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domingo, 10 de noviembre de 2013

Capital económico y capital cultural en la escuela


Es claro que existe una relación entre el éxito escolar y la posición social de la familia del alumno, lo cual aporta a la tesis de una escuela como una “máquina” de reproducir las diferencias sociales. Existe un “capital cultural” reconocido y valorado en las escuelas, que ayuda a definir una clase social ¿Qué ventajas otorga la posesión de este tipo de capital? ¿Cómo se asegura la reproducción de las diferencias?


La estrecha asociación entre origen social del alumno y su éxito o fracaso escolar es una manifestación empírica del proceso de reproducción de la desigualdad social. La teoría de la reproducción cultural formulada originalmente por Bourdieu pretende explicar las desigualdades a través de una compleja trama de interacciones entre los condicionantes económicos y culturales y las prácticas del sistema educativo. Mediante la socialización familiar, el niño hereda cierto capital cultural acorde con su pertenencia de clase.

El capital cultural socialmente más valorado (dominante) es más probable que aparezca entre los núcleos de mayor nivel socioeconómico (background familiar); al mismo tiempo, la escuela tiende a valorar precisamente ese capital. Entonces, el niño de origen social alto tiene mayor probabilidad de éxito porque posee cierto capital cultural, heredado de sus padres y valorado por la escuela, que le ayuda a dominar el currículo escolar, a diferencia del procedente de familia con menor estatus social. El capital cultural juega, entonces, un papel de factor intermediario entre el “origen social” del alumno (background familiar) y su aprendizaje.

Según Bourdieu, la realidad social es un conjunto de relaciones invisibles, un espacio de posiciones mutuamente externas, definidas por la distancias relativas entre unas y otras, de acuerdo con los recursos de que disponen y que pueden invertir (Bourdieu). Las clases sociales refieren a ese espacio social, entendido como externalidades recíprocas, cuya estructura es definida “por la distribución de las propiedades que están activas al interior del universo en estudio”, es decir, el capital, “trabajo acumulado, bien en forma de materia, bien en forma interiorizada” (Bourdieu), capaz de conferir “fuerza, poder y beneficios a sus poseedores” en sus diversas formas: capital económico -aquello que es “directa e inmediatamente convertible en dinero”-, social -recursos basados en conexiones y pertenencias a grupos o “relaciones” sociales- y cultural.

La sociedad entonces, es concebida como un espacio multidimensional, estructurado con base en diversos principios de estratificación, cuya operación y resultado pueden ser conocidos empíricamente. Para particularizar las diferentes posiciones en el espacio social sólo se necesitan tres coordenadas: “volumen global de capital, composición del capital y trayectoria social” (Bourdieu). Sobre esta base, los agentes son asignados en posiciones relativas de acuerdo con un sistema multidimensional de coordenadas, donde cada posición expresa valores concretos de las diferentes variables intervinientes. Por lo tanto, tales principios permiten reagrupar a los individuos en clases, donde los agentes son lo más similar posible en el mayor número posible de respectos y lo más distinto posible de los agentes de otras clases: “la mayor separación posible entre clases de la mayor homogeneidad posible”. Desde esta perspectiva, la clase social es un:

[…] conjunto de agentes que, por el hecho de ocupar posiciones similares en el espacio social (es decir, en la distribución de poderes) están sujetos a condiciones de existencia y factores condicionantes similares y, como resultado, están dotados de disposiciones similares que los dirigen a desarrollar prácticas similares.

Todo comportamiento del agente social está situado en un campo de acción particular, con un sistema de evaluación y prácticas que lo definen, es decir, con determinadas reglas del juego. Todos los individuos que interactúan en una campo tienen una posición relativa, de acuerdo con los recursos de que disponen y que pueden invertir, pero en cada campo de interacción, éstos pueden tener valores diversos y de diferentes formas.

La estructura de las relaciones objetivas “se presenta a sí misma como un mundo simbólico” (Bourdieu), es decir, como sistema simbólico (arbitrario cultural), con una doble función: estructurar la realidad fenoménica, práctica y, al mismo tiempo, imponer o legitimar la dominación de una clase sobre otras (Bourdieu); es decir, funciona como “instrumentos estructurados y estructurantes de comunicación y conocimiento” que producen el “desconocimiento” de las relaciones de dominación sobre la cual descansa su propio poder simbólico.

En cualquier sociedad con clases existen “arbitrarios culturales” relacionados con tal configuración y los conflictos sociales tienen como objetivo principal la apropiación del poder simbólico, es decir, la capacidad de definir simbólicamente a la realidad social. Pero esto último es posible sólo a condición de una autonomía relativa del sistema simbólico, con su propia estructura y lógica interna. En la sociedad capitalista, dichos sistemas, es decir, las diferentes formas de capital cultural están relacionados jerárquicamente, de manera paralela pero no homóloga, a la jerarquía del capital económico. Los capitales culturales son producidos, distribuidos y consumidos a través de relaciones sociales relativamente autónomas de aquellas que producen otras formas de capital, como el económico. Si bien esto no implica independencia total de la estructura de clases, lo cierto es que existe una división del trabajo entre los que poseen capital político y económico o cultural. Si el capital económico asegura la dominación, esto no implica el control de los circuitos de producción y distribución del capital cultural. La teoría distingue, entonces, al menos dos fracciones de las clases dominantes: aquellas que poseen el capital económico y las que poseen el lingüístico y cultural. Son dos distribuciones diferentes, es decir, quienes cuentan con más capital económico no son quienes necesariamente tienen más capital cultural.

Por otro lado, el sistema educativo tiene e impone su propio arbitrario cultual, que es compatible y concordante, con el de las clases dominantes -simbólicamente dominante-, o sea, se lo puede considerar como una de sus variantes. Así, la educación consiste en imponer arbitrarios culturales de las clases culturalmente dominantes sobre los niños que vienen de otras culturas (violencia simbólica). De esta forma, sólo a un conjunto de códigos y comportamientos conexos se los reconocerá como legítimos, se los universalizará como válidos para el conjunto de la sociedad. Dado la convergencia entre el arbitrario cultural de la educación y el de las clases dominantes, éstas determinarán cuáles son los límites de la educación legítima, no a través de una conspiración o voluntad concertada sino, más bien, por la dominación cultural que la propia imposición del sistema educativo posibilita.

Asimismo, el modo de inculcación y los criterios de evaluación empleados por el sistema son más cercanos al tipo de interacción observado en las familias de las clases dominantes que las propias de las dominadas. Así pues, la aparente neutralidad de la cultura escolar oculta, enmascara su propia contribución a la reproducción y legitimación de las desiguales relaciones entre las clases sociales, haciendo que para todos y cada uno, la cultura de la clase dominante se muestre superior al resto. La consecuencia es que los alumnos provenientes de las clases dominantes estarán aventajados en la escuela porque ya han incorporado ciertas relaciones con el lenguaje y la cultura que les ayudarán a encontrar las actividades educativas más inteligibles y familiares, es decir, traen a la escuela todo lo que ella requiere y, por lo tanto, su éxito dentro de ella será más probable. En cambio, los niños de las clases dominadas sufren la “violencia simbólica”, dado que se les impone la cultura dominante y, por lo tanto, estarán más cerca del fracaso que del éxito escolar.


Extraído de:
Desigualdades en el logro académico y reproducción cultural en Argentina.
Un modelo de tres niveles
RUBÉN CERVINI
Prof. Titular de la Universidad Nacional de Quilmes

sábado, 2 de noviembre de 2013

Aporte cultural de Paulo Freire


En el presente post transcribo reflexiones sobre el trabajo del más grande pedagogo latinoamericano del siglo XX ¿Cuál es su aporte a la práctica cultural? ¿Qué sentido le daba a la enseñanza y al aprendizaje?


No se debe obviar que el pensamiento cultural y en particular pedagógico de P. Freire se produce, es decir se origina de la comprensión de la sociedad brasileña; sociedad que tiene características muy semejantes a muchos países de nuestra subregión, viene de un subdesarrollo estructural engendrado por siglos de opresión colonial y neocolonial que provoca una actitud en cierto sentido conservadora, lo que algunos llaman sociedad cerrada (H. Marcuse); Pero en esta misma sociedad, a la vez, está latente la utopía, es decir allí el ser humano sueña con su libertad, quiere superar la opresión para lo cual se requería cambio, transición. De este modo Freire percibe que no se trata sólo del cambio del contexto, sino del ser humano mismo que debía provocar ese cambio y cambiar él mismo, en este sentido el ser humano “era tránsito”; un ser humano que debía iniciar un tránsito donde en la práctica misma debía superar la dicotomía entre la teoría y la práctica; ese hombre, cual sujeto, debía desalojar de sí la imagen del opresor y abrirse al tránsito que va entre una conciencia ingenua hacia una conciencia crítica, a esto Freire lo comprendió como proceso de “concientización”, término que dejó de utilizar a finales de la década del 60.

Analizando los diversos matices de esa realidad brasileña, así como las relaciones entre el contexto y el sujeto, Freire capta contradicciones fundamentales:

-          Que en la práctica cultural (en la familia, la escuela, la sociedad misma) se manipulaba al sujeto y que generalmente se les “domesticaba” en vez de liberarlos; de aquí la resistencia, la actitud contestataria frente a los mecanismos y la educación recibida;

-          Por otro lado los métodos no funcionaban, la sociedad brasileña era cerrada y conservadora buscaba “domesticar” y promovía una educación “bancaria” (la de transmitir). Es a partir de esto que Freire propone una educación problematizadora, la que conceptualiza como “pedagogía del oprimido”, como “pedagogía de la autonomía” y como “pedagogía de la esperanza”.

En esencia su aporte a la práctica cultural:
-          Los procesos culturales, en particular los educativos, se deben a la sociedad en la cual estén ubicados; no se debe obviar ese contexto, hay que partir de él y de su conocimiento

-          Los modelos, programas y filosofías educativas deben partir de las características de su propio pueblo, de su cultura, de sus intereses y necesidades, y a partir de ello proponer una educación (políticas, estrategias, programas, proyectos, etc.) para ese pueblo.

-          La educación formal se deba a un concepto explícito del ser humano; que la educación responda a las necesidades del ser humano de esa sociedad, se impone entonces conocer nuestras necesidades para a partir de ellas generar y desarrollar una pedagogía propia.

Aporte epistemológico de Paulo Freire.
Este aporte se puede abordar desde diferentes aspectos de su obra, entonces aquí debe limitarse a su contribución a los problemas de la construcción de la identidad, parte medular hecha en lo que se ha conocido como educación liberadora. Freire comienza su labor práctica de educación liberadora en su trabajo desde y con las comunidades campesinas de Pernambuco.

A partir de una mirada crítica de la tradicional práctica cultural (manipulación y domesticación) Freire responde discutiendo dos aspectos del aula: el sentido de la enseñanza y el aprendizaje que es un proceso de aula, y el giro epistemológico a este mismo nivel.

El sentido de la enseñanza y del aprendizaje en procesos culturales de naturaleza educativa.
Paulo Freire enfatiza el carácter dialéctico de esta relación: la enseñanza no existe sin el aprendizaje, ni el aprendizaje sin enseñanza. Aún cuando su posición al respecto es bastante conocida, es prudente reafirmarlas sobre todo para señalar la forma de su para la misma verticalidad de la cual con mucha dificultad nos liberamos. Para Freire en un proceso educativo no se trata de que sólo el que el maestro, el promotor cultural, sea quien enseñe y que el discente sea el único que aprenda. Ambos enseñan y ambos aprenden en ese proceso educativo.

Por eso, el educador (educador popular, promotor cultural, gestor cultural, etc.) debe permanecer y “disponible para repensar lo pensado {y} revisar sus posiciones”. Los educandos, desafiados por el educador, despiertan su curiosidad, se asocian con el conocimiento antes adquirido espontáneamente o con las lecturas, propone preguntas, aventura sugerencias, enseña mientras aprende. Esta relación dialéctica no disuelve la responsabilidad que en el proceso tiene cada cual, el educador de un lado prepararse para compartir esos conocimientos y el educando de estudiar cada asunto de manera independiente.

La superación “bancaria” de la educación y la opción de una educación “problematizadora” genera la transformación de una educación centrada únicamente en el educador, pero también supera la concepción de la educación solamente centrada en los educandos. La educación tiene dos protagonistas. La enseñanza y el aprendizaje es, en la práctica, la acción cultural de ambos sujetos. Freire hace de ese espacio educativo un laboratorio de democracia cultural, donde ambos sujetos son responsables del éxito o del fracaso de la gestión educativa.

Pero la contribución de P Freire no se reduce a esto. Es decir la educación no se agota en esta relación de enseñanza y aprendizaje porque ambos son parte de un proceso cualitativamente mayor, ascendente, que es el proceso del conocimiento.

Esta es una invitación a reconsiderar lo que generalmente se comprende como una definición de lo que es educación. La educación formal y no-formal, es un proceso de enseñanza y aprendizaje, pero es ante todo un proceso de conocimiento. Es decir aquí P. Freire incorpora, al nivel de procesos educativos, una inquietud epistemológica fundamental.

El giro epistemológico del espacio educativo como núcleo del espacio cultural.
Una de las aportaciones más importantes de Freire a la educación universal sea haber llevado la perspectiva epistemológica al proceso educativo a nivel del aula y de espacios educativos en diversas comunidades de diversos países. Freire considera que son investigadores educandos y educadores. Esto significa que los proyectos educativos de todo tipo deben ser espacio para potenciar las relaciones democráticas entre educador y educando, que no es sólo un espacio donde se da un nuevo sentido a la enseñanza y el aprendizaje, sino que es un espacio donde se procede científicamente. Educación no es la repetición de conocimiento ya hecho, sino que es reproducción de ese conocimiento y es producción de un nuevo conocimiento.

En este sentido Freire lleva desde la educación no-formal hasta los diferentes niveles de la educación formal, el desafío de trabajar científicamente. Cuando Freire realizó su experiencia con los campesinos en Pernambuco llevó con sigo un equipo de especialistas, un equipo interdisciplinario y estaba compuesto por lingüista, semiólogo, dibujante, maestro. En el equipo cada cual tenía una tarea diferenciada; pero Freire preparó el aula que él llamó “Círculo de Cultura”. El trabajo fue interdisciplinario no precisamente porque hubiera en el mismo equipo especialistas de diferentes ramas, ni porque el propósito de conjunto fuera alfabetizar campesinos, sino porque los resultados de cada cual estaban condicionados a un proceso de investigación, de discusión colectiva de esa investigación, por las decisiones hechas en común, por la programación del proceso educativo como totalidad y por la elaboración de materiales con la participación de todos los miembros del grupo.

De este modo se convocaba ese “Círculo de Cultura” y se ubicaban situaciones del propio contexto como objeto de estudio para que el propio campesino (investigador) lo analizara, y el método utilizado fue la descodificación del cuadro o problema presentado para diferenciar, por ejemplo, en uno de esos cuadros lo natural de lo cultural. Así se repitió durante cada diez días y en ese espacio cada especialista presentaba su lectura de la realidad, como dibujante, filólogo, etc. Es decir el educador (especialista) ofrecía la orientación necesaria, plantear el problema e hincar el proceso de descodificación a cargo del campesino investigador, el educando. Esta experiencia de alfabetización de Freire no sólo fue un acto cultural, sino un procedimiento científico, luego de convertir al educador en un desafiador para que se diera el conocimiento, y hacer del campesino, desde el inicio del proceso de enseñanza-aprendizaje un investigador.

En el proceso educativo se producen dos procesos a la vez: el proceso de enseñanza aprendizaje y un proceso de producción de conocimientos. La esencia misma de esta experiencia se realiza en Chile de otra forma con técnicos con formación universitaria.

Ese trabajo en el aula, en el Taller, es decir, en un espacio cultural dado, es un proceso de recreación y creación de conocimientos y, a la vez, es un proceso de investigación. Es decir se trata de plantear el contenido de un adecuado Objeto de estudio para que ambos, el educador y el educando, lo investiguen y dialoguen sobre los resultados de esa investigación. De manera que la convergencia, la integración de docencia e investigación es un esfuerzo por ver el espacio educativo como productor y reproductor de conocimiento.

Pero las implicaciones epistemológicas en Freire van más allá de los criterios del sujeto, el objeto y método. Freire propone la práctica como punto de partida y criterio permanente para la investigación. Es decir partiendo de la propia práctica que luego se hace posible el cambio de esa realidad estudiada. Es más, la teoría nace de la práctica y es, a partir de ella, que se supera la dicotomía tan discutida entre teoría y práctica. Entonces al iniciar un proceso de cambio, de crecimiento cultural hay que partir de nuestra práctica, diría Freire, de la investigación y reflexión de ella. Freire nos plantea no sólo como superar el verticalismo, sino que incluso señala el camino de una investigación que tenga como interés la acción – pero no cualquier acción, sino – la acción emancipadora, esto es liberadora.




Extraído de
APORTES DE PAULO FREIRE: PERSPECTIVA EPISTEMOLÓGICA
AUTORES:
Alisa Natividad Delgado Tornés
Doctora en Ciencias Filosóficas. CEDIC. Facultad de Ciencias Sociales. Universidad de Oriente. Santiago de Cuba
Jorge Mesa Castillo
En
Revista Colegio Universitario. Vol. I, No. 2, Año 2012.

jueves, 3 de enero de 2013

Sin la escuela no se puede

Hoy existe una mayor accesibilidad a la información, ya no se encuentra únicamente depositado en libros, guardados en ciertos lugares, sino que está en Internet. Entonces ¿Por qué no se distribuye igualitariamente? ¿Podemos pensar en equidad sin las escuelas? ¿Basta con ellas para lograr una sociedad culturalmente igualitaria?



Sin la escuela no se puede construir una sociedad más justa e integrada. Esta proposición es cada vez más verosímil en las condiciones actuales del desarrollo social. En efecto, es para todos una evidencia que la riqueza de las sociedades y el bienestar de las personas depende cada vez más de la calidad y cantidad de conocimientos que ha logrado incorporar y desarrollar. El conocimiento es un capital cada vez más estratégico para producir y reproducir la riqueza. Pero si es un capital, ¿porqué extraña razón éste tendría una distribución más igualitaria que las otras especies de capital (por ejemplo la tierra, los activos, el dinero, etc.)? Algunos creen que el conocimiento es un recurso que está igualmente disponible para todos. Esto es una ilusión. Es cierto que los medios masivos de comunicación e información, el desarrollo de Internet, por ejemplo, pone al alcance de la mano productos culturales (obras de arte, textos, fórmulas, información, etc.) que cuando sólo una existencia material (libros, aparatos, cuadros, etc.) estaban concentrados en determinados lugares físicos y lejos del alcance de las mayorías. Hoy pareciera ser que todo el saber acumulado por las disciplinas está disponible para quien puede pagar el costo de unas horas de internet. Pero no es lo mismo tener un libro en la biblioteca que transformar el saber en el libro en un saber incorporado y transformado en competencia, es decir, en saber hacer. La incorporación de saber, el desarrollo del conocimiento en las personas es una tarea muy compleja y que requiere de una combinación de elementos y recursos que tienen un costo y no están disponibles para todos. El primer aprendizaje, el aprendizaje estratégico que le permite a los sujetos aprender toda la vida necesita del auxilio de una institución especializada: la escuela. Por eso, para mejorar la distribución de esa riqueza estratégica que es el conocimiento la escuela es necesaria.



Pero la escuela sola no puede
Si el aprendizaje es el resultado de un proceso donde participa el aprendiz además de las condiciones escolares es preciso contar con determinadas condiciones sociales que la escuela no está en condiciones de garantizar. Si se quiere construir una sociedad más igualitaria y más justa no basta contar con una política educativa adecuada, sino que es preciso articular políticas económicas y sociales que garanticen la provisión destinadas a garantizar mínimos de bienestar, la satisfacción de necesidades básicas que constituyen el cimiento de la ciudadanía y la realización práctica de los derechos sociales instituidos en todas las constituciones republicanas de los Estados latinoamericanos.



Las interdependencias que existen entre el desarrollo educativo, el desarrollo social y el desarrollo económico de nuestras sociedades nos obligan a replantear la visión clásica de las políticas públicas. La política educativa no alcanza los objetivos que normalmente se propone sin una adecuada articulación con las políticas económicas (productivas y distributivas) y sociales (resdistributivas). A su vez, las políticas económicas orientadas al crecimiento y a la inserción exitosa de nuestras sociedades en el mercado internacional requieren de fuertes inversiones en el campo de la producción y distribución social del conocimiento científico y tecnológico. El desarrollo económico no es posible sin desarrollo educativo y éste no es posible sin generación de riqueza y sin una distribución equitativa de la misma.



Si la escuela sola no puede es inútil formular y ejecutar reformas educativas aisladas o desarticuladas de las políticas económicas y sociales. La mejor intencionada de las reformas educativas fracasará ante los límites que pone la exclusión social a cualquier intento de democratizar el ingreso y el aprendizaje en las instituciones escolares. Sólo una estrategia integral de desarrollo (¿porqué no volver a la idea de plan estratégico de desarrollo integral con las necesarias adecuaciones a los tiempos actuales?) puede favorecer el desarrollo de una sociedad más rica, más igualitaria y también más libre.



Sin una intervención pública integral, en un marco institucional democrático, seguirá reproduciéndose el ciclo del voluntarismo educativo seguido de la decepción y el retorno del pesimismo pedagógico estéril y paralizante. Por eso nunca es suficiente insistir con colocar el tema del conocimiento no sólo en el centro de las políticas sociales, sino en el centro mismo de cualquier estrategia exitosa y realista de desarrollo económico nacional. Las visiones parciales y sectoriales de las políticas públicas sólo producen las reiteradas demandas de articulación y coordinación difíciles de realizar ex-post.





Extraído de
Dimensiones de la exclusión educativa y las políticas de inclusión
Emilio Tenti Fanfani
Este texto retoma y sintetiza argumentos presentados en el libro de Emilio Tenti Fanfani “La escuela y la cuestión social. Ensayos de sociología de la educación” (Siglo XXI, Buenos Aires 2007)


viernes, 14 de diciembre de 2012

El drama de la exclusión cultural

¿En qué consiste la “Exclusión cultural”? ¿Es lo mismo que la material? ¿Existe “hambre” de bienes culturales? ¿Es lo mismo “demanda de escolarización” que “demanda de conocimientos”? ¿Se puede buscar la equidad a partir de la demanda? ¿Qué naturaleza deben tener las políticas educativas?



 La exclusión de la cultura no es como la exclusión de bienes materiales. El que no tiene que comer, que padece la dolorosa experiencia del hambre tiene conciencia y sabe muy bien qué es lo que necesita y dónde ir a buscarlo (si es preciso por la fuerza y asaltando supermercados).



El hambre (necesidad material por excelencia) es una de los cinco miedos de los habitantes del año 1000 ..... y del año 2000. En cierto modo no hay necesidad más "sentida". Sin embargo no existe un "hambre automática de saber". El uso de esta expresión es más bien retórico. En las sociedades latinoamericanas actuales, pese a las carencias y desigualdades de conocimiento y de aprendizaje, no existe una "demanda” fuerte y socialmente organizada de matemáticas o lenguaje (menos aún física o química). Conocemos y hemos conocido en el pasado movimientos sociales a nivel internacional y también local que demandaban escolaridad, es decir, que pedían al Estado la fundación de escuelas o la ampliación de "bancos" (escolares). Pero no es lo mismo la demanda de escolaridad que la demanda de conocimiento. Es más, nuestras sociedades han sido mucho más eficientes para extender la escolarización que para desarrollar conocimientos socialmente valiosos en todas las personas. Vale la pena recordar que es más fácil construir escuelas en todo el territorio nacional que desarrollar el aprendizaje en las personas. Lo primero requiere voluntad política y recursos. Lo segundo ni siquiera sabemos muy bien como hacerlo y además requiere de otros recursos (humanos, institucionales, pedagógicos, etc.) más complejos que es preciso desarrollar y no simplemente "invertir". Además estos recursos también cuestan.



Volviendo a nuestro argumento, existe una demanda cierta de escolarización, pero no hay un movimiento social para poner determinados conocimientos al alcance de todos. En éste sentido no existe propiamente hablando una demanda generalizada de conocimiento o bien existe de un modo muy desigual. En realidad estamos en presencia de una paradoja, los que más capital cultural tienen son los que más demandan y exigen. En el extremo, los más desposeídos de cultura son quienes están en peores condiciones de demandarla. Y esto también refuerza el círculo vicioso de las desigualdades.



Creer que se puede romper este círculo sólo con una política educativa "centrada en la demanda" (política que supone que esta demanda existe y es un "dato" y que sólo hay que proveerle información para que se movilice) es una ilusión. Sólo una voluntad colectiva para construir una sociedad más justa puede sostener políticas sostenidas de igualdad. En este sentido la escuela pública es uno de los últimos resabios del Estado Benefactor. Su presencia masiva en el territorio, la convierte en una poderosa herramienta de política pública y como tal es un bastión de los valores colectivos que es preciso no sólo defender, sino incluso fortalecer y expandir. Más que subordinar la oferta a una demanda (inexistente o defectuosa) es preciso partir de la política. En este sentido hay que redefinir el sentido mismo de la obligatoriedad escolar que usaron nuestros padres fundadores (que eran liberales, pero de ninguna manera partidarios del espontaneísmo ingenuo). Lo que debiera ser "socialmente obligatorio" sería el conocimiento y no la escolarización. Y hoy nuestras sociedades pueden definir en forma democrática cuál es el contenido de esos conocimientos fundamentales que es preciso desarrollar en las nuevas generaciones para garantizar su inserción en la sociedad.



Una política educativa inspirada en la construcción de una sociedad justa no excluye una serie de intervenciones específicamente orientadas a generar y orientar la demanda de capital cultural. Si no se lo hace en forma consciente y pública, la demanda cultural termina siendo una consecuencia (intencional o no intencional) de los aparatos de producción y difusión de cultura de masas, los cuales, por razones estructurales están lejos de tener como objetivo prioritario la distribución equitativa del capital cultural acumulado por la humanidad.







Extraído de
Dimensiones de la exclusión educativa y las políticas de inclusión
Emilio Tenti Fanfani
Este texto retoma y sintetiza argumentos presentados en el libro de Emilio Tenti Fanfani “La escuela y la cuestión social. Ensayos de sociología de la educación” (Siglo XXI, Buenos Aires 2007)


sábado, 16 de julio de 2011

Modelo cultural-reproductor

Dentro de las teorías de la reproducción social, está el modelo cultural-reproductor, cuyo mayor exponente es Boudieu, este se preocupa por el modo en que nuestra sociedad de clases se autoreproduce, y cuál es el papel de la Cultura. En el siguiente artículo Henry Giroux explica sus fundamentos.


La enseñanza y las teorías de la reproducción
Autor
Henry A. Giroux
Las teorías de la reproducción cultural también se preocupan por la cuestión del modo como las sociedades capitalistas son capaces de autorreproducirse. Es de central importancia en estas teorías un esfuerzo sostenido por desarrollar una sociología de la enseñanza que vincule las nociones de cultura, clase y dominio. Al papel de mediador que juega la cultura en la reproducción de las sociedades de clase se le da prioridad sobre otros temas relevantes, como el del origen y las consecuencias de la desigualdad económica. El trabajo de Pierre Boudieu y sus colegas en Francia representa la perspectiva más importante para el estudio del modelo cultural-reproductor.

La teoría de la reproducción cultural de Bourdieu comienza con la idea de que la lógica del dominio —ya sea que se manifieste en las escuelas o en otros sitios sociales— debe ser analizada dentro de un marco teórico capaz de vincular dialécticamente al sujeto humano y las estructuras dominantes. Bourdieu rechaza las teorías funcionalistas que o bien atribuyen los efectos de la dominación a un solo aparato central o bien no alcanzan a ver que los dominados participan en su propia opresión. Este rechazo se esclarece en la teoría de la enseñanza de Bourdieu, la cual intenta vincular las nociones de estructura e intervención humana mediante un análisis de la relación que existe entre la cultura dominante, el conocimiento escolar y las biografías personales. En su intento por comprender el papel de la cultura como medio que vincula, primero, las escuelas a la lógica de las clases dominantes, y segundo, la dinámica de la reproducción capitalista a las clases subordinadas, Bourdieu argumenta en contra de la noción de que las escuelas simplemente reflejan a la sociedad dominante. Afirma, en cambio, que las escuelas son instituciones relativamente autónomas que están influidas sólo de manera indirecta por instituciones económicas y políticas más poderosas. Las escuelas, más que estar ligadas directamente al poder de una élite económica, son consideradas como parte de un universo más amplio de instituciones simbólicas que no imponen de un modo manifiesto docilidad y opresión, sino que reproducen más sutilmente las relaciones de poder ya existentes mediante la producción y distribución de la cultura dominante que confirma tácitamente lo que significa tener educación.
La teoría de la reproducción cultural de Bourdieu comienza con el presupuesto de que las sociedades divididas en clases y las configuraciones ideológicas y materiales que las sustentan se encuentran mediadas y reproducidas parcialmente a través de lo que él llama “violencia simbólica”. Es decir, el control de clase se constituye mediante un sutil ejercicio de poder simbólico que llevan a cabo las clases dominantes para “imponer una difinición del mundo social que sea consistente con sus intereses”.  La cultura se convierte en el vínculo mediador entre los intereses de la clase dominante y la vida cotidiana. Funciona para mostrar los intereses económicos y políticos de las clases dominantes, no como arbitrarios e históricamente contingentes, sino como elementos necesarios y naturales del orden social.

La educación se considera como una fuerza política y social importante en el proceso de reproducción de las clases. Al aparentar ser “transmisores” de los beneficios de una cultura valiosa, las escuelas pueden promover la desigualdad en nombre de la imparcialidad y de la objetividad. Mediante este argumento, Bourdieu rechaza tanto la postura idealista que considera a las escuelas como sitios independientes de las fuerzas externas, cuanto las críticas ortodoxas radicales para las cuales las escuelas solamente reflejan las necesidades del sistema económico. De acuerdo con Bourdieu, es precisamente la autonomía relativa del sistema educacional la que “le permite cumplir con las exigencias exteriores bajo la apariencia de independencia y neutralidad. Es decir, ocultar las funciones sociales que desempeña y, de esta manera, desempeñarlas con mayor efectividad”.

Las nociones de cultura y capital cultural son centrales para Bourdieu en el análisis de cómo funcionan los mecanismos de reproducción cultural en las escuelas. Bourdieu argumenta que la cultura que se transmite en la escuela se relaciona con las diferentes culturas que conforman la sociedad en su conjunto, en tanto que confirma la cultura de la clase dominante mientras que, al mismo tiempo, desconfirma las culturas de otros grupos. Esto se vuelve más comprensible mediante un análisis de la noción de capital cultural: los diferentes conjuntos de elementos culturales y de competencia lingüística que heredan los individuos a través de los límites de la clase a la que pertenece su familia. Un niño hereda de su familia conjuntos de significados, atributos de estilo, modos de pensar y tipos de inclinación que reciben un status y un valor social determinado de acuerdo con lo que la clase o clases dominantes califican como el más valioso capital cultural. Las escuelas juegan un papel especialmente importante en la legitimación y reproducción del capital cultural dominante. Tienden a legitimar ciertas formas de conocimiento, modos de hablar y modos de relacionarse con el mundo que aprovechan el tipo de familiaridad y de destrezas que sólo ciertos estudiantes han recibido de sus antecedentes familiares y de sus relaciones de clase. Los estudiantes cuyas familias sólo tienen una leve conexión con el capital cultural dominante están en obvia desventaja. Bourdieu resume este proceso de la siguiente manera:
La cultura de la élite está tan cercana a la de la escuela, que los niños de la clase media baja (y a fortiori de clase trabajadora agrícola e industrial) sólo pueden adquirir con gran esfuerzo aquello a que a los niños de las clases cultivadas les ha sido dado —estilo, gusto, ingenio— en resumen, aquellas aptitudes que parecen naturales en los miembros de las clases cultivadas y que se esperan naturalmente de ellos precisamente porque (en el sentido etnológico) ellos son la cultura de esa clase.

Al vincular poder y cultura, Bourdieu proporciona una serie de percepciones de cómo funciona en las escuelas el plan de estudios hegemónico, y señala los intereses políticos que están como trasfondo en la sección y distribución de aquellas ramas del conocimiento a las que se les da la más alta prioridad. Estas ramas del conocimiento no sólo ratifican los intereses y valores de las clases dominantes, sino que también surten el efecto de marginar y des-confirmar otros tipos de conocimiento particularmente importantes para las feministas, la clase obrera y los grupos minoritarios. Por ejemplo, los estudiantes de la clase obrera se encuentran sometidos a un plan de estudios escolar en donde la distinción entre el conocimiento que representa un status alto y uno bajo se organiza en torno a la diferencia entre materias teóricas y prácticas.

Los cursos que tratan de cosas prácticas, ya sea artes industriales o culinarias, son considerados como marginales e inferiores. En este caso, los conocimientos y la cultura de la clase obrera están en competencia con lo que la escuela ratifica como los conocimientos y la cultura dominante. A la larga, el conocimiento y la cultura de la clase obrera terminan por ser vistos no como diferentes e iguales, sino como diferentes e inferiores. Es importante hacer notar que el conocimiento que representa un alto status se corresponde, a menudo, con aquellas ramas del conocimiento que proporcionan la piedra de toque para una carrera profesional por la vía de la educación superior. Este conocimiento encarna el capital cultural de las clases media y alta y presupone una cierta familiaridad con las prácticas lingüísticas y sociales que las sostienen. Está de sobra decir que este conocimiento no sólo es más accesible para las clases altas, sino que también funcionan para confirmar y ratificar su posición privilegiada en las escuelas. Así, la importancia del plan de estudios hegemónico recae tanto en lo que incluye —con su énfasis en la historia occidental, la ciencia, etcétera— como en lo que excluye —historia del feminismo, estudios de cultura negra, historia del trabajo, profundidad en los cursos de arte y otras formas de conocimiento importantes para la clase obrera y para otros grupos subordinados.

Así, las escuelas ratifican el capital cultural dominante mediante sus ramos de conocimiento escolar, ordenadas jerárquicamente en el plan de estudios hegemónico, y mediante la recompensa a aquellos estudiantes que usen el estilo lingüístico de la clase dominante. Ciertos estilos lingüísticos, junto con las posturas corporales y las relaciones sociales que refuerzan (voz baja, tono desinteresado, nula interacción táctil), actúan como formas identificables de capital cultural que revelan o traicionan los antecedentes sociales del estudiante. En efecto, ciertas prácticas lingüísticas y modos de discurso resultan privilegiados porque se consideran como naturales en los dotados, cuando de hecho son los hábitos de lenguaje de las clases dominantes; y así se perpetúan los privilegios culturales.

Clase y poder se conectan con la producción de capital cultural dominante no sólo en la estructura y evaluación del plan de estudios escolar, sino también en las inclinaciones de los mismos oprimidos que muchas veces participan activamente en su propio sometimiento. Este punto es de vital importancia para la teoría de la reproducción cultural de Bourdieu y puede ser estudiado con mayor detenimiento mediante la discusión de sus nociones de habitat (posiciones) y habitus (inclinaciones).

En los escritos más recientes de Bourdieu se examina la relación entre acción y estructura mediante formas de acción históricas que juntan dos historias. La primera es el habitat o historia objetivada, “la historia que en el transcurso del tiempo se ha acumulado en cosas. Máquinas, edificios, monumentos, libros, teorías, costumbres, leyes, etcétera”. La segunda se refiere a la historia encarnada del habitus y se refiere a la interiorización de una serie de competencias y necesidades estructuradas; a un estilo de conocimiento y un modo de relacionarse con el mundo que están arraigados en el cuerpo mismo. El habitus, entonces, se convierte en una “matriz de percepciones, apreciaciones y acciones”,  “un sistema duradero de esquemas de percepción adquiridos, de pensamiento y acción, engendrados por condiciones objetivas pero que tienden a persistir aun cuando se alteren dichas condiciones”. El habitus es producto tanto de la socialización como de la historia encarnada y es diferente para los distintos grupos dominantes y subordinados dentro de la sociedad. Como conjunto de principios inscritos profundamente en las necesidades e inclinaciones del cuerpo, el habitus se convierte en una fuerza poderosa en la organización de la experiencia individual y es la categoría central que permite situar la intervención humana dentro de la actividad práctica.

A partir de la relación dialéctica entre instituciones tales como la historia objetivada y el habitus o las inclinaciones de las diferentes clases, Bourdieu intenta idear una teoría de la dominación y el aprendizaje. Bourdieu explica el proceso de dominación al argumentar que a menudo se forja mediante una correlación entre una cierta inclinación (habitus) y las expectativas e intereses asentados en la posición de ciertas instituciones específicas (habitat). Así, la dinámica de la dominación se manifiesta en la relación de correspondencia entre los valores e ideologías inscritos tácitamente en la creación de disposiciones y normas del individuo y las ideologías insertas en las posiciones que caracterizan a instituciones tales como la escuela. Además, para Bourdieu las nociones de habitus y habitat revelan cómo se forja la dominación en una lógica que unifica esas ideologías y prácticas que a su vez constituyen tanto sujetos como estructuras. “Las inclinaciones que se inculcan en la experiencia infantil del mundo social —que, en determinadas condiciones históricas, pueden predisponer a jóvenes trabajadores a aceptar e incluso desear entrar a un trabajo manual que ellos identifican con el mundo de los adultos— se refuerzan por la misma experiencia en el trabajo y por los cambios consecuentes en sus inclinaciones”.

La importancia de la noción de habitus para una teoría de la enseñanza se torna evidente en la teoría ampliada del aprendizaje que sugiere. Bourdieu argumenta que los individuos de distintos grupos y clases sociales sufren procesos de socialización que no son procesos intelectuales solamente, sino que también son emocionales, sensoriales y físicos. El aprendizaje, en este caso, está situado activamente en la vida práctica del cuerpo, de los sentidos y de las emociones; está organizado en torno a prácticas culturales con su especificidad de clase que inscriben sus mensajes más allá de la conciencia, en la materialidad del cuerpo y los valores e inclinaciones que éste significa. Bourdieu explica:
Los principios encarnados en (habitus) [...] están situados más allá de la comprensión consciente, y por tanto no puede tocarlos una deliberada voluntad de transformación, ni pueden siquiera hacerse más explícitos; nada parece más inefable, más incomunicable, más inimitable y, por tanto, más preciado que los valores a los que se les da cuerpo, que hacemos cuerpo mediante la transustanciación que se logra gracias a la persuasión oculta de una pedagogía implícita, capaz de infundir toda una cosmología, una ética, una metafísica, una filosofía política, a través de imperativos tan insignificantes como “párate derecho” o “no tomes el cuchillo con la mano izquierda”.

El trabajo de Bourdieu es significativo porque proporciona un modelo teórico para entender aspectos de la enseñanza y del control social que han sido virtualmente ignorados en los trabajos de los liberales y de los conservadores. Su politización del conocimiento escolar, de la cultura y de las prácticas lingüísticas formula un nuevo discurso que ayuda a examinar las ideologías asentadas en el plan formal de estudios en las escuelas. De manera similar, Bourdieu añade una nueva dimensión a los análisis del plan de estudios oculto al centrarse en la importancia del cuerpo como objeto de conocimiento y control social.  En efecto, lo que surge de esta descripción son los rudimentos teóricos de un modelo cultural-reproductor que intenta tomar en serio las nociones de historia, sociología y psicología.

Sin embargo, el trabajo de Bourdieu no está exento de algunas debilidades teóricas serias. Las más evidentes son las que conciernen a las nociones mecanicistas de poder y dominio y la visión determinista del sujeto humano que caracteriza a gran parte de su trabajo. Por ejemplo, la formulación de la noción de habitus que hace Bourdieu se basa en una teoría de control social y de psicología profunda que parece haber sido ideada exclusivamente según la lógica de la dominación. El siguiente comentario de Bourdieu es representativo de esta posición:

Los usos del cuerpo, de los lenguajes y del tiempo son todos objetos privilegiados del control social: innumerables elementos de la educación explícita —para no mencionar la transmisión práctica, mimética— se relacionan con el uso del cuerpo (“siéntate derecho”, “no toques”) o usos de lenguaje (“di esto” o “no digas aquello”). Mediante una disciplina corporal y lingüística [...] las opciones que constituyen una determinada relación con el mundo se interiorizan en la forma de patrones duraderos a los que no tiene acceso a la conciencia y que ni siquiera, en parte, obedecen a la voluntad. La cortesía contiene una política, un reconocimiento práctico inmediato de las clasificaciones sociales y de las jerarquías entre los sexos, las generaciones, las clases, etcétera.

Desafortunadamente, donde aparece en el trabajo de Bourdieu la posibilidad conceptual para una teoría de la resistencia —es decir, en el desajuste entre el propio habitus y la posición que uno ocupa—, las bases para dicha acción no descansan en una noción de reflexividad o de autoconciencia crítica, sino en la incompatibilidad de dos estructuras: la estructura histórica de la inclinación y la estructura histórica encarnada en la institución. Así, la resistencia se convierte en el resultado de un conflicto entre dos estructuras formales, una situada en el reino del inconsciente y la otra en las prácticas sociales que forman instituciones como las escuelas. El resultado es que el poder del pensamiento reflexivo y la intervención histórica están relegados y pasan a ser un detalle teórico menor en la teoría del cambio de Bourdieu.

Otra falla teórica en el trabajo de Bourdieu es que la cultura representa, de alguna manera, un proceso de dominio en una sola dirección. Como resultado, esta teoría sugiere falsamente que las formas culturales y el conocimiento de la clase obrera son homogéneos y un mero reflejo pálido del capital cultural dominante. Bourdieu no reconoce la producción cultural de la clase obrera y su relación con la reproducción cultural mediante la compleja dinámica de la resistencia, la incorporación y el acomodo. La fusión de cultura y clase en los procesos de reproducción cultural plantea un buen número de problemas significativos. Primero, una descripción tal elimina el conflicto tanto entre las diferentes clases como en su propio seno, y da como resultado la pérdida de nociones tales como lucha, diversidad e intervención humana, por medio de una visión un tanto reduccionista de la naturaleza humana y de la historia. Segundo, al reducir las clases a grupos homogéneos cuya única diferencia radica en el ejercicio o la respuesta al poder, Bourdieu no proporciona ninguna posibilidad teórica para desentrañar cómo el dominio cultural y la resistencia están mediados por una interrelación compleja de raza, sexo y clase. Lo que le falta al trabajo de Bourdieu es la noción de que la cultura es un proceso tanto estructurador como transformador. David Davies capta esta dinámica en este comentario: “La cultura se refiere, paradójicamente, a la adaptación conservadora y la subordinación vivida de las clases, y a la oposición, resistencia y lucha creativa por el cambio”.

El análisis de la enseñanza de Bourdieu también sufre de un tratamiento unilateral de la ideología. Si bien resulta útil argumentar, como lo hace Bourdieu, que las ideologías dominantes se transmiten por las escuelas y que los estudiantes las incorporan activamente, es igualmente importante recordar que también se impone la ideología a los estudiantes, quienes ocasionalmente las perciben como contrarias a sus propios intereses y se resisten abiertamente a ella o bien se pliegan a ellas al sentir la presión de las autoridades de la escuela. En otras palabras, las ideologías dominantes no sólo se transmiten en las escuelas; ni se practican en un vacío. Por el contrario, a menudo encuentran resistencia en maestros, estudiantes y padres. Más aún, es razonable argumentar que, para tener éxito, las escuelas tienen que reprimir la producción de contra-ideologías. Roger Dale esclarece este proceso en su análisis del modo como la hegemonía funciona en las escuelas cuando escribe: la hegemonía no se refiere tanto al hecho de ganar aprobación para el status quo [...] Más bien, lo que parece estar en la mira es la prevención del rechazo, la oposición o las alternativas al status quo, en la medida en que se niega el uso de las escuelas para estos propósitos.

De manera similar, debe hacerse notar que las escuelas no son simplemente instituciones estáticas que reproducen la ideología dominante; son también agentes activos en su construcción. Esto se describe adecuadamente en un estudio etnográfico de las escuelas de la clase dominante que llevaron a cabo Robert Connell y sus colegas. Dicen:
La escuela genera prácticas mediante las cuales la clase se renueva, se integra y se reconstituye al afrontar los cambios en su propia composición y las circunstancias sociales en general en que trata de sobrevivir y prosperar. (Ésta es una práctica global que va desde las fiestas escolares, el deporte sabatino y las cenas con los padres entre semana, hasta la organización de un mercado matrimonial —por ejemplo bailes interescolares y— de una red informal en el terreno de las profesiones y de los negocios; va incluso hasta la regulación de la pertenencia a la clase, la actualización de la ideología y la subordinación de los intereses particulares a los intereses de la clase en su conjunto). La escuela de la clase dominante no es un mero agente de la clase; es una parte importante y activa de ella. En breve, es orgánica a su clase. Bourdieu escribió un famoso ensayo sobre “la escuela como conservadora”; nosotros podríamos sugerir que se ponga un igual énfasis en la escuela como constructora.

Al faltarle el desarrollo de una teoría de la ideología que hable del modo como los seres humanos dialécticamente crean, resisten y se acomodan a las ideologías dominantes, Bourdieu omite la naturaleza activa tanto de la dominación como de la resistencia. A pesar de sus afirmaciones, es importante insistir en que las escuelas no usurpan simplemente el capital cultural de las familias de la clase obrera y de los barrios. Se desarrollan relaciones complejas entre las escuelas y las familias de la clase obrera que necesitan ser analizadas en términos del conflicto y la lucha que los conforman. Este punto se pone de relieve en un estudio etnográfico de R. Timothy Sieber que hace la crónica de un episodio de la lucha por el poder en una escuela primaria en la ciudad de Nueva York. Este estudio refuerza un aspecto del análisis de Bourdieu al dar a conocer que a estudiantes de la clase media —con sus respectivas experiencias y competencias culturales— se les concedió privilegios académicos específicos y libertades que fueron negadas a los estudiantes de la clase obrera y a puertorriqueños que estudiaban en la misma escuela. Pero el aspecto más interesante del estudio de Sieber indica que la “posición privilegiada” y los beneficios educacionales que se proporcionaron a los estudiantes de la clase media fueron el resultado de una larga lucha entre la sección de la clase media de la comunidad y sus residentes, en su mayoría pertenecientes a la clase obrera. El predominio de la cultura de la clase media fue el resultado de una lucha política y, en contra de los postulados de Bourdieu, fue activa y sistemáticamente desarrollada “tanto dentro como fuera de la escuela” por padres de la clase media.

Finalmente, hay una debilidad seria en el trabajo de Bourdieu debida a su falta de disposición para ligar la noción de dominación con la de la materialidad de las fuerzas económicas. No hay ninguna idea en los análisis de Bourdieu que se refiera a cómo el sistema económico, con sus relaciones de poder asimétricas, produce coacciones concretas en los estudiantes de la clase obrera. La noción de Michel Foucault de que el poder tiene su lugar de acción en el cuerpo, en la familia, en la sexualidad, así como la naturaleza misma del aprendizaje, nos recuerdan que las relaciones de poder recaen en algo más que la mente. En otras palabras, las coacciones del poder no se agotan en el concepto de violencia simbólica. La dominación como una instancia objetiva, concreta, no puede ser ignorada en ninguna discusión sobre la enseñanza. Por ejemplo, las clases privilegiadas tienen una relación tal con el tiempo, que les permite hacer planes a largo plazo en relación con su futuro. En contraste, los hijos de los desposeídos, en especial aquellos que están en cursos de educación superior, a menudo se encuentran agobiados por restricciones económicas que los encierran en el presente y limitan sus metas a planes a corto plazo. Para la mayoría de los estudiantes de la clase obrera, el tiempo es una privación, no una posesión. La dimensión económica juega un papel crucial en la decisión acerca de si el estudiante puede asistir de tiempo completo a la escuela o sólo parte del tiempo, o en algunos casos, si puede asistir o no; así también, la cuestión económica es con frecuencia el factor determinante en la decisión de si el estudiante tiene que dedicar parte de su tiempo a trabajar mientras va a la escuela. Bourdieu parece haber olvidado que la dominación debe cimentarse en algo más que la mera ideología; que también tiene una base material. Éste no es un asunto menor porque señala una falla importante en el razonamiento de Bourdieu acerca del fracaso de la clase obrera. La interiorización de la ideología dominante no es la única fuerza que motiva a los estudiantes de la clase obrera o que asegura su fracaso. Sus comportamientos, fracasos y elecciones también tienen como fundamento las condiciones materiales.

Queda claro que —como resultado del énfasis unilateral que pone Bourdieu en el dominio de las clases altas y en sus prácticas culturales— tanto al concepto de capital como a la noción de clase se les da un tratamiento de categorías estáticas. En mi opinión, el concepto de clase involucra una noción de relaciones sociales opuestas entre sí. Se refiere a las relaciones cambiantes de dominio y resistencia y también al capital y sus instituciones, que se reagrupan constantemente e intentan reconstruir la lógica de la incorporación y la dominación. Estas oposiciones no se encuentran en los análisis de Bourdieu. Lo que nos queda es una teoría de la reproducción que tiene poca fe en los grupos y clases subordinadas y poca esperanza en su capacidad o deseo de reconstruir sus condiciones de vida, de trabajo y de aprendizaje. En consecuencia, la mayoría de las teorías de la reproducción basadas en la noción de dominación de Bourdieu en última instancia no logran proporcionar los elementos teóricos amplios que se necesitan para el desarrollo de una pedagogía radical.


[Traducción de Raquel Serur]




martes, 3 de mayo de 2011

La educación como estrategia de reproducción

La educación como estrategia de reproducción
Cuando hablamos de reproducción de la sociedad nos estamos refiriendo tanto a la reproducción biológica de sus integrantes como a la reproducción simbólica de los principios de estratificación que permiten clasificarlos. Desde el punto de vista de los miembros de una sociedad, la reproducción equivale al mantenimiento de la posición que ocupan en el espacio social. Para mantener su posición, los actores sociales deben desarrollar estrategias que les permitan, al menos, conservar y, en lo posible, acrecentar el valor de los capitales que poseen. Los vehículos fundamentales de estas estrategias son la transmisión familiar o herencia y la institución escolar.

A través de las prácticas educativas intencionales y de los resultados educativos de otras prácticas hogareñas, el capital cultural familiar se transmite de padres a hijos. Las presentaciones en sociedad, los ritos de iniciación, las fiestas y ceremonias familiares, entre otras estrategias intencionales y no intencionales sirven para conservar, a través de la transmisión, el capital social de las familias. Finalmente, el capital económico se transmite a través de la herencia y otras instituciones legalmente sancionadas.

Si los mecanismos de transmisión familiar cumplieran su función de conservación del capital con perfecta eficacia, no habría reproducción sino repetición social: la división de bienes que correspondiera a un determinado momento, se repetiría idénticamente en el momento siguiente. El resultado de este proceso sería una sociedad prácticamente inmóvil y unas jerarquías sociales con límites fijos. Esta reproducción perfecta no existe ni ha existido en ninguna sociedad, en primer lugar, porque habitualmente los bienes familiares deben distribuirse entre varios hijos y esta división, en la medida en que los hijos constituyan unidades familiares separadas y aunque no sea en partes iguales, supone alguna forma de reducción de la masa original de capital familiar. Las dotes, el sistema de mayorazgo y otras instituciones familiares antiguas están destinadas, precisamente, a minimizar esta reducción. Pero el obstáculo fundamental a la reproducción del capital resulta de la naturaleza misma del acto de transmisión. Al transmitirse una posesión de una persona a otra vuelve a ponerse en cuestión la legitimidad de la posesión original, al transmitir sus posesiones, el poseedor debe revalidar y, por así decir, reforzar sus títulos respecto de lo que posee. La institución escolar colabora con la reproducción de las posiciones en el espacio social y, por consiguiente, con la reproducción de la estructura de ese espacio social, reduciendo la pérdida de valor y legitimando la transmisión familiar. ¿Cómo opera esta colaboración?

Como se ha indicado en unidades anteriores, el capital cultural tiene tres formas de existencia. El capital cultural existe como disposición o habilidad incorporada, en la forma de saberes y aptitudes; el capital cultural existe como propiedad objetivada, en la forma de textos, herramientas, máquinas, y objetos de arte; finalmente, el capital cultural existe como insignia institucionalizada, en la forma de títulos, credenciales, licencias y habilitaciones. Así como debemos invertir trabajo para apropiarnos de capital económico y debemos invertir energías afectivas y morales para proveernos de capital social o de “relaciones”, la incorporación del capital cultural requiere de una significativa inversión de tiempo y esfuerzo personal (además de la inversión monetaria requerida para adquirir las herramientas necesarias para realizar esa apropiación). Cuanto mayor es el beneficio que podríamos esperar por la inversión de este tiempo en otras actividades productivas, mayor es la privación relativa que supone el esfuerzo de incorporación del capital cultural. Esta privación resulta menos onerosa en la medida en que pueda ser solventada por colaboraciones familiares. Las familias que disponen de mayores volúmenes de capital económico son quienes están en mejores condiciones para “comprar” el tiempo necesario para prolongar la educación de sus hijos. De este modo, la transformación del capital económico en capital colabora en la reducción de los costos de transmisión para las familias mejor ubicadas. Al consagrar el capital cultural en la forma de títulos, diplomas y distinciones, la institución escolar valida y legitima esta transmisión.

Ahora, como ocurre con otras formas de capital, el costo de apropiación de una unidad adicional de capital cultural es menor cuanto mayor sea el volumen de capital cultural que ya poseemos. Las mismas dos o tres horas que empleamos hoy para estudiar un capítulo para un curso universitario, nos servían en la escuela secundaria solamente para incorporar el puñado de páginas necesario para que nos fuera bien en la prueba y es algo parecido a lo que invertíamos en la escuela primaria para completar la hoja de cuentas que nos daba la maestra. Del mismo modo, una primera lectura del Ulysses de James Joyce será mejor aprovechada por un estudiante familiarizado con los clásicos de la literatura contemporánea que por un lector curioso, por competente o inteligente que éste pueda ser. La aptitud escolar, vemos, no consiste en otra cosa que en capacidad para incorporar capital cultural. Típicamente, la institución escolar distribuye recompensas de acuerdo con los resultados del aprendizaje, independientemente de las distintas combinaciones de aptitud y esfuerzo involucradas en estos resultados. Puesto que la capacidad de incorporar capital cultural depende del volumen de este capital previamente acumulado, y dado que la capacidad de acumular capital cultural es mayor para quienes disponen de mecanismos domésticos de transmisión de este capital, la distribución de recompensas de la institución escolar colabora con la reproducción de las diferencias de posición social de las familias.

Esta inclinación reproductiva se acentúa a través de la operación de mecanismos de “cierre” o exclusión social. Estos mecanismos toman la forma de limitación de la oferta, creación de subsistemas cerrados y escuelas “de elite” o, para los niveles en los que la escolaridad es universal o cuasi universal, políticas de difusión, admisión, y financiamiento; limitación de vacantes o exámenes de ingreso. Paradójicamente, estos mecanismos son percibidos como tanto más legítimos cuanto más valiosa es la credencial que otorga la institución. Por ejemplo, en nuestro país, la institución de políticas de “cierre” en instituciones de educación básica o media sería, en general, inaceptable, aunque el valor de distinción de los títulos primario y secundario en el mercado de trabajo es, en el primer caso, casi nulo y, en el segundo, muy bajo. Las políticas de restricción del ingreso de los estudios universitarios de grado públicos encuentran, como sabemos, fuertes resistencias, y, sin embargo, distintos representantes de la comunidad han defendido públicamente su conveniencia; todo esto, aún cuando el valor de mercado de los estudios de grado ha descendido significativamente respecto de lo que ocurría, tan sólo, hace una generación. En cambio, la restricción en las políticas de admisión en los programas de posgrado, aún los públicos, que son los que entregan las credenciales educativas de mayor poder de distinción en el mercado de trabajo, son aceptadas como perfectamente válidas.

Para evaluar la validez de lo argumentado hasta el momento es importante subrayar que las instituciones escolares son una herramienta que los distintos grupos esgrimen en sus estrategias de defensa de su posición social. Esto no quiere decir que la escuela sea garantía de inmovilidad social o que no haya podido servir, como ha servido en el caso argentino, al menos en el origen, para avanzar políticas democratizantes e igualitarias. En efecto, las instituciones educativas son, por un lado, una entre varias estrategias que los actores sociales llevan adelante en su disputa por la apropiación de los bienes sociales y, por otro lado, pueden a veces convertirse en el terreno en el cual se desarrollan esas disputas. Tal es lo que ha ocurrido en varios países latinoamericanos con el conflicto entre sectores católicos y sectores laicos en diversos momentos del presente siglo.

Autor
Emilio Tenti Fanfani
Licenciatura en Ciencias Políticas y Sociales en la Facultad de Ciencias Políticas y
Sociales de la Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza, 1968 (Medalla de oro al mejor
promedio de la promoción).
Post Grado:
Diplôme Supérieur d'Etudes et Recherches Politiques: Diploma del Tercer Ciclo de la
Fondation Nationale des Sciences Politiques de Paris. Dos años de escolaridad y defensa pública de tesis, aprobada con mención "Très bien". Paris, 1968-1971.

jueves, 25 de febrero de 2010

LA DESERCIÓN ESCOLAR NO TIENE UNA SOLUCIÓN SIMPLE

En Argentina se implementó una asignación universal por hijo, que para efectivizarse, este debe concurrir a la escuela. Más allá de lo necesario e importancia de la medida, no puede ser presentada como una solución al problema de la Deserción Escolar, aunque en la realidad, más que un remedio parece ser un analgésico ¿Basta una simple asignación monetaria para solucionar el problema de la deserción escolar? ¿La efectiva escolarización es un problema de "ingeniería de planes gubernamentales"? ¿O más bien es el fruto de cambios en la estructura del poder social?

Acompaño un reportaje a la Ministro de Educación de la Provincia de Santa Fe, publicado por Crítica Digital de Buenos Aires, donde expresa su opinión al respecto


Críticas en Santa Fe a la asignación por hijo

La ministra de Educación cree que el plan no garantiza la escolaridad. "No hay hábito de continuidad, es una cuestión cultural muy compleja", advirtió.


Para Elida Rasino, ministra de Educación de Santa Fe, con el plan social no alcanza. "Hay una cuestión cultural, de falta de hábitos y de problemas para permanecer y adaptarse a las reglas", sostuvo.


La ministra de Educación de Santa Fe, Élida Rasino, salió al cruce del vaticinio que irradia el gobierno nacional acerca de un incremento de la escolaridad a partir de la implementación de la asignación universal por hijo que exige la asistencia de los niños y adolescentes beneficiarios a un establecimiento educativo.

"Suponemos que habrá una mayor demanda, pero no podemos evaluar en qué medida se va a incrementar la matrícula. La desescolarización de nuestros niños e produce a una cierta edad en la que la reinserción es bastante dificultosa", analizó la titular provincial de Educación. En dos palabras, para la funcionaria, lo difícil no es atraer a los chicos al sistema escolar, sino retenerlos de manera sostenida y permanente.

"Hay una cuestión cultural, de falta de hábitos y de problemas para permanecer y adaptarse a las reglas" en sectores de la población a los que el plan de asignación universal apunta, según la opinión de Rasino.

Rasino advirtió, en declaraciones vertidas este martes a LT 10, de Santa Fe, que la demanda en la inscripción escolar experimentará algún incremento debido a que eso –el certificado de escolaridad– es uno de los requisitos para que las familias anotadas en el plan social perciban el subsidio. Pero subrayó que allí no se acaba el problema de la deserción escolar.

"No tenemos niños desescolarizados en gran número en el nivel inicial o en primaria, aparecen sobre la reiteración de primero o segundo grado, por lo cual los niños se desescolarizan a partir de los 8, 9 ó 10 años, y muchos de ellos tienen muchos años sin asistir. Es un núcleo muy duro, pero que implica estrategias múltiples y estrategias puentes para lograr una inserción real y sostenida", distinguió la ministra. Por lo tanto, recalcó: "No se puede suponer que con una asignación monetaria va a ocurrir la escolarización".

Rasino reveló, además, que el Ministerio trabaja sobre un sistema para que esa cartera o las escuelas informen a la Ansés sobre los matriculados. "De esa manera, creemos que podríamos evitar posibles situaciones de tensión y no habría certificado de por medio", anticipó.


http://www.criticadigital.com.ar/index.php?secc=nota&nid=36223


 


 

lunes, 28 de diciembre de 2009

El nivel educativo de los padres, un elemento clave en el éxito escolar

En numerosas oportunidades he colocado en este blog, artículos que contradicen la visión de una escuela donde "triunfa el esfuerzo", "el más capaz", "somos todos iguales" etc., mostrando una visión de una arena de lucha para la obtención de bienes culturales, y existen sectores que parten con significativa ventaja en esa competencia.

Coloco a continuación, un artículo dedicado al contexto español, pero seguramente aplicable a toda Iberoamérica, donde muestra la decisiva influencia del nivel educativo de los padres, para obtener éxito escolar, lo que en otras palabras puede significar las ventajas que tienen los poseedores de capital cultural, al momento de incrementarlo.


El estudio pone de manifiesto que, aunque la educación ha mejorado, sigue existiendo una importante brecha social según el nivel de estudios de los progenitores.


El 80% de los jóvenes cuyo progenitor no tiene titulación universitaria no ha adquirido dicha diploma. Este alarmante dato se desprende del Informe de la Inclusión Social 2009, elaborado por la Obra Social Caixa Catalunya. El estudio, presentado el martes, concluye, basándose en éste y muchos otros datos, que el nivel de estudios y la educación de los padres es fundamental para determinar el éxito escolar de sus hijos, así como del posible abandono escolar.


A pesar de la evolución positiva de nuestra educación, todavía existen importantes déficits educacionales entre la población más joven del país, como reflejan los altos niveles de abandono escolar prematuro: un 7,3% de la población de entre 18 y 24 años no dispone de titulación secundaria obligatoria y no sigue estudiando. Además, un 31% de este mismo grupo no dispone de titulación secundaria post-obligatoria y tampoco continúa sus estudios. Según apuntó Pau Marí-Klose, coordinador del Informe de la Inclusión Social 2009, el papel de las familias también es decisivo para explicar este abandono escolar prematuro.


A pesar de esta elevada cifra, 31%, los autores del estudio sostienen que se están viendo cambios importantes, ya que el 73% de las personas nacidas entre 1971 y 1980 cuyo padre tenía un título universitario también lo tiene. Aunque, este mismo porcentaje se reduce al 20% entre aquellos cuyo padre no tenía ninguna titulación.


La madre y el niño


Marí-Klose sostiene que para seguir avanzando en la buena dirección, es necesario actuar desde la raíz, desde la etapa de la educación infantil. Actualmente, las familias con mayores recursos educativos son 4,9 veces más proclives a _escolarizar a sus hijos con 1 o 2 años, lo que, "sitúa a los niños de entornos de bajo nivel educativo en una situación _de desventaja desde el principio de la escolarización obligatoria", explica el coordinador.

En la educación secundaria, los alumnos de 15 años con una madre universitaria logran 25 puntos más en las pruebas PISA de lectura y matemáticas que aquellos con progenitoras que sólo tienen estudios primarios. Y es que el nivel de formación de la madre es esencial en el devenir educativo de los hijos. Así, hay 11,2 veces más jóvenes de 18 a 24 años que no tienen titulación secundaria post-obligatoria en aquellos hogares en los que el nivel de estudios de la madre son de primaria, que en las familias en las que los estudios maternos son universitarios.


La estructura del hogar y el género también juegan un papel importante en la educación. Este último, quizá sea el más llamativo ya que las tasas de graduados en educación obligatoria es 16 puntos más baja entre los chicos, que entre las chicas. En lo que se refiere a la estructura del hogar, los autores del estudio aseguran que el riesgo de abandono escolar prematuro es un 86% más alto en el caso de los hogares monoparentales frente a aquellos que cuentan con los dos progenitores.


Colegio público o privado


El estudio también analiza si las características de los centros determinan el logro educativo de los estudiantes. Y, aunque del estudio se desprende que los estudiantes de centros privados y concertados obtienen mejores resultados que los públicos –hasta 56 puntos más en las pruebas PISA–, el Informe de la Inclusión Social 2009 también señala que esta brecha se debe a que los centros públicos acogen hasta cinco veces más familias con bajos recursos educativos que la escuela concertada o privada. De hecho, si se ajustasen los resultados de cada centro a la composición social, el logro educativo que obtendrían los estudiantes sería prácticamente el mismo.

Apuntes

En igualdad de condiciones, los alumnos de educación secundaria con acceso a bienes culturales –literatura clásica, poesía y obras de arte– y educativos –escritorio adecuado, ordenador, calculadora propia, libros de consulta y diccionarios– obtienen mejores resultados educativos. Es importante que los padres cobren conciencia de su papel determinante en la educación formal de sus hijos y que entiendan que deben invertir tiempo y dinero en su formación.

• El capital social aparece como un elemento clave en la inclusión social. En educación, las relaciones sociales son determinantes y en las estrategias de lucha contra el fracaso escolar pasan necesariamente por el fortalecimiento del tejido social que promueve el éxito escolar.


Las mujeres toman el mando

"La cara del éxito educativo es femenina. El acceso de las mujeres a los estudios no ha cesado de crecer y el rendimiento de los hombres es, claramente, inferior", con estas palabras explicaba el martes Pau Marí-Klose, la realidad de la educación nacional. Y es que, los datos no mienten: el porcentaje de mujeres con título de secundaria post-obligatorio ha pasado del 13% de la cohorte nacida entre 1931 y 1940 al 71% en la nacida entre 1971 y 1980. Lo mismo sucede con las mujeres que han alcanzado la titulación universitaria, que ha pasado del 5,9% hasta el 45%, una cifra, en este caso, que supera en diez puntos la de los varones.

Publicado el 22-09-2009 , por V. M.


Fuente

http://www.expansion.com/


 

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