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lunes, 12 de octubre de 2020

Paulo Freire y la pedagogía de la esperanza en tiempos pandémicos

 Semanas antes del inicio de la pandemia, Jair Bolsonaro caracterizó a Paulo Freire como un “energúmeno ídolo de la izquierda”. No fue esta, por cierto, la primera ni seguramente sea la última vez que el presidente de Brasil lance improperios públicos contra quien fuera uno de los máximos educadores populares del sur global. ¿Por qué tamaño ensañamiento contra él? ¿En qué radica la peligrosidad de sus ideas y propuestas en el contexto actual?

 


Nacido en 1921 en Recife, norte de Brasil, y fallecido en 1997 en São Paulo, Freire es quizás el principal referente de una corriente pedagógico-política surgida de las entrañas de Nuestra América, aunque con ramificaciones e influencias en otras latitudes del mundo. Maestro trashumante y caminador incansable de la palabra, peregrino aprendiz y consejero de infinidad de movimientos sociales y organizaciones de izquierda, autor de numerosos libros centrados en la crítica de la educación “bancaria”, para él la denuncia del carácter político del acto educativo tenía como correlato la necesaria toma de postura en favor de la concientización de las clases subalternas, por lo que el proyecto al que supo aspirar a lo largo de su vida siempre rechazó el autoritarismo, la dadiva paternalista y la verticalidad, abogando por el diálogo, la praxis colectiva y la escucha mutua, como pilares fundamentales de un proceso revolucionario centrado en el creciente protagonismo y la liberación de las y los oprimidos.

 

No casualmente, su derrotero vivencial acompaña -como la sombra al cuerpo- los vaivenes de las luchas y resistencias populares. Desde sus tempranas iniciativas en el nordeste brasileño en los años ’50 y la primera mitad de los ’60, cuando crea Círculos de Cultura y pone en prueba lo que luego será definido como su “método de alfabetización” (basado en palabras o temas-generadores para aprender a leer y escribir desde la problematización del mundo y el territorio habitado), pasando por su prolongado exilio de 15 años tras el golpe militar de 1964, que lo lleva a vivir casi cinco de ellos en Chile (país en el que trabaja con el campesinado y redacta libros emblemáticos como Pedagogía del oprimido y ¿Extensión o comunicación?), y una década en Ginebra, Suiza, con variadas apuestas descolonizadoras en África y América Latina, entre las que se destaca la encarada tras el triunfo de la revolución liderada por Amilcar Cabral en Guinea Bissau y Cabo Verde (cuyas hondas enseñanzas vuelca en Cartas a Guinea Bissau: apuntes de una experiencia pedagógica en proceso), hasta el retorno definitivo a su tierra natal en los años ’80, según sus propias palabras “para reaprender Brasil”. Allí ejercita la perseverante labor pedagógica y formativa en varios frentes, llegando a asumir entre 1989 y 1991 la Secretaría de Educación en la Alcaldía de San Pablo, y haciendo del compromiso con las luchas emancipatorias un rasgo indeleble de sus últimos años de vida.

 

Una de las obras más relevantes que elabora en esta etapa tardía es Pedagogía de la esperanza, que junto a su inconclusa Pedagogía de la indignación (interrumpida producto de su partida el 2 de mayo de 1997), tiene gran vigencia en estos días. Podría decirse que tanto estos como el grueso de los restantes títulos de sus libros, fungen de verdaderas frases-generadoras, certeras consignas de lucha y horizontes utópicos a los que aspirar. Por lo tanto, referirnos a su denso y ajetreado itinerario, implica reconstruir y enunciar una constelación dinámica y en constante movimiento, conjugada desde el gerundio y en plural, ya que constituye una historia que aún no es plenamente Historia, sino que se recrea al calor de los desafíos que nos depara un contexto tan complejo y difícil de asir como el nuestro.

 

En apretada síntesis, nos interesa reseñar algunas de las principales ideas-generadoras que anidan en los últimos textos producidos por Freire, a modo de anticuerpos para estos tiempos pandémicos, con el propósito de contribuir a dotar de mayor visibilidad y potenciar las respuestas “inéditas y viables” que se ensayan desde abajo y la izquierda para superar la crisis civilizatoria que vivimos actualmente.

 

La primera de ellas remite a ejercitar una pedagogía de la memoria histórica que rompa con el colonialismo y la cultura del silencio. No hay posibilidad de afrontar esta crisis abismal si no asumimos una labor de rememoración y aprendizaje que apele al diálogo intergeneracional, de forma tal que logre anudar y conecte el crisol de experiencias y procesos de resistencia y autoafirmación forjados a lo largo y ancho de Nuestra América, no solamente en últimas décadas sino también y sobre todo a partir de revitalizar la memoria popular de mediana y larga duración, para nutrirnos de las cosmovisiones, filosofías y culturas afroamericanas e indígenas, que intentaron ser exterminadas al calor de la violencia colonial-moderna y los sucesivos “epistemicidios”.

 

Es imperioso exhumar aquellas praxis subterráneas no audibles para la sordera del poder estatal y mercantil, e imperceptibles en términos visuales desde el daltonismo academicista. “Yo no conmemoro la invasión, sino la rebelión contra la invasión”, arenga provocativamente Freire al cumplirse el V centenario del encubrimiento de América. En efecto, a este inquieto pedagogo le interesa más que nada “la enseñanza de que los poderosos no lo pueden todo”. En este sentido, celebra por ejemplo que los quilombos “fueron un momento ejemplar de aquel aprendizaje de rebeldía, de reinvención de la vida, de asunción de la existencia y de la historia por parte de esclavas y esclavos”, al igual que más recientemente la bravura de las Ligas Campesinas, para dar cuenta de cómo esas marcas y huellas hoy perduran en formas contemporáneas de hermanamiento y lucha mancomunada como la del MST en Brasil.

 

Estas y muchas otras valientes peleas, pueden brindar enormes aprendizajes de dignidad, pistas para la convivencia democrática y el autocuidado colectivo, estimulando la imaginación política, el arte popular, la espiritualidad y praxis educativa liberadora, desde la corporalidad, la cultura oral y los afectos. Revitalizar cantos, danzas, cuentos, comidas, relatos, vestimentas, medicinas naturales, costumbres y repertorios de acción, que doten de mística y repoliticen la vida cotidiana, a la par que contrarresten el individualismo, la artificialidad, la cultura del desvinculo y la lógica competitiva propia del capitalismo, la colonialidad y el patriarcado, tres enemigos acérrimos de la sensibilidad, que separan tajantemente cuerpo y alma, cabeza y corazón.

 

En segundo lugar, el evitar que el sueño de las y los oprimidos sea emular a sus opresores. El profundo arraigo de valores de derecha, un sentido común desgarrado por prejuicios autoritarios, cierta tendencia latente a la xenofobia, el consumismo, la misoginia y homofobia, el punitivismo y el odio racial, que de conjunto tienen como basamento una “pedagogía enajenadora” azuzada por el miedo, la incertidumbre y la precariedad de la vida que la pandemia devela y amplifica. Freire nos advierte desde sus tempranos escritos acerca de este mal, teorizado lúcidamente por Frantz Fanon, que lleva a una deshumanización total de los sectores populares, al punto de emular al amo, introyectar la violencia o desear convertirse en dominadores.

 

La descolonización requiere por lo tanto respetar los saberes de las clases subalternas, pero no romantizarlos, esto es, tomarlos como punto de partida sin subestimar a la hegemonía burguesa, patriarcal y neocolonial como poderosa educadora. Crear hombres y mujeres nuevas e infancias libres supone desnaturalizar lo supuestamente obvio, desechar la necrofilia tan arraigada en nuestra subjetividad, revertir la cosificación, priorizar el convencer en tanto acto pedagógico y combatir toda forma de dominio o sometimiento que alojamos dentro, ya sea de clase, racial o de género, de manera que esta lucha integral redunde en “cambio de piel”, (re)aprendizaje, (auto)liberación colectiva, vida digna y existencia plena.

 

En la Pedagogía de la esperanza se detalla esta constelación de subalternidades que es preciso ponderar: “el pobre, el mendigo, el negro, la mujer, el campesino, el obrero, el indio”. Atento lector de Gramsci y conocedor de primera mano de lo contradictorio del mundo popular, Freire reconoce que “la propia ideología dominante, autoritaria y discriminatoria, atraviesa también sectores de los dominados: se aloja en ellos”. Más recientemente y en plena sintonía con esta lectura, Mark Fisher supo ironizar acerca de la atmósfera impuesta por el realismo capitalista, que opera como barrera invisible obturando toda posibilidad de pensar y actuar más allá de las variantes o alternativas intra-sistémicas, a tal punto que es “más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”.

 

La tercera contribución freireana es aprender a cultivar una pedagogía de la tierra y el buen vivir. Resulta sugerente que su último escrito, centrado en denunciar el asesinato por parte de cinco jóvenes de un indígena pataxó mientras dormía en una estación de ómnibus, “como quien quema una cosa inútil”, le permite reiterar sus principios antirracistas, al tiempo que amplía la mirada y exige el respeto y “la veneración de la vida no solo humana, sino vegetal y animal”. No hay posibilidad de ejercitar un proceso de concientización, si esta conciencia no es también ecológica y socioambiental.En particular, la pandemia vino a poner sobre la mesa el problema de la alimentación y la multiplicación de enfermedades generadas por las perversas condiciones de producción de aquello que comemos, ambas cuestiones vinculadas entre sí y eminentemente políticas.

 

Es importante recordar la raíz etimológica de la palabra cultura, que remite al cultivo. Freire admite que una oprimida olvidada en su clásico libro escrito hace 50 años atrás fue la naturaleza. Hoy es urgente ensayar formas de producción y consumo alternativas al modelo de los agronegocios, la ganadería industrial, la minería a cielo abierto y los megaproyectos, que una vez más nos prometen “progreso” a costa de devastación ambiental, proliferación de enfermedades, destrucción de la biodiversidad, maltrato extremo de animales y despojo recargado.

 

Pero a la vez, de acuerdo a Freire la denuncia debe tener como contracara el anuncio, es decir, el rechazo y la impugnación del Capitaloceno como sistema de muerte, requiere ensayar aquí y ahora lo “inédito viable”, en tanto conciencia anticipatoria de esos otros mundos posibles a los que se aspira. “No hay utopía verdadera fuera de la tensión entre la denuncia de un presente que se hace cada vez más intolerable y el anuncio de un futuro por crear”, sugiere. De ahí que sea apremiante fortalecer e irradiar aquellas prácticas sustentables basadas en el buen vivir, la soberanía alimentaria, la agroecología y el consumo responsable, que cultivan a diario organizaciones y movimientos tanto en los ámbitos rurales como en las periferias de las ciudades. Esta pedagogía territorializada y sus dinámicas senti-pensantes, tienen a la tierra, la naturaleza y lo común como maestras ineludibles, siendo el trabajo colectivo, no enajenado y cooperativo, al igual que el tequio o la minga, actividades vitales que garantizan la reproducción cotidiana y constituyen un principio ético-formativo de suma relevancia.

 

Como cuarto y último aporte, cabe destacarel abogar por una radicaldespatriarcalización desde las pedagogías feministas. Además de esa gran oprimida que es la tierra, Paulo Freire tuvo la lucidez de reconocer en sus últimos años de vida -a partir de la escucha y el aprendizaje brindado por numerosas activistas y feministas del sur global-, que una relación de poder y dominio clave, no problematizada durante las primeras etapas de su teorización, es la que padecen las mujeres en el marco del patriarcado (exacerbada en estos tiempos de aislamiento forzado y recrudecimiento de las desigualdades estructurales).

 

Desde ya, es acuciante reconocer y dotar de centralidad a las tareas de cuidado y reproducción de la vida, como esenciales y de carácter político, sin dejar de cuestionar la división sexual del trabajo, más aún en la coyuntura de pandemia global. Asimismo, exigir la implementación de la Educación Sexual Integral, reivindicar la soberanía sobre los cuerpos y la puesta en práctica de protocolos contra las múltiples violencias de género. En paralelo, transversalizar los saberes, sentires y haceres que expandan los deseos y combatan toda discriminación, lenguaje o práctica machista,

desnaturalicen los privilegios que ostentan los varones y contrarresten las masculinidades hegemónicas. Finalmente, valorar como tremendamente pedagógicas las iniciativas de mujeres y disidencias en barriadas populares y territorios rurales, los encuentros plurinacionales y paros internacionales, las ollas comunes, asambleas y emprendimientos autogestivos, que proliferan al grito de ¡Ni Una Menos!, contra la misoginia y la hetero-normatividad, asumiendo que -tal como advierten las feministas comunitarias- sin despatriarcalización no hay descolonización posible.

 

Vivimos un momento histórico demasiado parecido a lo que Freire denominó “situación límite”, en la que prescindir de la esperanza es negarle a la lucha uno de sus soportes fundamentales. Por ello, no cabe sino escamotear el fatalismo inmovilizante y hacer de la indignación un motor colectivo que contribuya a reanudar la lucha en un doble sentido: por un lado, para relanzar un nuevo ciclo de protestas basado en el antagonismo y la presencia organizada en las calles, con los recaudos y cuidados necesarios, aunque sin perder radicalidad ni osadía; por el otro, para volver a anudar e hilar articulaciones, construyendo nodos de interseccionalidad que hermanen y potencien desde abajo a estas apuestas emancipatorias. El viejo Freire, cada día más joven, tiene mucho para enseñarnos todavía. Entre las certezas que nos lega, una de las más vigentes es sin duda que la revolución con la que soñamos será pedagógico-política o no será.

 

 

 

Por

Hernan Ouviña

Fuente

https://desinformemonos.org/paulo-freire-y-la-pedagogia-de-la-esperanza-en-tiempos-pandemicos/?fbclid=IwAR3InNARgAa84eaP2rLIBvlPIgIbI-5OqKcsK-QShANQFcmkb7eKGzaeyKg

martes, 6 de diciembre de 2011

Enseñar exige alegría y esperanza

¿El futuro es inexorable? ¿Existe una historia? ¿Un porvenir? Si somos actores de un presente ¿Debemos tener esperanza? ¿A quién favorece el fatalismo? Las respuestas las da Paulo Freire.



Mi involucramiento con la práctica educativa, sabidamente política, moral, gnoseológica, nunca dejó de realizarse con alegría, lo que no quiere decir que haya podido fomentarla siempre en los educandos. Pero, en cuanto clima o atmósfera del espacio pedagógico, nunca dejé de estar preocupado por ella.

Hay una relación entre la alegría necesaria para la actividad educativa y la esperanza. La esperanza de que profesor y alumnos podemos juntos aprender, enseñar, inquietarnos, producir y juntos igualmente resistir a los obstáculos que se oponen a nuestra alegría. En verdad, desde el punto de vista de la naturaleza humana, la esperanza no es algo que se yuxtaponga a ella. La esperanza forma parte de la naturaleza humana. Sería una contradicción si, primero, inacabado y consciente del inacabamiento, el ser humano no se sumara o estuviera predispuesto a participar en un movimiento de búsqueda constante y, segundo, que se buscara sin esperanza. La desesperanza es la negación de la esperanza. La esperanza es una especie de ímpetu natural posible y necesario, la desesperanza es el aborto de este ímpetu. La esperanza es un condimento indispensable de la experiencia histórica. Sin ella no habría Historia, sino puro determinismo. Sólo hay Historia donde hay tiempo problematizado y no pre-dado. La inexorabilidad del futuro es la negación de la Historia.

Es necesario que quede claro que la desesperanza no es una manera natural de estar siendo del ser humano, sino la distorsión de la esperanza. Yo no soy primero un ser de la desesperanza para ser convertido o no por la esperanza. Yo soy, por el contrario, un ser de la esperanza que, por "x" razones, se volvió desesperanzado. De allí que una de nuestras peleas como seres humanos deba dirigirse a disminuir las razones objetivas de la desesperanza que nos inmoviliza.

Por todo eso me parece una enorme contradicción que una persona progresista, que no le teme a la novedad, que se siente mal con las injusticias, que se ofende con las discriminaciones, que se bate por la decencia, que lucha contra la impunidad, que rechaza el fatalismo cínico e inmovilizante, no esté críticamente esperanzada.

La desproblematización del futuro por una comprensión mecanicista de la Historia, de derecha o de izquierda, lleva necesariamente a la muerte o a la negación autoritaria del sueño, de la utopía, de la esperanza. Es que, en el entendimiento mecanicista y por lo tanto determinista de la Historia, el futuro ya es conocido. La lucha por un futuro así a priori conocido prescinde de la esperanza.

La desproblematización del futuro, no importa en nombre de qué, es una ruptura violenta con la naturaleza humana social e históricamente en proceso de constitución. Recientemente, en Olinda, en una mañana como sólo los trópicos conocen, entre lluviosa y llena de sol, tuve una conversación, que llamaría ejemplar, con un joven educador popular que a cada instante, a cada palabra, a cada reflexión, reflejaba la coherencia con que vive su opción democrática y popular. Caminábamos, Danilson Pinto y yo, con el alma abierta al mundo, curiosos, receptivos, por las sendas de una favela donde temprano se aprende que sólo a costa de mucha testarudez se consigue tejer la vida con su casi ausencia -negación-, con carencia, con amenazas, con desesperación, con ofensa y dolor. Mientras andábamos por las calles de ese mundo maltratado y ofendido yo me iba acordando de experiencias de mi juventud en otras favelas de Olinda o de Recife, de mis diálogos con favelados y faveladas de alma desgarrada. Tropezando en el dolor humano, nos preguntábamos acerca de un sinnúmero de problemas. ¿Qué hacer, en cuanto educadores, trabajando en un contexto como ése? ¿Hay realmente algo qué hacer? ¿Cómo hacer lo que hay que hacer? ¿Qué necesitamos saber nosotros, los llamados educadores, para hacer viables incluso nuestros primeros encuentros con mujeres, hombres y niños cuya humanidad es negada y traicionada, cuya existencia es aplastada? Nos detuvimos en medio de un camino estrecho que permitía la travesía de la favela por una parte menos maltratada del barrio popular. Abajo, veíamos un brazo de río contaminado, sin vida, cuya lama, y no agua, empapa los mocambos que están casi sumergidos en ella. "Más allá de los mocambos -me dijo Danilson- hay algo peor: un gran terreno donde se deposita la basura pública. Los habitantes de toda esa área «hurgan» en la basura algo que comer, algo que vestir, algo que los mantenga vivos."

Fue en ese horror donde hace dos años una familia encontró, entre la basura de un hospital, pedazos de un seno amputado con los que preparó su comida dominguera. La prensa dio a conocer el hecho que cito, horrorizado y lleno de justa rabia, en mi libro, À sombra desta mangueira. Es posible que la noticia haya provocado en los pragmáticos neoliberales su reacción habitual y fatalista siempre en favor de los poderosos. "Es triste, pero ¿qué se puede hacer? Ésta es la realidad." La realidad, sin embargo, no es inexorablemente ésta. Es ésta como podría ser otra y para que sea otra es que los progresistas necesitamos luchar. Yo me sentiría, más que triste, desolado y sin encontrarle sentido a mi presencia en el mundo, si fuertes e indestructibles razones me convencieran de que la existencia humana se da en el dominio de la determinación. Dominio en el que difícilmente se podría hablar de opciones, de decisión, de libertad, de ética. "¿Qué hacer? La realidad es así", sería el discurso universal. Discurso monótono, repetitivo, como la propia existencia humana. En una historia así determinada las posiciones rebeldes no tienen cómo volverse revolucionarias.

Tengo derecho de sentir rabia, de manifestarla, de tenerla como motivación para mi pelea tal como tengo el derecho de amar, de expresar mi amor al mundo, de tenerlo como motivación para mi pelea porque, histórico, vivo la Historia como tiempo de posibilidad y no de determinación. Si la realidad fuera así porque estuviera dicho que así debe ser no habría siquiera por qué sentir rabia. Mi derecho a la rabia presupone que, en la experiencia histórica de la cual participo, el mañana no es algo pre-dado, sino un desafío, un problema.

Mi rabia, mi justa ira, se funda en mi rebelión frente a la negación del derecho de "ser más" inscrito en la naturaleza de los seres humanos. Por eso no puedo cruzar los brazos fatalistamente ante la miseria, eximiéndome, de esa manera, de mi responsabilidad en el discurso cínico y "tibio" que habla de la imposibilidad de cambiar porque la realidad es así. El discurso de la adaptación o de su defensa, el discurso de la exaltación del silencio impuesto del que resulta la inmovilidad de los silenciados, el discurso del elogio de la adaptación considerada como hado o sino es un discurso negador de la humanización de cuya responsabilidad no podemos eximimos. La adaptación a situaciones negadoras de la humanización sólo puede ser admitida como consecuencia de la experiencia dominadora, o como ejercicio de resistencia, como táctica en la lucha política. Doy la impresión de que acepto hoy la condición de silenciado para mejor luchar, cuando me sea posible, contra la negación de mí mismo. Esta cuestión, la de la legitimidad de la rabia contra la docilidad fatalista de cara a la negación de las personas fue un tema que estuvo implícito en toda nuestra conversación aquella mañana.

Fuente
Pedagogía de la autonomía
Titulo original Pedagogia da autonomia
Autor: Paulo Freire

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