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domingo, 7 de junio de 2020

FALTAN IDEAS, SOBRAN INSTRUMENTOS CURRICULAR PRESENTE, ÉTICA AUSENTE


Por
Miguel Andrés Brenner
Facultad de Filosofía y Letras
Universidad de Buenos Aires
Junio de 2020

RESUMEN

Lo sustancial de la enseñanza en la escuela es el aprendizaje, vaya noticia, obvia de por sí. La pregunta que nos formulamos tiene que ver con la reticencia del alumnado a dicho aprendizaje, en particular en la escuela secundaria. Los indicios que ofrecemos no son los únicos posibles de considerar, aquí nos abocaremos a pocos. De ahí el título del presente texto: faltan ideas, sobran instrumentos y curricular presente, ética ausente.
La reticencia señalada se relaciona a un curricular como instrumento de la enseñanza y, a su vez, a la ausencia de ideas fuerza materializadas en una praxis ética.
 Y concluimos con el siguiente interrogante: ¿No será que la falta de testimonio global hace a la resistencia de los contenidos a aprender por parte de los alumnos y, por ende, la no creencia en la escuela?
A fin de nuestro derrotero, atravesaremos de manera crítica por el siguiente sendero: la política, la lengua, la ciencia, el curricular y la ética, siempre teniendo en cuenta la problemática ambiental, desembocando en la metáfora pandemia/enemigo.

Quizá no sea prolijo desde el punto de vista académico un lenguaje en primera persona, angustiado por la actual pandemia, como docente que pretende enseñar desde un curricular, con alumnos supuestamente indolentes hace tiempo que han sentido una ética ausente del mismo, siendo éste uno de los motivos de su displicencia hacia la enseñanza, donde sobran instrumentos pero faltan Ideas, donde sobra currículum pero falta Ética.

Palabras de inicio
El presidente George W. Bush (h) abre la caja de pandora de una Irak contenida represivamente por el dictador Sadam Husein que, con el pretexto de sus armas de destrucción masiva contra la población de su país, sin prueba alguna, la invade. Se desata así una de las formas del terrorismo en el mundo, mientras que ningún país apela a alguna institución internacional para condenar a los EE.UU.  La hipocresía globalizada desde el punto de vista político y económico podemos trasladarla a otro nivel.
Nadie a nivel mundial ha condenado el terrorismo marcado por la depredación del medio ambiente (tóxicos y químicos en la agricultura, semillas genéticamente modificadas – transgénicas-, hacinamiento en las ciudades, deforestación incontrolada, eliminación de la biodiversidad, desplazamiento de la vida silvestre de sus hábitats naturales, calentamiento global, etc.), que concluyó en una pandemia. Nadie se imaginó la misma, más allá de algunas voces que no tuvieron pantalla mediática. Las instituciones de poder, independientemente de las diatribas entre los EE.UU. y China, ambas pretendiendo el poder hegemónico mundial, nunca reconocieron públicamente en serio una voluntad firme para evitar la depredación mencionada.

Lengua que se enseña
¿Ello, acaso, no es también educativo, o mal educativo? Nicolás Maquiavelo tuvo una virtud, la de no ocultar las intenciones del poder político con un lenguaje seductor, provocativo, ambivalente, que desde ciertas posiciones filosóficas se signa como la diatriba del significante vacío, pero sin la lucidez de un Aristóteles que diferenciaba conceptos equívocos de unívocos. Valga el ejemplo de la siguiente cruda afirmación: “(…) el odio se gana tanto con las buenas acciones como con las malas. Un príncipe, para conservar el poder, es a menudo obligado a ser perverso, porque cuando el grupo (ya sea pueblo, soldados o nobles) del que juzga necesario para mantenerse, está corrompido, es conveniente seguir su capricho para satisfacerlo, pues las buenas acciones serían tus enemigas.”[1]
Curricular presente, ética ausente. ¿Qué significación implica el “cuidado de la casa del hombre” en la escuela cuando dicho cuidado globalmente es ausente? ¿Será a modo de una obsesiva pulcritud en la limpieza del hombre individual de clase media mientras defeca el universo a mano?

Ciencia que se enseña y evalúa
Mientras tanto, las ciencias sociales, si de ciencia se habla, “no quisieron” entrever un futuro inmediato con predicciones de posible desestabilización democrática, como la de Fernando Lugo en Paraguay que fue golpe de Estado pero no lo habría sido, igualmente acaeció con Dilma Rousseff y Lula da Silva en Brasil, e igualmente con la destitución de Evo Morales en Bolivia. Así, tampoco dichas ciencias, que se proclaman como tal, pudieron prever la posibilidad de movilizaciones contra el país supuestamente “más exitoso” de América del Sur, Chile; tampoco el cambio de rumbo de quien sucedería a Rafael Correa, bajo el propio paraguas de Rafael Correa. ¿Ello, acaso, no es también educativo, o mal educativo? Y dada la depredación, ¿acaso no pudo entreverse y publicitarse con fuerza, a la vez, la posibilidad de una pandemia. ¿Por qué? Por cuanto la academia mira su propio ombligo, centrada en “hacer carrera”.
Y la ciencia se enseña, también se evalúa actualmente mediante pruebas instituidas por la OCDE. En Argentina se aplican las Pruebas PISA supeditadas al manto jurídico de la Ley Nacional de Educación nº 26.206, sancionada en el 2006. Si política, económica y ambientalmente se ignora la ética, ¿con qué altura moral, por ende, desde el poder hegemónico puede evaluarse a los alumnos estandarizadamente, sin considerar las críticas a dicha forma de evaluación? Curricular presente, ética ausente.

Ciencia cuyos supuestos no se critican 
Mientras el curricular de la escuela pública se empeña en enseñar el “cuidado individual del medio ambiente”, se ha denostado con Zygmunt Bauman[2] a la modernidad sólida en favor de una modernidad líquida, pero no se ha puesto en duda la condición de liquidez, sin destino alguno, hasta su apoteosis neoliberal, metáfora proveniente de las ciencias naturales, con su escasa carga significativa desde la química para explicar el por qué de lo humano. La ausencia de fines ha convertido al presente en una especie de presente perpetuo sin destinación, donde la ocultación de las finalidades se muestra en la sobrevaloración de los medios. Así es que importe más la gramática que el contenido, la forma que el concepto, el espacio que el tiempo. Así es que en la academia importe más la metodología de la investigación que los resultados sustanciosos de la misma, por lo que, en sentido hegeliano, el entendimiento pese más que el pensar, o sea en la persistencia de un excesivo corte analítico que de lo realmente grave y fundante, por lo que ríos de tinta corren para ocultarse en los archivos de las producciones doctorales o de maestría que no hacen a un genuino aporte para la humanidad. La llamada liquidez de la modernidad no desoculta las razones de la misma, en este caso la depredación señalada, que ya no es líquida, sino sólida, en cuya modernidad (sea sólida o líquida) convive la mayor parte de la humanidad, que es pobre o excluida. Sin embargo, tanto la liquidez cuanto la solidez, ante la inesperada pandemia, se diluyen en la ausencia de sentido explicativo alguno.
También se ha ocultado que la misma noción de modernidad es consecuencia de la colonialidad del poder, de un poder globalizado en virtud de las tecnologías de la información y la comunicación, en virtud de los Big-Data y la inteligencia artificial, donde nuevamente se percibe que pesa más el instrumento que el fin, el medio más que el ser humano. Clama hasta el cielo la pregunta que Dios hace a Caín, “¿dónde está tu hermano Abel?”, quien le responde “¿acaso soy yo el guarda de Abel?”. El querer ser omnipotente como Dios y el desconsiderar al hermano son dos caras de la misma moneda, el origen del mal o bien el pecado de origen. Blande como un hacha sobre el cuello el riesgo de establecer las condiciones de posibilidad de un neoliberalismo más furioso aún con el aislamiento actual ante la pandemia del COVID-19, por cuanto se acentúa el miedo al otro y no la solidaridad. Es posible gracias a los Big-Data y la Inteligencia Artificial reconocer los lomos de burro del pavimento de una ciudad, ¿pero no es posible reconocer focos ígneos en zonas silvestres que son pulmones del mundo?

Curricular presente, ética ausente
Igualmente, es difícil entrever con certeza cómo será el mundo pos-pandemia, lo que sí es fácil entrever es que no hay voluntad desde quienes ejercen el poder hegemónico de un reconocimiento del origen de la pandemia: un capitalismo depredador, que tiene nombres y apellidos en danza. Se encuentran los optimistas, los pesimistas, los creyentes en un Estado fortificado en oposición a la privatización de lo público del neoliberalismo. Nadie sabe aún cómo será la cosa. Sin embargo, la falta de voluntad para el reconocimiento es el síntoma de permanencia de la especulación financiera/parasitaria con el excesivo peso de una deuda externa, cuyos acreedores la originaron a sabiendas que era insostenible para lo que se denomina sostenibilidad sin chupar la vida de los pueblos, la depredación de lo humano.
De la misma manera, y en relación con la gran potencia del Norte, siendo la industria para la guerra en los EE.UU. uno de los pilares de su economía, ¿cederá en algo sus pretensiones de gendarme mundial, sostenido fundamentalmente, aunque no únicamente, por los países que integran la OTAN, a fin de fortificar el sistema de salud pública, en particular para los sectores más postergados al respecto que son los latinos y los negros?
Y en el caso de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, ¿ameritará acaso trabajar en las escuelas para la institución de una subjetividad cargada de ética, y no meramente de un curricular? ¿Por qué? Vemos un solo hito desde el punto de vista propedéutico: ¿cuántos habitantes que no viven en las villas miserias hubieran hablado, en tiempo de ante-pandemia, de prioridades: ¿es más importante el agua que el Metrobús, presionando para que dicha prioridad se haga efectiva?; ¿cuántos hubiesen respondido "estos planeros" son unos vagos? NEGAR EL AGUA ES UN CRIMEN. Ahora el 29% de los habitantes de las villas tiene covid-19, con la posibilidad de que se contagie la gente "bien", que no vive en las villas. RACISMO, XENOFOBIA. Este hito muestra la necesidad de un curricular presente pero inspirado en una ética política. Curricular presente, ética ausente.

¿Quién es el enemigo?
¿Y por qué enseñar que al coronavirus-pandemia se lo denomina “enemigo”? Enemigos son los humanos destruidos por otros seres humanos, en cualquier aspecto de la vida.
Elisabeth Badinter[3], en su libro “¿Existe el amor maternal?”, nos mostraba que en ciertas ciudades de la Europa occidental durante los siglos XVII y XVIII, cuando no se conocía el aborto, se descuidaban a los niños pequeños hasta matarlos o desfigurarlos. También, Jean Fourastié[4], en su libro “La moral prospectiva”, nos mostraba que en esos siglos había ciudades en Francia donde de cada cien niños nacidos no llegaban al año de vida la mitad de ellos. Matar no significa producir vida como tampoco reproducirla. Cuando se mata, ¿hay enemigo? ¿Había demasiados niños? ¿Eran como enemigos? ¿Molestaban?
Vayamos a nuestra época. En Europa Occidental hay demasiados viejos. La natalidad es escasa porque perjudica tiempo para el placer del consumo al cuidar a tantos críos. Y por el avance de la medicina, la población vieja crece. Y los Estados o privatizan la salud y la paga quien puede, o gastan más en salud, con lo que se genera déficit fiscal. ¿No sería acaso funcional matar a los viejos?
¿Puede ser un virus un enemigo o bien se está proyectando un modo de ser humano sobre un objeto no humano?
¿Qué se proyecta sobre el coronavirus-pandemia? ¿No será, acaso, aquello de lo humano que excluye, que oprime? ¿No será, acaso, la misma condición humana calificada como execrable?
Carlos Marx, en el primer capítulo de los llamados “Manuscritos económico-filosóficos de 1844”, ofrece la explicación más hermosa de lo que el ser humano significa: “vida que crea vida”.[5]
¿No será que el capitalismo actual de base financiero/especulativo/parasitario, neoliberal y globalizado, de distanciamiento social, colonizador y distópico de alta tecnología, depredador, racista y patriarcal es quien mata y los excluidos/oprimidos serían sus enemigos, material de descarte?[6]

Currículum presente, ética ausente
¿No será que la falta de testimonio global, entre otros motivos, hace a la resistencia de los contenidos a aprender por parte de los alumnos y, de ahí, la no creencia en la escuela?


[1] Maquiavelo, Nicolás (1999), El príncipe, Buenos Aires, Ediciones El Aleph, p.98 https://ocw.uca.es/pluginfile.php/1491/mod_resource/content/1/El_principe_Maquiavelo.pdf (consulta: 10 de mayo de 2020)
[2] Bauman, Zygmunt (2004). Modernidad líquida, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica.
[3] Badinter, Elizabeth (1991). ¿Existe el amor material? Historia del amor maternal. Siglos XVII al XX. Barcelona: Editorial Paidós.
[4] Fourastie, Jean (1968). La moral prospectiva: la moral de ayer, de hoy y de mañana. Madrid: Ediciones Cid.
[5] Marx, K. (2005). Manuscritos de economía y filosofía, Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, p.111 
[6] Las cualidades recién mencionadas, creemos, se mantendrán en el período pos pandemia, aunque no sabemos todavía, respecto alguna de ellas, de qué manera en su concreción.

jueves, 23 de abril de 2020

Pandemia de mentiras sobre el coronavirus: así amenaza nuestra salud y la democracia


Hoy, más que nunca, la verdad se ha convertido en una cuestión de vida o muerte
Por Alberto Quian 
Alberto Quian es doctor en Investigación en Medios de Comunicación. Profesor de Periodismo Científico en la Universidad Carlos III de Madrid (UC3M) y de Periodismo de Investigación en la Universitat Oberta de Catalunya (UOC). 


Este artículo no reproduce ninguna de las falsedades que circulan por Internet sobre el SARS-CoV-2 para no amplificar la mentira. Es un repaso a evidencias y advertencias científicas contra la epidemia de desinformación que acecha al conocimiento y, por lo tanto, a la verdad contrastada sobre este nuevo virus, fundamental para tomar decisiones que preserven la salud de los ciudadanos y de sus derechos y libertades. Gobiernos, partidos políticos, prensa y redes sociales están en el centro de la mayor tormenta sanitaria, política, económica y social que ha sufrido la humanidad desde la Segunda Guerra Mundial. Ahora es el tiempo para el gobierno de la ciencia. 

Una pandemia amenaza con llevarnos primero al caos y luego al totalitarismo: la desinformación. Si el coronavirus SARS-CoV-2 supone el mayor desafío para el bienestar de la humanidad desde la Segunda Guerra Mundial, los bulos y las teorías conspirativas que infectan Internet y que se propagan principalmente desde redes sociales –pero también por medios propagandísticos y sensacionalistas– sobre este virus son, seguramente, la mayor amenaza que han enfrentado las democracias y la seguridad de los ciudadanos en las últimas décadas. La comunidad científica avisa: la pandemia desinformativa (o infodemia) es, potencialmente, tan peligrosa para la sociedad como el propio brote vírico. 

Los virus son parásitos que no pueden subsistir por sí solos. Sin un huésped que los acoja, su existencia es muy corta y su capacidad de propagarse, nula. Así que buscan cómo introducirse en organismos vivos para alimentarse de sus células y multiplicarse, creando réplicas de sí mismos. Esto es lo que sucede con el coronavirus SARS-CoV-2, la gripe o el VIH, por ejemplo, pero también con el virus de la mentira en Internet. 

Redes sociales como Facebook, Twitter e Instagram, o servicios de mensajería instantánea como Whatsapp son una suerte de metaorganismos con cientos de millones de células (sus usuarios) susceptibles de hospedar el virus de la mentira, replicarlo y propagarlo exponencialmente. No hablamos, por lo tanto, de redes sociales, sino de redes infecciosas donde la desinformación encuentra sus mejores huéspedes (que ‘viral’ sea la palabra más asociada a las redes sociales, enfatizada y adorada por sus usuarios –especialmente por los llamados influyentes o aspirantes a ese estatus vírico–, es una prueba clara de la naturaleza infecciosa de estos espacios virtuales para la comunicación de las masas). 

Aunque tenemos una vacuna contra este virus –la información veraz y contrastada–, esta se ha mostrado ineficaz cuando se aplica en las redes infecciosas de Internet, donde la capacidad de propagación exponencial de la mentira supera la capacidad inmunitaria de la verdad contrastada. Su velocidad y escala es tal, que no se ha encontrado la manera efectiva de frenar el contagio de la mentira y erradicar esta enfermedad global que afecta al bienestar político, económico y social. 
La comunidad científica avisa: la pandemia desinformativa (o infodemia) es, potencialmente, tan peligrosa para la sociedad como el propio brote vírico

Esto lo saben los virólogos de la información: estudios científicos han constatado que la información falsa llega más lejos, más rápido y a más gente que la verdadera. Por ejemplo, un estudio publicado en Science –una de las revistas científicas más prestigiosas del mundo– demostró, como decíamos, que las informaciones falsas se difunden “significativamente más lejos, más rápido y más profunda y ampliamente” que las verdaderas “en todas las categorías de información”, aunque el impacto es “más pronunciado” en el caso de las noticias políticas falsas, que, al fin y al cabo, son las que tienen mayor capacidad de influir en la opinión pública y en el comportamiento de la gente.

Y lo más grave: “Al contrario de lo que se cree, los robots aceleran la difusión de noticias verdaderas y falsas al mismo ritmo, lo que implica que las noticias falsas se extienden más que la verdad porque los humanos, no los robots, tienen más probabilidades de propagarlo”. La mentira no es, por lo tanto, un mal tecnológico, sino una enfermedad humana. 

COVID-19, la pandemia perfecta para conspiranoicos
La mentira política no es la única que se expande por la Red. La salud es un área muy productiva para los fabricantes de mentiras virales, sabedores de que es uno de los temas que más preocupa a los ciudadanos y que más consultas e interés suscita en Internet –donde muchos contenidos son de dudosa o nula calidad y fiabilidad–, desde búsquedas en Google, hasta el consumo de vídeos en plataformas como YouTube, pasando por una abrumadora presencia de pseudoexpertos y pseudocientíficos que propagan información falsa, peligrosos consejos y opiniones sesgadas en redes sociales. 

Su velocidad y escala es tal, que no se ha encontrado la manera efectiva de frenar el contagio de la mentira y erradicar esta enfermedad global. Un ejemplo: expertos avisaron en marzo de 2019 del auge de informaciones falsas relacionadas con la salud; fue en el XXVI Congreso Nacional de Medicina General y de Familia, celebrado en Santiago de Compostela por la Sociedad Española de Médicos Generales y de Familia (SEMG), donde se presentó la I Guía contra los bulos en Atención Primaria I. En esta se advierte: “La proliferación de falsas noticias en el ámbito sanitario puede tener consecuencias graves para la salud pública. La difusión de bulos ocasiona, por ejemplo, que haya personas que utilicen terapias alternativas contra el cáncer y sean propensas a rechazar los tratamientos convencionales, por lo que tienen mayor riesgo de muerte”. 

También se destaca que “la alta incidencia de los bulos de salud y las fake news en las distintas áreas de la Atención Primaria se hace más evidente en las redes sociales, sobre todo en Twitter”. 
En el caso de la crisis mundial por la pandemia del coronavirus SARS-CoV-2, las mentiras también están triunfando. Así lo evidencia, por ejemplo, el informe Bulos sobre coronavirus, editado por el Instituto #SaludSinBulos, una iniciativa de la agencia de comunicación Com Salud en colaboración con la Asociación de Investigadores en eSalud (AIES), para la que se ha creado una red de colaboradores formada por profesionales sanitarios, representantes de asociaciones de pacientes, periodistas y organizaciones científicas y médicas. Su objetivo: “Combatir los bulos de salud en internet y las redes sociales, y contribuir a que exista información veraz y fiable en la Red”. 

“Alucinadas conspiraciones sobre el origen de la epidemia y remedios falsos para la COVID-19 siguen copando las conversaciones de Twitter”, han advertido desde este instituto. 
Un trabajo de investigadores de la Facultad de Medicina de la Universidad Americana de Beirut (Líbano) ha concluido –en base al análisis de mensajes publicados en Twitter marcados con 14 hashtags relacionadas con la pandemia de coronavirus– que “la desinformación médica y el contenido no verificable relacionado con la epidemia global de COVID-19 se propagan a un ritmo alarmante en las redes sociales”. Detrás de esas informaciones erróneas o falsas están usuarios no expertos en salud. 

Aunque muchos trabajos se centran en Twitter por la facilidad que ofrece esta plataforma a los científicos para descargar y analizar datos masivos, el problema se expande por todas las plataformas sociales. Un estudio sobre los vídeos que se publican en YouTube relacionados con la actual pandemia constata que “el contenido médico de estos videos es subóptimo y debe mejorarse”, para lo cual sus autores piden a las agencias gubernamentales e internacionales de salud que “aumenten su presencia en línea y consideren YouTube como una fuente popular para la difusión de información confiable”. 

En un artículo publicado en el medio especializado en información científica The Conversation, titulado en su versión en español El coronavirus es un campo abonado para los ‘conspiranoicos, Daniel Jolley – profesor titular de Psicología en la Universidad de Northumbria, en Newcastle (Reino Unido)– y Pia Lamberty – investigadora en Psicología Social y Jurídica en la Universidad Johannes Gutenberg de Mainz (Alemania)– exponen: “La creencia de que los poderes malignos traman un plan secreto está muy extendida en todas las sociedades, y a menudo hacen referencia a la salud. Una encuesta realizada por YouGov [firma internacional de investigación de mercados y análisis de datos basada en Internet] en 2019 reveló que el 16 % de los españoles que respondieron a las preguntas creen que el virus del VIH fue creado y esparcido por todo el mundo por un grupo secreto. Mientras, el 27 % de los franceses y el 12 % de los británicos que se sometieron al cuestionario tenían la convicción de que ‘se estaba ocultando de manera deliberada al público la verdad sobre los efectos nocivos de las vacunas’”. 

Un estudio sobre los vídeos que se publican en YouTube relacionados con la actual pandemia constata que “el contenido médico de estos videos es subóptimo y debe mejorarse”
El problema es de tal magnitud, que la propia Organización Mundial de la Salud (OMS) ha creado un espacio web para intentar frenar el virus de la mentira sobre el SARS-CoV-2, desmintiendo los bulos que se expanden por Internet sobre este virus. Una plataforma de información contrastada médicamente, veraz y útil para la población, que defiende y promociona la comunidad científica y sanitaria. 

En un artículo publicado en Journal of Clinical Nursing, un grupo de enfermeras de Hong Kong plantea que frente a los “niveles sin precedentes de información errónea, teorías de la conspiración, noticias falsas y rumores relacionados con la COVID-19”, que ponen en peligro la lucha contra la pandemia, es necesario recurrir a fuentes confiables como el espacio web abierto por la OMS. 

“Las redes sociales y noticias sensacionalistas sobre el brote han generado pánico y desconfianza en el público en general, no solo desviando la atención de la respuesta al brote, sino también dificultando las actividades de los profesionales de la salud, ya en sí saturados”, lamentan estas enfermeras, que censuran la proliferación de mensajes y anuncios sobre falsos remedios caseros y naturales para prevenir y curar el coronavirus que no solo son estériles, sino que en algunos casos también “pueden producir efectos contraproducentes” en la salud. Tristemente, “el pánico en las redes sociales viaja más rápido que la propagación de COVID-19”. 

Las democracias, la historia y la salud pública, en peligro
La victoria de la mentira es la derrota de la libertad. Cualquier forma de totalitarismo se sustenta en la distorsión o borrado de hechos y datos, y en el exterminio de la verdad. La libertad de cada individuo y la colectiva reside en el conocimiento (obsérvese que ‘ciencia’ es una palabra que proviene del latín scientĭa, cuyo significado es ‘conocimiento’). En base al conocimiento podemos tomar decisiones razonadas: qué opción política es la mejor, por qué es importante reciclar, por qué debemos vacunarnos o por qué tenemos en estos momentos que confinarnos en casa para evitar la propagación del coronavirus. Sin ese conocimiento, estamos abocados a subsistir en la ignorancia –y, por lo tanto, en el miedo– y a ser controlados por aquellos que secuestran o aniquilan el conocimiento para tomar decisiones por y sobre nosotros. Ser libres para tomar decisiones por nosotros mismos –como individuos y como colectivo– es el pilar de la democracia. 

Las factorías de la mentira han existido siempre, pero es en momentos de crisis – políticas, económicas, sociales, sanitarias o naturales– cuando su cadena de producción se pone a pleno rendimiento. Y ahora, más que nunca. Las redes (sociales) de infección en Internet son un extraordinario canal de distribución de la mentira; el mayor, más rápido y efectivo jamás creado. Su escala web (global) y su inmediatez hacen de estas la mayor arma de destrucción masiva de la verdad que ha conocido la humanidad. La victoria de la mentira es la derrota de la libertad. Cualquier forma de totalitarismo se sustenta en la distorsión o borrado de hechos y datos, y en el exterminio de la verdad

Volviendo a Jolley y Lamberty, estos nos recuerdan que “las teorías de la conspiración no son exclusivas de nuestro tiempo o cultura actual”. También enfatizan que estas “tienden a surgir en situaciones de crisis social, como cuando tiene lugar un atentado terrorista o suceden cambios políticos repentinos o recesiones económicas. Así pues, las teorías conspirativas se multiplican en períodos de incertidumbre y amenaza en los que buscamos el sentido a un mundo sumido en el caos, con similares circunstancias a las que se producen con los brotes víricos, lo cual explica el alcance de las teorías de la conspiración en relación con el coronavirus”. 

Jolley y Lamberty nos remiten, entre otros, a un estudio de científicos de la Universidad Libre de Amsterdam (Países Bajos) y de la Universidad de Kent (Reino Unido) en el que se enfatiza “el vínculo entre situaciones de crisis social y la creencia en las teorías de conspiración”, que, insistimos, no son algo nuevo, sino que “han prevalecido a lo largo de la historia de la humanidad”. 
“La evidencia sugiere que los sentimientos aversivos que las personas experimentan cuando están en crisis (miedo, incertidumbre y la sensación de estar fuera de control) estimulan una motivación para dar sentido a la situación, aumentando la probabilidad de percibir conspiraciones en situaciones sociales”, explican los autores de ese estudio, Jan-Willem van Prooijen y Karen M Douglas. 

Pero hay una siguiente fase que sucede al proceso de formación de las teorías de la conspiración, cuando estas “se convierten en narraciones históricas que pueden extenderse a través de la transmisión cultural”, formando “la base de cómo las personas posteriormente recuerdan y representan mentalmente un evento histórico”. Es así como, por ejemplo, en el contexto de la crisis sanitaria que vivimos actualmente, se intenta construir un relato ficticio –lo que los populistas y fabricantes de la posverdad llaman “hechos alternativos– sobre el origen del coronavirus –situándolo en laboratorios imaginarios, por ejemplo, algo absolutamente desmentido por la comunidad científica–, para que perviva y se imponga a la  evidencia científica de su origen zoonótico (las zoonóticas son un grupo de enfermedades infecciosas que se transmiten de forma natural de los animales a los seres humanos), al igual que ha sucedido con el VIH (pese a las pruebas científicas de que este se transmitió de monos a humanos y el origen de la epidemia del sida ha sido situado en 1920 en Kinshasa –capital de la República del Congo–, no son pocos los que han mantenido la falacia de que es un virus de laboratorio, o incluso que no existe). 

Las creencias en teorías conspirativas relacionadas con la salud nos ponen a todos en peligro, pues uno de sus pilares es poner en duda a las llamadas autoridades sanitarias, sugiriendo que estas trabajan al servicio de un poder maligno que solo busca causar daño a la humanidad (solo una persona enajenada puede pensar que científicos de todo el mundo, con ideologías, culturas, intereses, problemas y experiencias vitales distintas, se pueden poner en secreto de acuerdo entre ellos y con gobernantes de todo el planeta para causar mal). Es lo que sucede, por ejemplo, con el movimiento antivacunas, con estúpidas teorías conspiranoicas de fanáticos que ponen en riesgo las vidas de sus hijos y de los demás. 

Como bien señalan Jolley y Lamberty, “investigadores han demostrado que las teorías conspirativas relacionadas con emergencias médicas tienen el poder de incrementar la desconfianza en las autoridades sanitarias, lo cual puede traducirse en dificultades a la hora de que la población tome medidas para protegerse”. No extrañan, por tanto, los ataques furibundos –principalmente desde movimientos populistas y de ultraderecha, negacionistas de las evidencias científicas– que ha recibido en España el doctor Fernando Simón, director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias del Ministerio de Sanidad. Tampoco debemos olvidar la inculta y perversa declaración del líder del Partido Popular, Pablo Casado, acusando al presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, de “parapetarse en la ciencia” en la crisis del coronavirus, cuando no existe otra solución a este problema que la científica. 

Investigadores han demostrado que las teorías conspirativas relacionadas con emergencias médicas tienen el poder de incrementar la desconfianza en las autoridades sanitarias Negacionistas de la ciencia, populistas y conspiranoicos nos ponen a todos en peligro. Basta con que unos pocos les hagan caso, den credibilidad a sus falacias y se salten las normas y consejos sanitarios para exponernos a todos a un virus letal. Y no solo esto, también nos sitúan al borde del odio y del caos social. 

“La expansión de las teorías de la conspiración de tipo médico también pueden tener graves consecuencias para otros sectores sociales. [...] el brote del coronavirus ha dado lugar a un aumento en todo el mundo de los ataques racistas contra personas con rasgos físicos típicos de los países de Extremo Oriente”, lamentan Jolley y Lamberty. 

Las enfermeras hongkonesas antes citadas también denuncian la ola de odio y racismo contra ciudadanos orientales y que ha golpeado incluso a profesionales de la salud. “La BBC informó de que a un enfermero filipino de cardiología en Inglaterra se le pidió que ‘dejara de propagar el virus’ cuando estaba usando el transporte público”, ponen como ejemplo. 

“Estos niveles de xenofobia y racismo son absolutamente abominables y no tienen cabida en una sociedad civilizada moderna”, critican las enfermeras, que nos recuerdan que, “desafortunadamente, el racismo frente a los desastres humanitarios tiene una historia mucho más larga que la del brote actual de COVID-19”. 

Que líderes mundiales como Donald Trump e incluso algunos medios hayan denominado al SARS-CoV-2 como “el virus chino” es un síntoma más de la enfermedad racista que se propaga por el planeta. 

Estos brotes también se han dado en España con expresiones de odio a la población de Madrid, foco principal de la epidemia aquí. Y no son pocos los ciudadanos españoles que han sufrido episodios de xenofobia en el extranjero a raíz de esta pandemia. 

La pandemia de informaciones falsas no es el único problema. “Relacionado con la infodemia está la llamada geodemia de consideraciones geopolíticas y el populismo nacionalista que parece que se está poniendo por delante de la ciencia en el control de la epidemia vírica”, observan Gabriel M. Leung y Kathy Leung, del Centro Colaborador de la OMS para Epidemiología y Control de Enfermedades Infecciosas en la Universidad de Hong Kong. 

La epidemia vírica, la infodemia y la geodemia cierran un triángulo donde se pueden extinguir millones de vidas, el conocimiento y el bienestar económico de una amplísima parte de la población mundial. 

La mala ciencia y el mal periodismo 
John P.A. Ioannidis, uno de los científicos de más renombre en el mundo –profesor en la prestigiosa Universidad de Stanford en los departamentos de Medicina, Epidemiología y Salud Pública, y Datos Biomédicos y Estadística–, ha advertido de la existencia de una “epidemia de afirmaciones falsas y acciones potencialmente dañinas” en relación con la crisis mundial del SARS-CoV-2. 
En un artículo publicado en la revista científica European Journal of Clinical Investigation, Ioannidis apunta a dos focos de desinformación, o de información errónea. Uno es la urgente producción científica no revisada por pares que se está lanzando en la web como prepublicaciones (los conocidos en jerga científica como preprints, en inglés). Si bien es cierto que una emergencia global sin precedentes como la de la pandemia de la COVID-19 requiere de una ciencia más ágil y efectiva –más apegada a la actualidad, algo a lo que no está acostumbrada por sus complejos, pero necesarios, procesos de producción, evaluación y publicación–, la publicación en masa de investigaciones que no han pasado el filtro de calidad de la revisión por pares eleva notablemente las posibilidades de que otros científicos y periodistas utilicen información y datos erróneos, sesgados, no contrastados o incluso falsos, agrandando la bola de nieve de la desinformación. Esto, por supuesto, no debe poner en cuestión la enorme y valiosísima labor que, en su conjunto, está realizando la comunidad científica internacional para comprender este nuevo virus y aportar soluciones. Pero debe tomarse en cuenta en el obligado ejercicio para cualquier científico y periodista de saber diferenciar entre buena y mala ciencia. 

Para evidenciar el problema al que nos exponemos, Ioannidis expone varios ejemplos. Uno de ellos, el más demostrativo, es el trabajo que firmaron varios investigadores del Instituto Indio de Tecnología y la Universidad de Delhi, un preprint publicado el 31 de enero de 2020 –cuando apenas estábamos empezando a conocer la existencia de la epidemia–, en bioRxiv, una plataforma web impulsada por el Cold Spring Harbor Laboratory –instituto estadounidense referente en el mundo en investigación biomédica–, donde se publican de manera rápida artículos científicos que no han sido sometidos aún a una revisión por pares. Sus afirmaciones eran muy atractivas para cualquier productor de películas de Hollywood, pero la metodología de su estudio y sus resultados, demasiado endebles para la ciencia

Los autores de ese trabajo afirmaron haber encontrado una “increíble similitud” entre la secuencia genética del virus SARS-CoV-2 y la del VIH-1 (causante del sida), y sugirieron que esas coincidencias no “eran de naturaleza fortuita”. Sus afirmaciones alentaron a conspiranoicos y periodistas insensatos que defienden la disparatada idea de que virus de demostrado origen zoonótico son creaciones de laboratorio de malvados y malignos científicos que pretenden aniquilar a toda o una parte de la humanidad. Sus afirmaciones eran muy atractivas para cualquier productor de películas de Hollywood, pero la metodología de su estudio y sus resultados, demasiado endebles para la ciencia. El artículo fue retractado por sus propios autores a las 72 horas de su publicación, tras un aluvión de críticas, pero el daño ya estaba hecho. Se convirtió en el trabajo científico más compartido de toda la historia en las redes sociales hasta el momento, “alimentando las teorías de la conspiración sobre científicos que fabrican virus peligrosos y ofreció munición a los negacionistas de las vacunas”, lamenta Ioannidis.

“Con más de 20.000 tuits y 56 noticias publicadas en distintos medios de comunicación, algunos de tanto alcance como The Angeles Times, The Guardian, The Scientist, Foreign Affair, Newsweek… el preprint y la información derivada de él se hizo viral”, explican Emilio Delgado López Cózar y Alberto Martín Martín, investigadores de la Facultad de Comunicación y Documentación Universidad de Granada.

Sin embargo, la inmensa mayoría de los científicos no cayó en la trampa. No solo fue la propia comunidad científica la que advirtió de los desaciertos de esa investigación, también la ignoró. Hasta mediados de marzo, ese artículo había recibido “solo dos citas de acuerdo con Google Scholar, una de un artículo que explora el impacto mediático de los preprints en la crisis del coronavirus, y otra de un trabajo que refuta directamente los resultados del estudio. Esto significa un impacto científico, medido en términos de citas, ínfimo”, destacan los investigadores de la Universidad de Granada. 

Pese a que la comunidad científica tiene mecanismos diversos de control que, tarde o temprano, detectan y corrigen defectos o errores, no sucede lo mismo con la impulsiva e irracional comunicación de masas en las redes infecciosas de Internet, donde, como ya hemos dicho, la mentira se expande más rápido y ampliamente que la verdad. 

“Mientras que la comunidad científica ha sido capaz de permanecer inmune a una información sesgada y tendenciosa, consiguiendo la retirada del artículo de manera inmediata y castigando con el olvido al trabajo en la literatura científica, otros sectores de la población han sido muy vulnerables a quedar infectados por una información escandalosamente sugestiva que, revestida de credenciales científicas y expresada por nuevos canales de comunicación científica, es ambigua, imprecisa, sesgada y no fundamentada”, explican López Cózar y Martín Martín sobre la investigación de los científicos indios. 

El caso de este trabajo ha evidenciado la paradoja de que, a veces, “la ciencia se utiliza para apoyar las teorías de conspiración”, de manera que “lo que parece evidencia científica se usa para apoyar la idea de que no se puede confiar en los científicos”, agrega al debate Joana Gonçalves de Sá, de la Escuela de Negocios y Economía (Nova SBE) de la Universidad Nova de Lisboa, en un artículo publicado en Nature. 

A veces, la ciencia se utiliza para apoyar las teorías de conspiración, de manera que lo que parece evidencia científica se usa para apoyar la idea de que no se puede confiar en los científicos
“El artículo ha sido retractado, pero la sugerencia de que el virus fue creado en el laboratorio es más difícil de eliminar”, concluye esta científica de datos, para quien un factor que puede explicar el fenómeno de propagación exponencial de informaciones falsas en las redes sociales podría ser el hecho de que “las personas que comparten esas informaciones erróneas sobreestimen su capacidad para comprender problemas muy complejos y experimenten una forma del efecto Dunning-Kruger”, esto es, pensar que uno sabe más sobre un asunto o tema de lo que realmente sabe, creyéndose incluso más inteligente que los expertos en una materia. “Esto puede verse exacerbado por la falta de confianza en las instituciones, ya sean gobiernos, la industria farmacéutica o los medios tradicionales”, añade Gonçalves de Sá. 

Por desgracia, este no es un mal exclusivo de las redes sociales. Cada día vemos en platós de televisión, escuchamos en la radio y leemos en prensa a periodistas políticos aleccionando a las audiencias sobre un virus –los periodistas científicos siguen desterrados–, o a artistas, deportistas, toreros y empresarios dando consejos y opinando sobre las medidas necesarias para combatir la pandemia. La irresponsabilidad periodística está siendo enorme. 

Negacionistas de la ciencia y medios sensacionalistas, una amenaza para todos 
Los negacionistas alimentan sus teorías conspiranoicas con los errores de la ciencia (no obviemos que la ciencia es humana y, muchas veces, se equivoca, pero es una actividad en la que el error se reconoce como una característica de progreso, como algo útil, como un punto para superar una adversidad y mejorar, de ahí que uno de los principios básicos de la ciencia sea la falsabilidad o refutabilidad, esto es, la capacidad de una teoría o hipótesis de ser sometida a pruebas que la contradigan; algo que nunca se da en política, por ejemplo, donde nadie reconoce perder nunca la razón, aun siendo evidente y demostrado el error o la falsedad). 

Atendiendo al contexto actual marcado por la crisis del coronavirus, los científicos Areeb Mian y Shujaat Khan, del Imperial College de Londres, señalan cómo los errores científicos –malinterpretados por bisoños, estrujados por malintencionados o mal comunicados por los propios investigadores– han causado en los últimos tiempos una “desconexión entre el consenso científico y el público sobre temas como la seguridad de las vacunas, la forma de la Tierra o el cambio climático”. Una desconexión entre ciencia y ciudadanos que “ha empeorado progresivamente a medida que la sociedad se ha dividido aún más por el clima político de hoy”, cada vez más polarizado por los populismos. Esto, dicen, “ha creado un entorno óptimo para que los grupos contra la ciencia ganen terreno y propaguen sus falsas teorías e información”. En este ambiente de progresiva desconfianza hacia la ciencia, “la crisis de salud pública que surge debido al coronavirus COVID-19 también está comenzando a sentir los efectos de la desinformación”, advierten. 
En un artículo publicado en la revista científica BMC Medicine, Mian y Khan, llaman a “promover la evidencia científica y la unidad sobre la desinformación y la conjetura”, que “han ahogado fuentes de información creíbles” sobre este virus. 

Los investigadores calcularon que existían “más de 52 millones de sitios web con información engañosa y teorías conspirativas” a mediados de marzo. Estos investigadores calcularon que existían “más de 52 millones de sitios web con información engañosa y teorías conspirativas” a mediados de marzo. Una muestra del enorme potencial de la mentira en la Red. 

“La influencia de estos falsos argumentos puede ser tan contagiosa, que puede influir en la política gubernamental, que tiene el potencial de ser fatal”, advierten estos científicos. Porque una de las grandes utilidades públicas de la ciencia es, como ya hemos mencionado, servir como herramienta fiable para tomar decisiones individuales y colectivas. Y si quienes tienen que decidir sobre nuestro bienestar, progreso y salud pública son individuos como Donald Trump en Estados Unidos o Santiago Abascal (Vox) en España –dos de los líderes de la nueva ultraderecha que ha emergido en Occidente tras la crisis económica global–, debemos estar seguros de que no lo harán en base a evidencias científicas, sino con pura ideología política. Poner nuestra salud en manos de individuos que imponen sus creencias sobre demostraciones empíricas nos arroja a la fatalidad. 

La ignorancia política no es la única amenaza para nuestro bienestar. Mian y Khan también señalan a los medios, más preocupados por “aumentar sus audiencias” que por ofrecer información veraz y contrastada. “Las principales organizaciones de medios están creando titulares dramáticos, incitando al pánico entre el público”, denuncian. 

“Si bien los profesionales de la salud aún están aprendiendo sobre el virus, los medios de comunicación ya han comenzado a especular sobre el posible impacto en la salud que el virus puede tener, y al publicar los peores efectos potenciales del virus, solo alimentan el pánico entre el público en general”, lamentan Mian y Khan. 

Otra amenaza que señalan estos científicos es la que proviene de los irresponsables y peligrosos consejos o falsas informaciones que circulan por Internet sobre presuntas soluciones milagrosas, sin base científica alguna, para la COVID-19. “Si bien muchos de estos son inofensivos, algunos son potencialmente muy peligrosos”, alertan. 

“La difusión de información falsa ahoga las fuentes creíbles y, a su vez, genera una mayor confusión pública, lo que en última instancia conduce a una mayor difusión y a una mitigación ineficiente de la transmisión del virus”, dejando a los ciudadanos “sin preparación para combatir una crisis de salud pública”, insisten estos expertos. 

Es el momento de los científicos y sanitarios, no de los políticos
Mian y Khan también advierten del peligro de politizar una crisis de salud pública mundial como la que estamos padeciendo. A nadie se le escapa que en todos los países los partidos que gobiernan o aspiran a gobernar –sean del color que sean– están realizando un importante –y extenuante para el ciudadano– ejercicio de propaganda para ganarse el favor de los potenciales votantes. 

Ante la refriega política, no son pocos los científicos que han solicitado que se centren los esfuerzos en salvar vidas y en buscar soluciones a la pandemia, y se dejen de lado en estos momentos las contiendas partidistas. Y para ello, cada gobierno –de derechas o de izquierdas, liberal, conservador, socialdemócrata o comunista– debe hacer un ejercicio poco común: “En momentos como este, el mensaje de los gobernantes debe ser coherente para que el público pueda recuperar la confianza en los funcionarios públicos”, aconsejan los investigadores del Imperial College. 

A nadie se le escapa que en todos los países los partidos que gobiernan o aspiran a gobernar  están realizando un importante ejercicio de propaganda para ganarse el favor de los potenciales votantes
En la misma línea, investigadores españoles han pedido a los líderes políticos que “no exploten la situación para obtener ganancias políticas” de esta crisis sanitaria causada por el coronavirus. 
Aunque no estemos acostumbrados, ahora, y por extraño que parezca, no es tiempo para los políticos, sino para los sanitarios y científicos. Son ellos quienes deben gobernar la situación –aunque le pese al señor Pablo Casado–, con el apoyo de la clase política y de los periodistas. 

“Los gobiernos y las figuras mediáticas deben utilizar el conocimiento de los expertos, particularmente de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades y de la OMS, para entregar información precisa y sensata para no provocar el pánico entre el público. La aparición de este virus ofrece una oportunidad para que los profesionales de la salud pública luchen unidos contra esta amenaza común. Si las autoridades sanitarias manejan, educan y abordan adecuadamente las inquietudes de las personas, existe la oportunidad de reducir el nivel de desconfianza que ha surgido por los movimientos contra la ciencia en los últimos tiempos”, exhortan Mian y Khan. 

En la misma línea argumentativa, Laurie Garrett –periodista científica que ganó en 1996 el Premio Pulitzer por una serie de artículos sobre el brote del virus del ébola en la República Democrática del Congo–, considera que “el único bastión de defensa contra el creciente pánico público, la histeria del mercado financiero y los malentendidos no intencionados de la ciencia y la epidemiología del SARS-CoV-2 es una contrainformación ágil, precisa y disponible en todo el mundo, con un gran fundamento moral y que transmita una narrativa constantemente impulsada por la ciencia”. 

En un artículo publicado en la revista médica The Lancet, Garrett asume algo que los científicos saben pero mucha gente no comprende: que la verdad “en ciencia puede y debe cambiar a medida que avanzan las investigaciones y el análisis de datos”, también en el caso de este coronavirus, “pero su resultado final debe reflejar consistentemente el empirismo, una dosis sólida de escepticismo y escrutinio, y una convicción absoluta en la diseminación temprana de investigaciones y análisis de emergencia. Y esos bastiones deben resistir los intentos de influir en sus mensajes para reflejar intereses institucionales o políticos”, advierte. 

Garrett nos recuerda lo que es una evidencia, pero algunos quieren negar por simpatías con la dictadura China: la censura del Partido Comunista, que ocultó el brote de la epidemia durante casi un mes, y sus represalias contra el médico que identificó los primeros casos, nos han retrasado en la lucha contra este coronavirus.

“Si China hubiera permitido al médico Li Wenliang y sus valientes colegas de Wuhan informar de sus sospechas sobre una nueva forma de neumonía infecciosa a otros colegas, redes sociales y periodistas, sin arriesgarse a una sanción, y si los funcionarios locales no hubiesen publicado durante semanas información falsa sobre la epidemia, puede que ahora no nos estuviésemos enfrentando a una pandemia”, expone esta experta, cuyas críticas no se ciñen al régimen chino. 

Garrett extiende su queja a más países, con sistemas políticos, gobiernos y culturas distintos: “Si los funcionarios japoneses hubieran permitido la divulgación completa de sus procedimientos de cuarentena y pruebas a bordo del abandonado crucero Princess Diamond, consideraciones cruciales podrían haber ayudado a prevenir la propagación a bordo del barco y haber prevenido a otros países sobre el regreso a casa de pasajeros potencialmente infecciosos. Si la Iglesia Shincheonji [una secta] y sus partidarios en el Gobierno de Corea del Sur no se hubieran negado a proporcionar los nombres e información de contacto de sus miembros y no hubieran bloqueado los esfuerzos de los periodistas para conocer la propagación del virus en sus filas, se podría haber evitado muchas infecciones y muertes en ese país. Si el viceministro de Salud de Irán, Iraj Harirchi, y los miembros del consejo gobernante del país no hubieran tratado de convencer a la nación de que la situación de la Covid-19 estaba ‘casi estabilizada’, incluso cuando Harirchi sufría visiblemente la enfermedad cuando se presentaba ante las cámaras, Medio Oriente podría ahora no encontrarse en grave peligro por la propagación de la enfermedad, con Arabia Saudita suspendiendo las visas a los peregrinos que quieren visitar La Meca y Medina. Ni Irán ni Arabia Saudita tienen un periodismo libre y abierto, y ambas naciones buscan controlar las narrativas a través de las redes sociales, la censura, el encarcelamiento o incluso ejecuciones. Y si la administración Trump no hubiera declarado que las críticas a su lenta respuesta a la epidemia eran un ‘engaño’, alegando que eran un ataque político de la izquierda, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos podrían haber sido presionados para realizar pruebas generalizadas a principios de febrero, descubriendo focos de transmisión del virus antes de que se dispersara ampliamente”. 

En el caso de China, la errática actitud del Gobierno y su censura al inicio de la pandemia contrasta con la labor que han desarrollado sus científicos, que “han trabajado con diligencia y eficacia para identificar rápidamente el patógeno detrás de este brote, adoptar medidas significativas para reducir su impacto y compartir sus resultados de manera transparente con la comunidad sanitaria mundial”, destaca un grupo de 27 científicos de salud pública en un manifiesto firmado en The Lancet, en solidaridad con sus colegas chinos. 

Estos científicos –pertenecientes a instituciones de Estados Unidos, España, Alemania, Reino Unido, Italia, Australia, Países Bajos, Hong Kong y Malasia– aplauden “el intercambio rápido, abierto y transparente de datos sobre este brote”, pero avisan de que este “ahora se ve amenazado por rumores y desinformación” sobre el origen de la pandemia. 

“Nos unimos para condenar enérgicamente las teorías de la conspiración que sugieren que la COVID-19 no tiene un origen natural” y que “no hacen más que crear miedo, rumores y prejuicios que ponen en peligro nuestra colaboración global en la lucha contra este virus”, exponen en su manifiesto, en el que referencian varios trabajos que demuestran “de manera abrumadora que este coronavirus se originó en la vida silvestre, como muchos otros agentes patógenos emergentes”. 
Hay acuerdo en la comunidad científica y sanitaria sobre la necesidad de disponer de información contrastada, transparente y abierta, accesible a todo el mundo, “para reducir el miedo y la discriminación” y frenar la pandemia de mentiras, además de la vírica. Y en esto es fundamental la implicación de las autoridades sanitarias y gubernamentales de todos los países.



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