su casa de Hamilton (Ontario) corrigiendo exámenes de sus alumnos de la Universidad de McMaster. El coronavirus llegó a Canadá a finales de enero, casi un mes antes que a España, pero la situación parece más tranquila, con una cifra de contagiados y muertos mucho más baja en términos absolutos y relativos. Para este intelectual, referente mundial de la pedagogía crítica, el coronavirus solo está poniendo en evidencia la destrucción que ha traído el virus del neoliberalismo desde la época de Reagan y Thatcher y, por eso, sostiene, cuando todo esto acabe habrá que plantear una auténtica reestructuración, que no reforma, del sistema capitalista.


¿Cómo está llevando esta situación?
Al igual que muchas personas, estoy tratando de cumplir con las reglas que evitarían la propagación del virus y al mismo tiempo tratando de comprender el contexto político más amplio en el que se desencadenó el virus.

¿Qué lecciones deberíamos extraer como sociedad de esta pandemia?
La primera lección es que un sistema político social construido en la codicia, las ganancias, la mercantilización y la privatización de todo no puede abordar una crisis de esta magnitud. Además, durante los últimos cuarenta años, el neoliberalismo global ha minado y debilitado a esas instituciones, como la sanidad pública, que son cruciales para afrontar una crisis de este calibre. Es crucial entender que no solo estamos lidiando con una crisis sanitaria, sino también con una crisis política e ideológica. El virus del neoliberalismo, con su racismo, sus noticias falsas, sus políticas de austeridad y su desigualdad masiva en riqueza y poder, junto con la destrucción del estado de bienestar, es una fuerza letal muy poderosa que ataca a la sociedad. La destrucción que ha impuesto no solo en la sociedad sino también en el ecosistema producirá muchas más pandemias si no se combate y se destruye.

Algunas personas ven esta crisis como una cura de humildad de la que debe surgir una sociedad más solidaria con un mayor espíritu comunitario. Pero otras voces intuyen que quien saldrá reforzado será el autoritarismo, puesto que, por ejemplo, por razones sanitarias vamos a aceptar estar geolocalizados. ¿Cómo lo ve usted?
Ciertamente, una crisis de esta magnitud arroja luz sobre esas fuerzas ocultas que la misma crisis ha intensificado, como la expansión de los poderes policiales, el hecho de culpabilizar del virus a los inmigrantes, el cierre de fronteras y, como hemos visto en Hungría, las amplias restricciones de las libertades democráticas. Todas estas fuerzas nos transmiten la posibilidad de que, cuando la crisis retroceda, habrá una avalancha de gobiernos autoritarios que asumirán más poder, al convertir en permanentes muchas de las actuales restricciones. En otras palabras, el estado de alarma ya no será, en palabras de Giorgio Agamben, un estado de excepción. En algunos casos, se intensificará lo que he llamado fascismo neoliberal, una combinación de crueldad basada en el mercado y las formas explosivas de racismo y limpieza racial. Pero, por otro lado, una crisis también puede servir para airear la corrupción y los poderes fácticos opresores, y para abrir la posibilidad de abogar por cambios radicales como una renta básica universal, la creación de un sistema de atención médica gratuita de calidad, una guerra contra los movimientos acientíficos, y una renovada preocupación por la justicia ambiental. Con suerte, se evidenciará la barbarie y las patologías que hoy en día definen a muchas sociedades y se impondrá un nuevo lenguaje y un sentido de responsabilidad y solidaridad colectiva. Me temo que, cuando la pandemia retroceda, la elección que tendremos que tomar en muchos países será entre el totalitarismo, en sus formas suaves y fuertes, o el empoderamiento ciudadano y un llamamiento radical a la solidaridad global.

¿Se fortalecerán aún más los pilares básicos del estado de bienestar, como los sistemas de salud y educación pública?
Será muy difícil volver a esas políticas de austeridad que debilitaron los pilares del estado de bienestar, como la salud pública, aunque creo que otros bienes públicos como la educación, si no hay una transformación radical alejada del capitalismo, seguirán como están o, incluso, involucionarán hacia una mayor represión. Algunas reformas esenciales no suponen un peligro para la derecha, porque no socavan el estado neoliberal. Otras no serán toleradas.

A ver si lo entiendo, ¿fortalecer la sanidad pública no es una amenaza para el estado neoliberal pero fortalecer la educación pública sí que lo es? Me cuesta mucho imaginar una política presupuestaria expansiva en sanidad y regresiva en educación.
Lo que digo es que el hechizo de la era Reagan-Thatcher se ha roto. Este sistema aísla a las personas, desprecia cualquier forma viable de solidaridad, promueve un individualismo rabioso y una forma de competencia similar a una jaula y, al hacerlo, produce grandes niveles de pobreza, destrucción ambiental, inseguridad, sufrimiento y precariedad. El Estado tendrá que reinventarse al servicio de la atención, la justicia y la compasión, y eso solo sucederá si las personas pueden imaginar una forma de vida diferente, una forma diferente de organizar la sociedad. Pero recordemos que esta lucha por una sociedad más justa surgirá de una catástrofe y de sus inimaginables consecuencias. No hay garantías sobre lo que surgirá. Se ampliarán algunas instituciones, como la salud pública, se debatirán algunas políticas, como el salario universal, y se repensará la educación en función de su propósito y de cómo se organizará. Y, desde mi punto de vista, de todas las políticas que serán objeto de debate, la educación será la más volátil, porque no trata únicamente de proporcionar beneficios importantes, como preparar a los jóvenes para el trabajo, sino también de la formación de valores, deseos, voluntades e identidades. La educación se volverá más virtual y se moverá en gran medida en línea. Este será un territorio inexplorado y corre el riesgo de desautorizar aún más a los claustros, debilitar sus filas y convertir la educación en simplemente un sistema de entrega definido en términos completamente técnicos e instrumentales. El legado de la reforma educativa bajo el neoliberalismo ha sido terrible, nos ha dejado la estandarización, las pruebas y otras formas represivas de pedagogía. Por lo tanto, ese legado volverá para vengarse, por lo que habrá que luchar para repensar el significado y el propósito de la educación en términos críticos, cívicos y emancipatorios.

Los niños y adolescentes van a pasarse al menos dos meses sin abandonar sus hogares o ver a sus compañeros; pero hay personas que advierten de que, si bien esta situación es soportable para los niños de las clases altas y medias, tiene que ser muy insoportable para aquellos que viven en condiciones más precarias. ¿Cómo tendremos que enfrentar el retorno a la ‘normalidad’ en estos casos? ¿Están teniendo este mismo debate en Estados Unidos?
Este debate es importante, porque el virus afecta más agresivamente a aquellas poblaciones consideradas prescindibles, que eran invisibles en el pasado. Y eso ya no es cierto, porque su presencia está relacionada con la posible propagación del virus, que puede infectar a cualquier persona y, por lo tanto, no pueden ser ignoradas. Lo que debe recordarse es que la cuestión sobre quién muere y quién vive es un tema político nuclear que nos define como sociedad. Esto es particularmente así para niños y ancianos. Y lo que está claro es que la mayoría de las sociedades capitalistas ni están proporcionando un futuro a sus jóvenes ni están protegiendo a sus personas mayores, o a sus personas con discapacidad, especialmente aquellas que viven en residencias o que son pobres. El coronavirus no afecta a todas las personas indiscriminadamente. En realidad, los pobres, los ancianos y las personas de color soportan la carga de los efectos de este virus como ningún otro grupo, especialmente en Estados Unidos. Este es un tema político. Estos niños que pertenecen a las llamadas poblaciones excedentarias tienen que ser amparados por los poderes públicos; de lo contrario, existe la posibilidad de infecciones masivas y también de protestas masivas contra la crueldad y exclusiones del sistema.


Pero estamos viendo cómo caen enfermas personas ricas y famosas. Por ejemplo, Boris Johnson, que ha tenido que pasar por la UCI de un hospital público. Eso debería ayudarle a valorar la sanidad pública…
El hecho de que los ricos y famosos contraigan el virus no significa que este no afecte a diferentes poblaciones de maneras muy desiguales. En Estados Unidos, el número de negros pobres que lo contraen y mueren a causa del virus es muy desproporcionado con respecto a su peso relativo en la población. Muchas personas no pueden autoaislarse porque son pobres, sin hogar y viven en condiciones miserables y abarrotadas. El virus se está propagando rápidamente entre los internos de las cárceles, que en su mayoría son personas pobres de piel negra y marrón. En la ciudad de Nueva York, los pobres contraen el virus y mueren en tasas desproporcionadas. Estas poblaciones carecen de atención médica adecuada y sufren incidencias desproporcionadas de presión arterial alta, diabetes, estrés, aislamiento y falta de acceso a una educación de calidad. Es importante tener en cuenta que muchas comunidades negras y marrones viven en áreas desatendidas y contaminadas y son mucho más vulnerables ante el virus. Este es un tema político y económico vinculado a políticas de racismo, pobreza y desigualdades masivas en riqueza y poder. El virus puede infectar a cualquier persona, pero algunas están más protegidas que otras y tienen acceso a redes de seguridad social, atención médica de calidad, medicamentos y otras salvaguardas, y eso no es simplemente un problema médico sino un problema político e ideológico.
Como John Gray ha señalado, el virus ha expuesto algunas de las debilidades fatales del capitalismo al tiempo que deja en evidencia la situación de quiebra en la que se encuentra el proyecto intelectual e ideológico del neoliberalismo, pero una cosa es arrancar la ropa del emperador y otra reestructurar el sistema, en lugar de simplemente reformarlo. Piense en la respuesta de Trump a la pandemia, que equivale a un rescate empresarial y políticas que sugieren que está más interesado en la economía que en la vida humana. La sensación de ansiedad y fragilidad que experimenta la gente no ofrece garantías políticas, pero abre nuevas posibilidades para una visión y un mundo alternativos. El estado tendrá que ser repensado, tendrá que renacer en cuanto a sus funciones protectoras y en el centro de este reto está la creación de un sistema educativo que pueda educar a una generación de jóvenes para asumir ese desafío. Esa será la gran lucha del siglo XXI.

¿Le preocupan las consecuencias económicas de esta crisis? En España, el primer impacto, en cuanto a personas que han perdido sus empleos, es peor que en 2008.
La gran cantidad de personas que cada vez más pierden sus empleos o trabajan en condiciones extremadamente peligrosas pone de manifiesto la naturaleza tóxica de la relación capital-trabajo. En primer lugar, en Estados Unidos el consumismo impulsa el 70% de la economía. Acabe con él y la economía entrará en colapso. En segundo lugar, este tipo de desempleo crea una crisis ideológica y política que revela como en el seno del capitalismo neoliberal coexisten una crisis de legitimación y una crisis de conciencia. Esta situación es explosiva, las personas no morirán de hambre si pueden luchar y combatir contra un sistema que no ha logrado satisfacer sus necesidades humanas más básicas.

Se ha referido varias veces a la renta básica universal. Entiendo que una medida de este estilo la consideraría en la dirección correcta…
Absolutamente, es esencial. Pero es solo un paso en la reestructuración de sociedades que se preocupan poco por las necesidades humanas y priorizan la acumulación de capital por encima de todo lo demás. La clave para entender esta crisis es que debemos repensar el hecho de que el capitalismo y la democracia no son lo mismo, y ya es hora de que un nuevo lenguaje, visión y movimiento de masas den sentido a un futuro en el que la justicia, la igualdad y la libertad se unan en la forma de una sociedad socialista democrática, una que vaya más allá de las fronteras para abrazar un nuevo reinado de democracia global.

No sé si hay algo que quisiera añadir.
Mis mejores deseos de que ustedes se mantengan a salvo, vigilantes y valientes.



Por Diario de la Educación
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