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jueves, 12 de noviembre de 2020

Crisis: solidaridad o caos

 La situación de crisis que ha provocado la Covid requiere de una manera prioritaria, aunque no exclusiva, destacar el valor de la solidaridad. Creo que hoy más que nunca, para conectar la educación a la vida, se debe invitar a vivir el valor de la solidaridad.

 


Escribir en estos momentos en un medio destinado a educadores y educadoras para hacerles una sugerencia es un atrevimiento presuntuoso. Todo el mundo está bastante atareado, y un poco saturado de opiniones, para añadir una nueva recomendación. No es momento de discursos, sino de hacer con honestidad el trabajo que a cada cual le corresponde. Justo el que hoy están haciendo tantos y tantos docentes: todo lo que pueden y más para echar a andar en un curso difícil, un curso que tiene que movilizar mucha inteligencia y mucho optimismo. A pesar de todo, quizás para aclararme a mí mismo y quizás para hacer una cosa que puedo hacer, he escrito estas notas sobre un aspecto de la educación de los chicos y chicas que hoy me parece especialmente pertinente.

 

Transmitir los conocimientos y las competencias que corresponden a cada nivel educativo es relevante, aunque no hay que exagerar porque los currículos suelen estar demasiado cargados de contenidos y ahora puede ser un buen momento para limitarse a lo fundamental. Sin embargo, antes de entrar en materia tendremos que aprender a cumplir las medidas de protección que los centros hayan implantado y tendremos que explicarlas como una contribución de la escuela al bien común y al control de la pandemia.

 

También durante los primeros días se impone hablar de cómo se han vivido estos meses, quizás compartiendo los momentos malos y los buenos, las angustias y las alegrías, las pérdidas y todo lo que cada chico y cada chica quiera expresar. Estos tres ámbitos tienen que ver con valores –la responsabilidad ante el trabajo, el respecto a las normas como una forma de respeto mutuo y la acogida y el cuidado de todos y todas–, pero la situación de crisis que ha provocado la Covid requiere de una manera prioritaria, aunque no exclusiva, destacar el valor de la solidaridad. Creo que hoy más que nunca, para conectar la educación a la vida, se debe invitar a vivir el valor de la solidaridad.

 

La razón es sencilla: ante una situación de crisis, de cualquier crisis, no sirve de nada buscar salidas individuales, que solo consiguen empeorar los problemas. Salir de una crisis exige colaborar de manera solidaria, ir a la par para contribuir a la solución. Las crisis se superan aunando esfuerzos para producir una fuerza colectiva que permita vencer la situación de dificultad: ejerciendo la solidaridad como acción común.

 

No se trata de una solidaridad de declaraciones y palabras, sino de la solidaridad como compromiso e implicación. La solidaridad como acción común es un esfuerzo para reunir a las personas afectadas por una dificultad, un esfuerzo para crear las condiciones que les permitan dialogar a pesar de no pensar igual y, finalmente, un esfuerzo para impulsar el trabajo conjunto con el objetivo de aplicar un plan de acción ideado para paliar la dificultad a la que se enfrentan. Esta idea de solidaridad como acción conjunta para enfrentarse a una dificultad expresa un comportamiento imprescindible ante una situación de pandemia, pero es también un valor necesario para avanzar hacia una sociedad mejor, porque tenemos varias crisis.

 

Hemos visto que la solidaridad no solo es adhesión verbal –es un proceso de trabajo conjunto para enfrentarse a un problema–, pero también es un proceso que tiene efectos positivos en diferentes ámbitos. En primer lugar, la solidaridad tiene un efecto moral en la medida que predispone a la ayuda mutua y al cuidado del otro, abre un espacio de altruismo y llena de orgullo silencioso a quien lo ejerce. En segundo lugar, la solidaridad tiene un efecto práctico en la medida que reúne participantes, despierta la creatividad colectiva e impulsa la cooperación. En tercer lugar, la solidaridad tiene un efecto terapéutico para los implicados en la medida que reunirse, deliberar y actuar juntos es un remedio ante el miedo, la angustia y la incertidumbre que a menudo generan las crisis.

 

Por todo ello, hoy es más que oportuno que nunca destinar tiempo escolar a la solidaridad. La pandemia nos obliga a cooperar para vencerla y la pandemia nos recuerda que la solidaridad es una de las herramientas de supervivencia humana más efectiva. La salvación no está en el individualismo y la competición, el futuro es de las comunidades que cooperan solidariamente. Y esta idea se puede enseñar y es urgente enseñarla.

 

La cuestión ahora es ver cómo trabajar la solidaridad en la escuela. Solo con explicaciones ya sabemos que es una didáctica poco atractiva y casi completamente ineficaz. La mejor manera de trabajar la solidaridad en la escuela es practicándola, en el ámbito del grupo clase o bien ofreciendo un servicio en la comunidad. Cuando los chicos y chicas se distribuyen tareas necesarias para el buen funcionamiento de la clase, están ejerciendo una forma de solidaridad recíproca. Cuando los chicos y chicas de un mismo grupo aplican un sistema de ayudas mutuas para impedir que nadie se atrase y quede marginado, practican la solidaridad en el seno de su grupo de convivencia. Pero también cuando participan en un proyecto de ciencia ciudadana destinado a estudiar los mosquitos, los pájaros o la cantidad de microplásticos en la arena del mar, están realizando una tarea sanitariamente segura que se convertirá en un servicio con utilidad social. Cuando los chicos y chicos preparan programas de radio que se emitirán desde la radio escolar o desde la emisora local y tienen como objetivo informar, entretener y reflexionar, están ofreciendo un servicio solidario en la comunidad de sus oyentes. Y así otros muchos ejemplos de aprendizaje servicio, esta metodología común a tantas y tantas experiencias provenientes de diferentes tradiciones pedagógicas. Todas ellas con unos rasgos comunes: se aprenden conocimientos, se realiza una acción de servicio y se adquieren valores.

 

He empezado diciendo que no quería agobiar y acabo dando trabajo. Es verdad, disculpadme, pero no he podido evitarlo porque educar para la solidaridad es urgente y es una muestra imprescindible de inteligencia, de optimismo y de esperanza.

 

 

 

 

Por José María Puig

Fuente

https://eldiariodelaeducacion.com/convivenciayeducacionenvalores/2020/09/15/crisis-solidaridad-o-caos/

lunes, 27 de enero de 2014

Pedagogía Social y compromiso solidario


Dicen los autores “Nos encontramos inmersos en tiempos de cambios sociales que se dan a conocer a través de modelos de vida que intentan hacernos ver la necesidad de mantener una actitud acrítica y una indolencia social, cuyas consecuencias más evidentes las constituyen las desigualdades sociales, la pobreza, la nula participación democrática y los procesos de exclusión que devienen de este modo de ver la realidad”. En este contexto ¿Qué significa “solidaridad”? ¿Qué aportes le corresponden a la Pedagogía Social?


“El capitalismo es inhumano”, nos decía contundentemente José Saramago. Nos encontramos inmersos en tiempos de cambios sociales que se dan a conocer a través de modelos de vida que intentan hacernos ver la necesidad de mantener una actitud acrítica y una indolencia social, cuyas consecuencias más evidentes las constituyen las desigualdades sociales, la pobreza, la nula participación democrática y los procesos de exclusión que devienen de este modo de ver la realidad. Y es que, desde hace algunas décadas, estamos siendo arrastrados hacia una trama política, económica, cultural, educativa y social, representada por el denominado modelo neoliberal, dejando que nos marque el itinerario a seguir y en este camino en el que nos precipitamos, no hemos opuesto demasiadas resistencias. Esto ha supuesto una de las transformaciones sociales, económicas y de convivencia más evidentes de la humanidad. Las desigualdades entre las personas aumentan, los procesos de exclusión se acrecientan, las poblaciones sometidas a la pobreza y precariedad son cada vez mayores, así como las injusticias y la falta de equidad son cada vez más evidentes; ante estos acontecimientos las administraciones y gobiernos optan por el mantenimiento de esta forma de vida, donde las dificultades de las mayorías sustentan el enriquecimiento de las minorías. Y lo más grave es que la sociedad se está acostumbrando a naturalizar estas realidades, optando por procesos caritativos y de falsa solidaridad en demasiados casos, abordando las consecuencias de un sistema injusto y no abordando las causas que lo generan.

Estas políticas neoliberales se caracterizan por la defensa de una política económica orientada a la recuperación de los procesos de acumulación de riqueza, aunque esto nos conduzca a injusticias sociales; además, se produce una transferencia de competencias parlamentarias hacia sistemas de negociación económica donde se cuestiona el Estado social y, se desemboca, en la restauración de los valores tradicionales. De este modo, se producen recortes en todo lo que tenga que ver con la inversión social y la reducción de los presupuestos destinados a los servicios públicos. Este proceso invita a la privatización de estos servicios, de salud, vivienda y educación, ya que estas prestaciones son consideradas deficitarias por no producir, al menos, a corto plazo, unos beneficios; sin embargo, el hecho de que se plantee su traspaso a manos privadas, auguran, sin duda, grandes beneficios para las personas que los gestionen. Ante estos planteamientos, la Pedagogía Social debe reflexionar sobre su quehacer, que aglutina saberes, metodologías, instrumentos y un especial hacer, vinculado con el desarrollo de las personas y los grupos con los que trabaja, que poco tienen que ver con el mito de la competitividad, que se traduce en desigualdad e indiferencia, en detrimento de la igualdad de condiciones, reconociendo la equidad desde las diferencias.

Creemos que la Pedagogía Social, debe abordar estas situaciones necesariamente con un compromiso profesional ético, que permita reflexionar e intervenir, no desde la hegemonía social, cultural, educativa y económica, sino que, partiendo de una reflexión y un posicionamiento en defensa de la igualdad y el respeto a la diversidad, opte por abordar las causas que generan este sistema social. En este sentido, proponemos tres ejes en los que la Pedagogía Social debe interesarse y reflexionar, a modo de epicentros desde los que construir las alternativas contrahegemónicas a las que la práctica educativa social debe contribuir: la solidaridad, la interculturalidad y los derechos humanos. De hecho, consideramos que el estatuto epistémico y axiológico de la Pedagogía Social hace que el desarrollo de estos aspectos sean clave, para que desde la misma, se realicen propuestas alternativas a las políticas neoliberales.

Pedagogía Social y compromiso solidario
Siguiendo en este punto a Vila, podemos comenzar diciendo que la solidaridad constituye una adhesión circunstancial a la causa de los otros y etimológicamente proviene del latín “solidum”, que se entiende como la obligación que, siendo común a varias personas, debe cumplirse por entero por cada una de ellas. De este modo, la solidaridad implica una obligación voluntaria y dependiente de las personas intervinientes, para conseguir un fin.

En sus orígenes la solidaridad se manifestó como ayuda a los necesitados, una asistencia social que posteriormente, y con la llegada del Estado de bienestar, fue asumida por éste, que, aunque con matices, podemos considerar, interesada, ya que además de proporcionar el bienestar, servía como herramienta de control social; aunque como podemos ver a nuestro alrededor, el neoliberalismo se está encargando de extinguir esta relación social, que como nos indica (Petrella), es el origen del desarrollo social. De este modo, la solidaridad se convierte en un acontecimiento que produce cohesión basada en las diferencias y en las necesidades de todas las personas, no en la homogeneización y adhesión gregaria. De este modo, la solidaridad es propia de los seres humanos como seres inteligentes, morales y sociables, dotados de un mismo fin esencial y de una misma naturaleza. Es decir, que la solidaridad subraya la naturaleza social de las personas y significa responsabilidad por y con los otros.

Eso sí, debemos ser conscientes de que existen situaciones que pueden confundir la solidaridad con otra cosa distinta a ella, que a menudo llegan a presentarse como comportamientos solidarios y que no hacen más que desvirtuarla, como pueden ser:
Egocentrismo solidario, que consiste en recabar solidaridad para sí mismo, mientras se la niega a los demás.

Particularismo solidario, en el que conseguimos solidaridad perjudicando a otros y generando injusticias. Irresponsabilidad solidaria, que se produce cuando realizamos acciones que pretenden ser solidarias, sin tener en cuenta las consecuencias de fomento de la desigualdad o de las injusticias, que pueden generar.

Estas falsas solidaridades son defendidas desde ámbitos neoliberales, ya que constituyen fuente de su legitimización, lejos de la categoría ética que debe llevar implícito el acto solidario a través de compromisos para la transformación de las situaciones que generan las situaciones injustas. La solidaridad, no es, por tanto, un activismo tranquilizador de conciencias a través de un asistencialismo nacido para el mantenimiento de un estatus quo inalterable.

Desde la perspectiva de la Pedagogía Social, debemos reflexionar y aportar acciones socioeducativas que se enfrenten a la inercia institucionalizada que mayoritariamente tienen los procesos educativos vistos desde posiciones neoconservadoras y que se valen de una falsa solidaridad para el mantenimiento de desigualdades y procesos exclusores

Mucho tienen que ver con la solidaridad, los valores democráticos de igualdad y justicia, en cuanto que suponen optar por los más desfavorecidos, aunque debemos prevenirnos de la tentación de practicar esta opción desde una falsa superioridad social, que se aleja, sin duda, de cualquier valor ético, ya que las relaciones de cooperación, que conlleva la solidaridad, se basan en que las personas, todas las personas, logren el bien común a través del encuentro, lejos de las injusticias que se viven en nuestras sociedades neoliberales y la Pedagogía Social no puede ser ajena a esta dialéctica, entre situaciones generadoras de injusticias y consecuencias, lo que nos lleva a la necesidad de mantener una opción política, a favor de la dignidad humana y la cultura como fuentes de transformación social, que implica, sin lugar a dudas, corresponsabilidad.





Extraído de
Alternativas a las políticas educativas neoliberales desde la pedagogía social
Eduardo S. Vila Merino
Víctor M. Martín Solbes
Universidad de Málaga
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